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James Comey, el enemigo número uno de Trump

A este hombre con fama de Eliot Ness no se le movió ni un pelo durante su comparecencia en el Senado. Disparó con bala. En juego está su reputación y el destino de una presidencia explosiva.

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Julio Valdeón. 

Tiempo de lectura 5 min.

11 de junio de 2017. 13:20h

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Esta es la fábula de un presidente acorralado por sus enemigos políticos. Gente malvada. Desleal con el país. Enemistada con sus sagrados símbolos. Al menos eso afirma Donald Trump. Alguien que vive entre el enroque y la ofensiva, mientras simultanea ruedas de prensa sin guión y un Twitter atómico. Tal vez porque al fin ha comprendido que las palabras queman, el Trump que desmintió al ex director del FBI, James Comey, respondió a sus acusaciones con desacostumbrada parquedad. Lo hizo en la rueda de prensa conjunta que celebró junto a Klaus Iohannis. Antes, incapaz de sujetarse, había escrito en Twitter: «A pesar de tantas declaraciones falsas y mentiras, una vindicación total y completa... y WOW, Comey es un filtrador!».

En esos 113 caracteres luce, resumida, su estrategia publicitaria y legal frente a las afirmaciones de un Comey que lo acusó de difamarle, a él y al FBI, y, de paso, de presionar para que desistiera de investigar a Michael Flynn. Obligado a dimitir como Consejero Nacional de Seguridad después de que trascendiera que había mantenido conversaciones con el embajador ruso en Estados Unidos, el caso del general retirado constituye la mayor bomba posible en el camino del presidente. De ahí que, rodeado de periodistas, insistiera en que nunca ha sido objeto de ninguna investigación desarrollada por el FBI.

También afirmó que «no hubo colusión» [entre gente de su equipo de campaña y el Gobierno ruso], «no hubo obstrucción» [a la justicia, por el asunto Flynn]. Sin olvidar que nunca habría exigido lealtad a Comey, aduciendo que no tenía sentido puesto que apenas le conocía, ni dejar de recodarle al ex del FBI que reconoció ante el Senado haberle filtrado a un amigo parte de los memorándums de sus charlas con el presidente. O sea, Comey «es un mentiroso» y un tipo poco fiable (filtra documentos oficiales). La supuesta trama rusa para desestabilizar las elecciones en EE UU, «una excusa de los demócratas», que siguen sin aceptar su derrota y «perdieron unas elecciones que alguna gente todavía cree que no deberían de haber perdido».

Respecto a Flynn, «nunca dije eso» y, atención, «tampoco habría nada malo si lo hubiera hecho». La última frase tiene miga. ¿Será que finalmente hará públicas las supuestas grabaciones de sus conversaciones con Comey? Al decir de Trump, «pronto lo sabréis, y os vais a decepcionar al conocer la respuesta».

Por si fuera poco, el presidente se mostró dispuesto a testificar bajo juramento, a fin de resolver de una vez las contradicciones entre su discurso y el de Comey. Lo haría encantado, dijo, ante Robert S. Muller III, el fiscal especial para el «Rusiagate», y director del FBI durante trece años, al que corresponde dilucidar si los rusos boicotearon el normal desarrollo de la campaña y las elecciones presidenciales, y si miembros del equipo de Trump participaron en la conjura.

Con sus declaraciones prolonga el rifirrafe inédito con la persona encargada de dirigir el FBI, al que despidió por, teóricamente, el manejo que hizo de la investigación de los correos de Hillary Clinton. Curiosamente, durante la campaña de 2016, Trump elogió a Comey por ese mismo asunto. De paso, en la carta de despido, le informaba de que «si bien aprecio enormemente que me hayas informado, hasta en tres ocasiones, de que no soy objeto de ninguna investigación, comparto el criterio del Departamento de Justicia de que no eres capaz de liderar el Buró».

Enfrente suyo, un Comey rocoso, al que no se le movió un pelo durante su comparecencia ante el Comité de Inteligencia del Senado. Disparó con bala. Reconoció que transcribió el contenido de sus conversaciones con Trump porque temía que este mintiera. Negó tajantemente que hubiera problemas en el FBI. Y aunque no afirmó que el presidente le ordenara paralizar las investigaciones en torno a Flynn y los rusos, sí cree que esa era la intención de quien le dijo que esperaba que encontrara «una vía para dejar esto [la investigación]». «Flynn es un buen tipo», habría añadido Trump, «tengo la esperanza de que sea capaz de olvidarlo».

Comey, casado desde 1987 y padre de cinco hijos, es un hombre de profundas convicciones religiosas. Se licenció en leyes por la universidad de Chicago e hizo su tesis doctoral sobre las ideas de varios teólogos con la acción de los cristianos en el desarrollo de la Justicia. El mismo Comey que, en 2004, le explicó al presidente George W. Bush que dimitiría de su puesto como fiscal general adjunto de Estados Unidos, antes de autorizar el programa de escuchas diseñado por la Casa Blanca. En aquel órdago, que logró paralizar la iniciativa de Bush y cía., Comey no estaba solo: también amenazó con dimitir el director del FBI. Robert Muller, en efecto. Amigo y jefe de Comey durante años, y dueño de una reputación a prueba de mercachifles y difamaciones.

Respecto a la histórica comparecencia de Comey, son mayoría los que, como Geoffrey Kabaservice, consideran improbable que haya «cambiado la opinión» de los partidarios de Trump. De hecho, tal y como ha escrito en las páginas de «The New York Times» el prestigioso estudioso del Partido Republicano, «cualquier cosa que no sea una prueba flagrante de ilegalidad sencillamente se ajustará a su relato de las batallas del presidente contra sus diabólicos enemigos».

Duelo de gallos en la cumbre, mientras numerosos penalistas aseguran en los medios estadounidenses que de tratarse de un alto cargo por debajo del presidente es muy posible que ya estuviera acusado de presunta obstrucción a la justicia. Pero hablamos del inquilino del Despacho Oval. Ni hay precedentes ni se les espera. De ahí que, de momento, todo quede en una confrontación de declaraciones enfrentadas. La palabra del agente especial contra la del presidente. Todo sería distinto si aparecen las dichosas cintas. Pero claro, de existir, que no está claro, habrían sido realizadas por orden de Trump. Difícilmente trascenderá su contenido si sus asesores legales consideran que podrían dañarle. En juego, la reputación de un hombre con fama de Eliot Ness y el destino de una presidencia sometida a una ciclogénesis explosiva.

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