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Internacional

La violencia del Nobel de la Paz

  • La realidad histórica demuestra que no siempre abogó por la línea pacifista

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Abordar la figura de Nelson Mandela no resulta tarea fácil. La leyenda y la propaganda –sin descartar los logros reales– poseen tal vigor que no ha resultado excesivamente difícil colocar debajo de la alfombra los aspectos no tan positivos de su trayectoria política.

Mandela pertenecía a la etnia xhosa y nació en el seno de una familia regia, la de los Thembu. Como tantos nativos sometidos al dominio británico –Gandhi fue otro ejemplo– Mandela supo aprovecharse de las ventajas del sistema y así cursó estudios de Derecho en la Universidad de Witwatersrand. Durante esos años fue, como tantos africanos, un estudiante que aborrecía el colonialismo y se dedicaba a actividades contrarias al mismo. La situación dio un salto cualitativo cuando en 1948, los afrikaners –descendientes de los colonos holandeses que se establecieron en Suráfrica ya en el siglo XVII– se hicieron con el poder y asentaron el sistema de «apartheid».

La finalidad del nuevo régimen era evitar el resultado de un proceso de descolonización que se iba a demostrar trágico en las décadas siguientes y que, en el caso suráfricano, contaba con una característica especial y era la de que los Boers holandeses habían llegado a aquellas tierras antes que algunas etnias negras como, por ejemplo, la de los zulúes, y no estaban dispuestos a regresar a una Europa que ni recordaban ni mantenía con ellos lazo alguno.

Mandela se opuso desde el principio al «apartheid» y desarrolló una notable actividad como abogado. Arrestado en varias ocasiones, disfrutó, sin embargo, de las ventajas de un sistema todavía garantista y fue absuelto en un proceso histórico, conocido como el Juicio de la Traición. Es más que posible que el régimen de «apartheid» se hubiera deshilachado paulatinamente de no ser por un paso de enorme gravedad derivado del propio Mandela y que no fue otro que el desencadenamiento de la actividad terrorista en su contra.

En 1961, Mandela –que ya abogaba por un programa abiertamente comunista– abandonó la línea de no violencia que había defendido hasta ese momento y en unión con el partido comunista suráfricano creo el Umkhonto we Sizwe. Acto seguido, dirigió una campaña de atentados terroristas perpetrados con bombas y dirigidos contra objetivos gubernamentales. La respuesta de las autoridades surafricanas fue terminante. En 1962, Mandela fue detenido y condenado a cadena perpetua por una serie de cargos entre los que se incluía la conspiración para derribar el Gobierno. De manera comprensible, la trayectoria de Mandela quedó ahora inscrita en una dinámica que mezclaba el anticolonialismo con la Guerra Fría y el uso de medios censurables en términos éticos. De manera nada sorprendente, la posibilidad de que Mandela fuera puesto en libertad estuvo relacionada sobre todo con factores externos como el debilitamiento de la URSS –y, por tanto, del enfrentamiento con Occidente– y el descrédito del régimen de «apartheid».

También esas circunstancias explican que lo mismo recibiera la Orden de Lenin –como luchador contra Occidente– que la norteamericana medalla presidencial de la libertad o el Premio Nobel de la Paz, por enfrentarse al racismo. Tras veintisiete años de cautiverio, en 1990, Mandela recibió una libertad pactada con el afrikáner De Klerk ya decidido a concluir con el régimen del «Apartheid». En 1994, unas ele-cciones abiertas a todas las razas dieron la victoria a un Mandela respaldado comprensiblemente por la mayoría negra. La propaganda insistiría en presentarlo como un héroe, pero las sombras de aquellos tiempos no fueron escasas.

Es verdad que Mandela, temeroso de perder inversores extranjeros, no llevó a cabo su programa político de nacionalización de bancos y bienes. Sin embargo, semejante muestra de sensatez no puede ocultar que, por ejemplo, Winnie, su segunda esposa, creó una «guardia de corps» personal que extorsionaba, robaba y recurría a la violencia cuando lo consideraba oportuno.

Pero nadie estaba dispuesto a empañar la imagen de Mandela publicando lo que era un secreto a voces. No menos discutibles fueron las actuaciones de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación que, supuestamente, sólo iban a cerrar las heridas del régimen y que algunos ponen como ejemplo, pero que dejaron mucho que desear. Todo ello sucedía mientras se multiplicaban las ocupaciones de las propiedades de los blancos o las violaciones de blancas, dramas, ambos, relatados por el también suráfricano y Premio Nobel John Coetzee y no desaparecidos, por desgracia, de la Suráfrica actual que cuenta con algunos de los lugares más inseguros del globo.

Poco o nada se relató de aquellos hechos porque bajo ningún concepto se podía empañar la imagen de Mandela. Sin embargo, la realidad era tan escandalosa que éste se negó a presentarse a un segundo mandato y optó por dedicarse a obras filantrópicas relacionadas con el tratamiento del SIDA o con la pobreza.

En el año 2004, Mandela anunció que se «retiraba de su retiro» y se distanció todavía más de la vida pública. Es de esperar que su legado sea juzgado en el futuro con mayor imparcialidad y que su apuesta por el terrorismo se coloque al lado de su tenacidad en la prisión y su sentido práctico al no llevar a cabo una política de nacionalizaciones se coloque cerca de su incapacidad para evitar la violencia sufrida por la población blanca. Como sucede con tantas leyendas, la realidad histórica de Mandela tiene luces y también sombras.

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