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Merkel se reivindica en su política de refugiados en plena contienda electoral

A un mes de las elecciones generales alemanas, el 24-S, el ganador se da por descontado aunque los sondeos arrojan casi un 50% de indecisos. Merkel se prepara para ser elegida por cuarta vez e igualar en número de mandatos a su predecesor Helmut Kohl

  • Angela Merkel durante la entrevista televisiva
    Angela Merkel durante la entrevista televisiva / Efe
Rubén G. Del Barrio.  Berlín.

Tiempo de lectura 5 min.

28 de agosto de 2017. 02:54h

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Rubén G. Del Barrio.  Berlín. 28/8/2017

Nina Escher nació el 22 de noviembre de 2005. El mismo día y casi en el mismo momento en el que Angela Merkel juraba su cargo como canciller. Mucho ha cambiado Alemania desde entonces aunque Nina, aún inmersa en el regazo de su primera adolescencia, todavía no sea consciente. Hoy tiene once años. Tantos como a Merkel le ha tocado dirigir los designios de una nación que, a un mes de ir a las urnas, contempla con orgullo su pasado más reciente si bien se sume en la incertidumbre cuando mira a su futuro.

Algo que, sin embargo, no preocupa a Nina a pesar de que su realidad cotidiana dista mucho de la que vivieron sus padres o ella misma hace ahora poco más de una década. Por aquel entonces, pocos se atrevieron a vaticinar la fatídica crisis financiera que estalló en 2008 o el laberinto al que tendría que sucumbir Grecia años más tarde. En cambio, muchos recuerdan que Merkel inició su primer mandato como una canciller devaluada y sin el apoyo de la mayoría de sus compatriotas. Una encuesta de la época recuerda que el 39 por ciento de los alemanes creía que Merkel sería una canciller débil y sólo el 32 pensaba que la líder democristiana sería una jefa de un gobierno fuerte. El tiempo no les dio la razón. Merkel supo como pocos –y gracias a una interesada política keynesiana–, salvaguardar la economía de su país y evitar la quiebra de su sistema financiero a base de inyecciones de dinero o poco tiempo después, cuando el influyente periódico «Bild» ya se refería a ella como la «canciller de hierro», supo imponer su impronta femenina frente a una marea de corbatas para dejar claro en las cumbres comunitarias que Bruselas debía aprobar una ayuda para impedir que Grecia sucumbiera a sus propios pecados y, con ello, pusiera en peligro la existencia del euro. Mientras Nina crecía, Alemania se convirtió en la potencia política y económica líder en la Unión Europea (UE).

De hecho, la gestión germana de la crisis del euro levantó suspicacias en Europa sobre el resurgimiento hegemónico de Alemania, pero, a su vez, convirtió a la canciller en una líder capaz de mostrar el camino al resto de sus socios europeos. Su liderazgo le permitió defender los intereses de su país, sin perder de vista a Europa. Arriesgó el dinero de sus compatriotas para salvar el euro y logró hacerse respetar por sus colegas europeos y del resto del mundo.

Quizá, en algún momento de aquellos años, Nina llegaría a escuchar que la canciller fue nombrada «la mujer más poderosa del mundo». Seguramente no prestaría mucha atención al asunto aunque sí sería más consciente de que su realidad más cercana, en el colegio o en el parque al lado de su casa, variaba con fuerza en los últimos años. A Nina no le faltó de nada pero como consecuencia del aumento de las crisis sumado a la inestabilidad heredada de la Primavera Árabe y de la enquistada guerra siria, Alemania se convirtió en un puerto seguro para los refugiados que trataron de huir del horror en sus países de origen.

La supremacía en la que se situó el país provocó asimismo que un viejo fantasma que durante años se supo como olvidado regresara con fuerza: el racismo y la xenofobia. Durante 2015, la cifra de solicitantes de asilo que llegó a suelo germano superó el millón. Esta situación llevó a una lucha ideológica entre el humanitarismo encarnado en la mayoría de las constituciones europeas y la complicada realidad de una creciente población refugiada. Todo ello combinado con una serie de desafortunados incidentes que en Alemania tuvieron su momento más dramático con el atentado de Berlín o en los ataques sexuales masivos de Colonia. Estos incidentes vertieron más combustible a las llamas y mientras Reino Unido votaba a favor de su salida de la Unión Europea, la opinión pública alemana asistía incrédula al ascenso del partido de extrema derecha Alternativa por Alemania (AfD). Algo cambió en el país, que no existía cuando nació Nina. En los últimos años, no solo aumentó el racismo sino que la hostilidad hacia los extranjeros se experimentó de nuevo en la sociedad germana.

Hace cinco años, la cuestión migratoria no ocupó más de un párrafo en los programas de los partidos pero ahora ha acaparado gran parte del discurso electoral. Pese al coste político –la popularidad de Merkel cayó en los sondeos– la canciller no se arrepiente. Coincidiendo con la jornada de puertas abiertas del Gobierno alemán, Merkel concedió una entrevista al diario «Welt am Sonntag» y negó que hubiera sido un error su política de puertas abiertas. «Adoptaría de la misma forma todas las decisiones importantes de 2015. Era una situación extraordinaria y tomé mi decisión en lo que pensé que era correcto desde un punto de vista político y humanitario», argumentó para luego recalcar que los líderes deben reaccionar a las situaciones excepcionales «y yo lo hice». Con todo, hace unos días admitió que «queda mucho por hacer» en esta materia, sin dejar claro cuáles serán los pasos que dé si tal y como auguran los sondeos se alza con la victoria.

Sin duda, estos temas –la más que segura llegada de los populismos al Bundestag y al sentir de la población– serán algunos de los retos a los que tendrá que enfrentarse el futuro gabinete. Pero no serán los únicos.

La lucha contra el terrorismo y la fortaleza de las medidas de seguridad y la justicia para intentar frenar esta lacra entraron fuerte en una campaña desinflada y falta de conflictos en la que ya se da por hecho quién saldrá victorioso. «A los alemanes les va demasiado bien como para que se desarrolle una real insatisfacción frente al Gobierno», escribió el periódico «Die Welt». Una situación que relega otros retos, como la economía, el futuro de Europa o el medio ambiente a una segunda categoría. De hecho, tal y como vaticina la prensa alemana, Merkel se hará con un cuarto mandato y mantendrá la misma política de continuidad que llevó al país a lo más alto del ranking europeo. Con todo, mucho ha cambiado Alemania. De la supervivencia económica se lucha ahora por mantener la cohesión social. Nina no podrá votar el próximo 24 de septiembre aunque de lo que salga en las urnas dependerá mucho el futuro al que se enfrenta ella y el resto de Alemania.

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