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Refugiados sirios en el dique seco alemán

La dificultad de aprender alemán y el trauma de haberlo perdido todo en una guerra frenan la adaptación de Saman, uno de los 1,2 millones de exiliados que llegaron a Alemania hace dos años

  • Riyal Aledrise (izq) forma parte del 10% de los refugiados en Alemania que trabaja con contrato, mientras que Saman Ahmed (der) llegó a Berlín en julio de 2015 huyendo de la guerra siria y después de que el Gobierno alemán abriera las fronteras.
    Riyal Aledrise (izq) forma parte del 10% de los refugiados en Alemania que trabaja con contrato, mientras que Saman Ahmed (der) llegó a Berlín en julio de 2015 huyendo de la guerra siria y después de que el Gobierno alemán abriera las fronteras.
Rubén G. Del Barrio.  Berlín.

Tiempo de lectura 5 min.

10 de septiembre de 2017. 17:55h

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A pesar de la más que evidente diferencia de edad, Saman Ahmed y Riyad Aledrise comparten confidencias mientras toman un café. En otra circunstancia, su amistad hubiera sido imposible pero su condición de refugiados ha creado un vínculo en el que no sólo comparten Berlín como ciudad que les dio cobijo, sino un pasado en Siria en el que tuvieron que huir del hambre y del pánico de la guerra. Junto a ellos, y con el ánimo de disfrutar de los últimos coletazos de un pluvioso verano, un grupo conversa animadamente en árabe en el patio de Moabit-Hilft, una asociación que ayuda a refugiados tras su llegada a Alemania.

Con poco entre manos, todos se sienten dichosos, pero Riyad se muestra especialmente afortunado. Es el único del grupo que ha encontrado un empleo. «Hace poco más de un año que firmé el contrato», cuenta a LA RAZÓN. «Esto me ha permitido mejorar mi vida y la de mi familia, tener un seguro de jubilación y, lo más importante, sentirme integrado en la socidad». Riyad llegó por primera vez a Alemania en 1993. Entonces vino como estudiante y aprendió alemán en una Universidad de la Baja Sajonia. La calamidad hizo que años después tuviera que regresar, pero como refugiado. No obstante, su conocimiento del idioma le ha permitido ahora colocarse como traductor. «Ayudo a tantos que como yo llegaron a Berlín y luchan por aprender una lengua que les permita encontrar un empleo».

A punto de cumplirse dos años de la apertura de las fronteras alemanas a los solicitantes de asilo, el Gobierno de Angela Merkel empieza a aceptar que el desafío de integrar a esta población en su mercado laboral es realmente difícil. Saman Ahmed es un buen ejemplo del porqué. Llegó a Berlín el 17 de julio de 2015. La fecha permanece perenne en sus recuerdos y marca el final de un exilio que desde su Siria natal le trae hasta la capital alemana o como él mismo dice, al «lugar del que ahora no quiero salir». Tiene 21 años, un nivel intermedio de alemán y unos planes que pasan por estudiar una carrera algún día. Sin embargo, su nivel de idioma o experiencia profesional es insuficiente como para acceder a un empleo cualificado.

«No hay que hablar del interés que tienen los refugiados para entrar al mercado laboral, sino preguntarse: ¿qué posibilidades tienen?», sentencia Christiane Beckmann, coordinadora de Moabit-Hilft en declaraciones a LA RAZÓN. «Para trabajar en Alemania es necesario saber alemán –continúa– y el idioma sólo se aprende si se dan las condiciones idóneas para su aprendizaje». La lengua sigue siendo el mayor obstáculo para la búsqueda de empleo. Para contrarrestar este efecto, la Oficina Federal de Migración y Refugiados (Bamf) puso en marcha este año unos 11.000 cursos «de integración», en los que los solicitantes de asilo, además de alemán, pueden adquirir conocimientos básicos sobre cultura, política o valores del país que les ha acogido. Un eslabón imprescindible pero a pesar de ello, miles de los recién llegados quedaron fuera de este programa de enseñanza por no haber plazas suficientes. ¿El resultado? Poco más de la mitad de los refugiados, según datos de la Bamf, cuentan con un nivel intermedio de alemán; el mínimo requerido por las administraciones para acceder a un puesto de trabajo. «Esta gente está aquí porque llovían bombas en la puerta de casa –relata Beckmann–, llegaron huyendo de la guerra y el hambre y, en muchos casos, dejando atrás a la mitad de su familia. Cuando uno no sabe qué ha sido de su madre, en qué lugar perdido de Turquía están sus hijos o que será de un hermano preso en una cárcel de Bulgaria, no está en las condiciones como para empezar y concentrarse en un curso de alemán».

Christiane recibe cada día decenas de refugiados en el centro que coordina. Vienen a por comida o a por ropa usada que dejan de forma altruista algunos ciudadanos. Muchas son mujeres que tímidamente y sin apenas alzar la mirada del suelo se afanan en buscar alguna prenda que poder usar o niños que, en su mayoría, no pasan del medio metro pero que en cambio observan con perspicacia todo lo que hay a su alrededor. «La edad o el nivel cultural de muchos tampoco ayuda a una integración –explica Beckmann–. Muchos son analfabetos y los mayores aspiran a volver a su patria, ¿cómo vamos a obligar a esa gente a que estudie alemán?». Ella sabe lo que dice. Su trabajo es lidiar día a día con una cotidianidad que por momentos se le escapa a la esfera política.

En los números, el Gobierno no falla: según la última estadística del Bamf, unos 106.000 peticionarios de asilo han llegado a suelo germano en lo que llevamos de año y la Agencia Federal de Empleo contabilizó en julio 492.000 refugiados a la búsqueda de empleo frente a los pocos más de 13.000 que ya trabajan; pero en la práctica, pocos en el país se atreven a vaticinar cuál será la marcha o el ratio de este sector poblacional en el mercado laboral.

Por ahora, sólo uno de cada diez refugiados ha encontrado empleo. La base educativa y de integración sigue siendo un lastre para un Gobierno que ya ha reconocido que llevará años la plena integración de estas personas, aunque los expertos ya han mostrado su alivio ante la mejora que previsiblemente aporte esta inmigración al fatigado sistema de pensiones alemán. Por el momento, los incentivos otorgados a las empresas para la contratación de refugiados no han dado sus frutos. Casi el 70% de las empresas alemanas ha recibido solicitudes de empleo de refugiados pero finalmente, sólo unos pocos han conseguido empezar a trabajar.

De poco sirve que el mercado laboral germano acuse un déficit de mano de obra. Una circunstancia que, en su lado más negativo, está llevando asimismo a muchos refugiados a cobijarse en comportamientos delictivos para, tal y como apunta Beckmann, «poder mejorar la limitada situación económica que atraviesan». A estas alturas, el famoso «lo conseguiremos» que lanzó la canciller Merkel al comienzo de la crisis de los refugiados todavía pervive, aunque ya no para referirse a la llegada de estas personas sino para considerar qué hacer con ellos.

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