Israel

Simon Peres, un hombre de paz

La Razón
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Se fue una de las figuras políticas más importantes de la joven historia del Estado de Israel. Sin duda, el último gigante de la política con mayúsculas. Simon Peres, nacido en el seno de una familia judía polaca, murió en silenciosa paz y junto a los suyos, en un hospital de su amada Israel. Quizá pudo soñar el joven Simon cuando llegó al territorio administrado por el Mandato Británico a los once años de edad, huyendo con sus padres del creciente antisemitismo europeo que terminó en el infame Holocausto, que Israel se convertiría en la gran nación que es hoy, en el gran hogar para todos los judíos del mundo, pero entonces era sólo una quimera. Pudo imaginar el joven Simon que cuando llegara al final de sus días, aquella aventura emprendida por unos pioneros que reclamaban su sitio en el mundo se convertiría en la realidad que es hoy Israel: una nación tan próspera y asombrosa, dinámica y plural. Era un hombre de convicciones, y sobre todas las cosas creía en Israel y en los israelíes, y eso le llevó a ser desde muy joven muy activo, tanto que el hombre que acaba de despedirse de este mundo era hasta ayer el último de los padres fundadores vivos del moderno estado de Israel. Su obra política es descomunal desde el laborismo, empezando bajo la atenta mirada del que fuera el primer “premier” israelí David Ben Gurion; pero además fue un hombre de consenso, capaz de aunar a fuerzas dispares a derecha e izquierda. Eso le llevó a ser uno de los presidentes de Israel más respectados y admirados, no sólo dentro de Israel, sino en todo el mundo.

También en Latinoamérica. Simon Peres prestó siempre una atención especial a esta región. Durante su presidencia realizó varias visitas después de varios años sin que un presidente de Israel lo hiciera. Tuvo siempre tiempo para preocuparse por las relaciones bilaterales y la cooperación con naciones americanas. Un día dijo en una entrevista con un medio latino: “América Latina es una región llena de vida y energía, casi romántica”.

Con su muerte todos nos acordamos de uno de los episodios más recordados de su trayectoria política: los acuerdos de Oslo que firmó Israel con los palestinos en 1993, bajo la intensa supervisión de Simon Peres en su fase de discusión secreta. Era tan elevada su convicción con respecto a Israel como su concepto de paz. Simplemente creía en la paz, en que era un anhelo posible, en que podrían convivir en el futuro dos estados, uno israelí y otro palestino, para dos pueblos en plenas condiciones de seguridad y cooperación. Y por un momento pareció que era una aspiración posible. No es que no lo siga siendo ya más, pero aquella ilusión de hace ya más de dos décadas se quebró, en gran parte por la incapacidad de los palestinos de mantener sus compromisos. Desde estas líneas cabe formular un deseo: que el futuro nos traiga más figuras como la de Shimon Peres capaces de revivir la llama de la paz y de culminar su gran obra.

En cualquier caso, sus esfuerzos le valieron el reconocimiento internacional con el Premio Nobel de la Paz en 1994, compartido con Isaac Rabin y Yasser Arafat. A pesar de que los Acuerdos de Oslo no pudieron consolidar la paz, Peres siguió remando como el gigante que siempre fue. Ahí está uno de sus legados más generosos, el Centro Peres por la Paz. Esta institución es la prueba evidente de que la coexistencia es posible, de que los seres humanos, por encima de su origen o procedencia, lo que quieren es vivir en paz por encima de las aspiraciones de poder de sus políticos. Desde hace más de veinte años, el Centro Peres por la Paz ha puesto en marcha innumerables programas de cooperación con palestinos, y también con los vecinos jordanos y egipcios, que prueban que la convicción por construir un futuro brillante libre de conflictos es una aspiración alcanzable. Esa era la convicción de Simon Peres, esa era su receta para la paz por la que tanto trabajó.

*Fundadora de Fuente Latina