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Tensa espera en la isla de Kos: «Europa prefiere que nos ahoguemos en el mar»

Tres mil inmigrantes hacinados, sin apenas comida ni agua, sueñan con llegar a Atenas

  • Un grupo de inmigrantes descansa en la calle en la isla griega de Kos, ayer
    Un grupo de inmigrantes descansa en la calle en la isla griega de Kos, ayer
Aitor Sáez. Enviado especial.  Kos.

Tiempo de lectura 4 min.

17 de agosto de 2015. 03:12h

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En el paseo marítimo de la isla griega de Kos se mezclan estos últimos días inmigrantes y turistas de forma reveladora. Los primeros, tirados en la arena entre cartones y tiendas improvisadas. Los segundos, paseando un metro encima con ropa colorida y sombreros. Unos durmieron anoche en esa playa, en parques, en la acera o donde pueden. Los otros se subirán a su hotel. Sin embargo, por las calles el contraste no es tan perceptible. Algunos como Amir Rahmati, iraquí, llevan gafas de sol y camisetas de tirantes fluorescentes al más puro estilo ibicenco. Son los refugiados de clase media que, a pesar de estar acomodados en sus lugares de origen, no han podido aguantar más la persecución política o la guerra. En el caso de Amir, fue la amenaza del Estado Islámico la que le forzó a abandonar su hogar. Una vez pisan suelo europeo, «el estatus social o la educación ya no importan. Siempre eres inferior», asegura resentido. Este joven de 24 años considera que en tierra helena les han tratado «como perros».

Enfrente suyo, en algunos pedazos de césped, se aglutinan familias enteras incluso con niños pequeños. Algunos llevan más de veinte días en esas condiciones: «Sin agua, sin comida y sin dinero». Ésas son las palabras más repetidas entre la mayoría de los inmigrantes. Así lo reconoce también Mohamed, padre de Samin, bebé de un año que superó un mes de travesía desde Afganistán.

La jefa de comunicación de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kos, Julia Kourafa, indica que «el hecho de vivir en la calle tantos días está empezando a hacer mella en la salud de los recién llegados». El equipo de MSF cuenta con dos doctores y dos enfermeras que no alcanzan a cubrir las necesidades de los cerca de 3.000 inmigrantes que quedan en la isla de Kos, de unos 40.000 habitantes. Una de sus principales tareas es la limpieza de los lugares donde se aglutinan, para evitar enfermedades. Según ella, las autoridades helenas apenas han contribuido en mejorar la situación.

El jueves pasado el Gobierno griego envió un ferry, el «Eleftheros Venizelos», para trasladar en teoría a 2.500 personas a Atenas. Para Kourafa, esa medida es «provisional» y «a corto plazo», pues la llegada masiva de inmigrantes (unos 200 al día en el último mes) no cesa. Según indica la periodista local Pitsa Ververogloy, en la embarcación apenas hay 300 personas, todos sirios, una cantidad muy alejada de su capacidad total.

En la madrugada del sábado se vivieron momentos de tensión cuando la Policía dejó entrar a ese grupo de refugiados sirios, que habían tramitado su asilo con anterioridad, y dejó fuera a la vasta mayoría. Uno de los presentes en esos leves incidentes fue Reza, paquistaní. Todavía ayer se lamentaba de «la injusticia de privilegiar a unos u otros por su nacionalidad». Según él, «todos los que se juegan la vida por venir a Europa significa que tienen un motivo de peso para escapar de su país». Él se vio obligado a abandonar a su mujer y sus dos hijas después de recibir repetidas amenazas de los talibanes. Reza llega a asegurar que su estancia en Grecia «está siendo la peor etapa» de un trayecto por el que cruzó Afganistán, Irán y Turquía. Para él, directamente, «Europa prefiere que nos ahoguemos en el mar». Una vez aquí, como para la mayoría, ya no hay vuelta atrás. «Si regreso a mi país me matan nada más bajar del avión», afirma el hombre, de unos 40 años, que en repetidas ocasiones pregunta asustado si Grecia deporta a los paquistaníes.

Lo mismo le sucedió a Johanani Mahdi, quien tuvo que huir sólo desde Afganistán perseguido por los talibanes. Él ha llegado en las últimas horas, se le nota en la sonrisa. Muchos coinciden en que pisar suelo europeo les produjo una euforia que ahora se ha ido borrando por la falta de esperanzas. Los que pudieron pagarse el ferry hasta la capital helena ya no están en la isla. Los que quedan, es porque no tienen más dinero. Kos se ha convertido en una gran cárcel para los recién llegados.

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