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Trump reabre la etapa más oscura de Nixon con el cese del director del FBI

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Julio Valdeón.  Nueva York.

Tiempo de lectura 5 min.

15 de mayo de 2017. 10:46h

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Julio Valdeón.  Nueva York. 14/5/2017

En Washington hay quien ya silba la balada del Watergate. Pero Nixon, y así lo han recordado sus deudos, nunca despidió al director del FBI. Todo lo más a un fiscal especial. En un contexto enloquecido, con buena parte de la bancada republicana, la totalidad de la demócrata, la prensa en pleno y los 20.000 empleados del FBI haciendo cábalas respecto a cese de James Comey, Donald Trump ha encontrado la forma de multiplicar los decibelios del escándalo. «Más le vale a Comey», escribió el presidente en Twitter, «que no haya cintas de nuestras charlas antes de filtrar nada a la prensa». Respondía así a un reportaje que publicó el «New York Times» este viernes, que cifraba las raíces del enfrentamiento en una cena que ambos mantuvieron a finales de enero, en la que Trump le habría exigido lealtad. Algo impensable. Mucho más cuando el FBI lidera una investigación respecto a los posibles lazos de elementos claves de la campaña electoral de Trump con Rusia. Comey, siempre según sus allegados, confidenciales, le respondió que sería honesto, pero ni un paso más. La Casa Blanca, por boca de la portavoz Sarah Huckabee Sanders, niega la mayor. Ni hubo jura de Santa Gadea ni se reunieron a petición de Trump. Más bien fue Comey el que suplicó al presidente que lo mantuviera en el cargo. Ahora bien. Hace años que se rumorea que Trump graba por costumbre muchas de sus conversaciones. Resultaría inaudito, primero, que Trump hubiera pinchado las charlas con un director del FBI. Si añadimos el detalle de la investigación, entramos en aguas desconocidas.

Hay más. Donde dije que había destituido a Comey por recomendación del fiscal y el vicefiscal general del Estado, Jeff Sessions yRod J. Rosenstein, ahora explico, delante de las cámaras de la NBC, que la decisión fue unilateral. Casi cesarista. No sólo eso. También reconozco, por vez primera, que el motivo fundamental fue la investigación del FBI del «affaire» ruso: «De hecho», explicó, «cuando decidí hacerlo, me dije: “Sabes, esta cosa de Rusia con Trump es una historia inventada”».

En realidad Comey estaba condenado desde que negó que hubiera el más mínimo indicio de que el hoy presidente hubiera sido espiado por su antecesor. Pero en esta comedia de enredos bailan más nombres. Están, ya lo dijimos, Sessions y Rosenstein, que apenas unas horas después de la destitución de Comey afirmaban en un comunicado que el presidente no tomó la decisión de despedir a Comey hasta que ellos se lo recomendaron por escrito. Sessions, por cierto, tuvo que recusarse así mismo de la investigación sobre Rusia después de que trascendiera que había ocultado al Senado que mantuvo conversaciones con el embajador ruso en EE UU antes de las elecciones.

Qué decir de Andrew McCabe, director en funciones del FBI, que explicó en el Senado que la práctica totalidad de la agencia respalda a Comey. Poco antes, Sarah Huckabee Sanders mantuvo ante la prensa que Comey había cometido «atrocidades» y había ignorando la cadena de mando. Se refería a lo sucedido con los emails de la candidata Hillary Clinton. Cabe recordar que a lo largo de los meses Trump pasó de aborrecer públicamente la decisión de Comey de archivar el caso, a aplaudirle, cuando lo reabrió a pocos días de las elecciones, a criticarlo de nuevo cuando finalmente decidió cerrar. Los términos en los que Trump habló del entonces director del FBI, a favor y en contra, tienen poco que ver con la ortodoxia del lenguaje político.

En cualquier caso llama la atención que sea Huckabee, adjunta al jefe de prensa de la Casa Blanca, y no Sean Spicer, titular del cargo, el encargado de enfrentar a la prensa. Al parecer Spicer sufrió algo así como un colapso nervioso al poco de trascender el despido de Comey. Al menos eso afirman medios como el «New York Post» y la revista «Newsweek». Sea como fuere, hace varios días que no hay noticias suyas, mientras Huckabee lidia como puede las contradicciones que emanan de la Casa Blanca. Acorralada por la evidencia de que el mismísimo presidente americano negaba el jueves la versión que tanto ella como la fiscalía del Estado había dado respecto al despido de Comey.

Entre tanto el director de la CIA, Mike Pompeo, y el de la NSA, Michael Rogers, sentados al lado de McCabe en el Senado, confirmaron que Rusia había intentado influir en las elecciones estadounidenses, y que semejante operación sólo podría haberse desarrollado si contaba con el visto bueno del Gobierno ruso. «Sólo espero que hayamos aprendido de lo ocurrido y que esto sirva para que sepamos hacerle frente en el futuro», comentó Pompeo delante del Comité de Inteligencia del Senado. Casi al mismo tiempo Trump insistía, en la NBC y vía Twitter, en descartar la hipótesis de que el ciberespionaje ruso tuviera algo que ver con el robo masivo y posterior difusión de emails de la campaña electoral demócrata. «Excusas» de mal perdedor, dijo.

Por si la tragicomedia no fuera suficiente está por ver qué sucede con el ex general Michael Flynn, forzado a dimitir de su cargo como asesor de seguridad nacional, cuando ya era innegable que no sólo habló con el embajador ruso, Sergey Kislyak, sobre las sanciones impuestas a su país, sino que lo hizo durante el periodo de transición. Es decir, antes de jurar el cargo. Además caso había mentido al vicepresidente de EE UU, Mike Pence, respecto a la naturaleza de sus conversaciones con Kislyak. Pues bien, a Flynn, que ofreció en vano colaborar con el Comité de Inteligencia del Senado a cambio de inmunidad, le han ordenado que entregue diversos documentos relativos a Rusia. Como quiera que Flynn había ignorado las invitaciones a hacerlo de forma voluntaria, Richard Burr, republicano y presidente del Comité, ha enviado una citación al general retirado. Una en la que ya no le invita a aportar los documentos: le obliga. No sólo a él. También a varios de sus asociados. Entre tanto, el Pentágono investiga si Flynn notificó o no, y si lo hizo según los patrones establecidos, los cobros que habría recibido, a partir de 2014, tanto de la televisión «Rusia Today», organismo muy ligado a la propaganda del régimen de Putin, y de la que percibió 45.000 dólares, como del Gobierno de Turquía, que le habría pagado 500.000 por actuar como lobista. Entre tanto, Trump ha declarado que considera a Flynn «una buena persona». Una buena persona. Otra más. Son muchas y todas pelean por un centímetro de foco. Todas sonríen nerviosos ante las turbulencias presidenciales, y los primeros sus allegados, a los que pide que digan lo que quieran que ya saldrá él luego por dónde considere. De fondo, tal y como especula «The Atlantic», la posibilidad de que la investigación del FBI se ralentice, ahogada por la falta de intención y recursos. Lo dicho. Especulaciones. Lo único seguro, que el mismo que ayer fue héroe, Comey, ya es historia.

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