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Un conflicto regional, étnico y religioso latente

Tiempo de lectura 4 min.

03 de enero de 2016. 03:18h

Comentada
Manuel Coma 3/1/2016
El dominio suní

Mahoma muere en el año 632 de nuestra era sin dejar sucesor ni sistema de sucesión. No deja muy organizados la comunidad de creyentes que había creado ni el gobierno de los territorios que había conquistado. Sus tres primeros sucesores o califas son compañeros del profeta. El segundo y tercero mueren asesinados. El cuarto, elegido en 656, es Alí, primo y yerno de Mahoma. Su califato es disputado y muere también asesinado en 661. A partir de ese momento se produce la escisión dentro del islam. La rama principal es la que arranca del nuevo Califato Omeya, a partir de 661, que establece su capital en Damasco. Son los suníes o sunitas. La primera versión del nombre es la más etimológica. Sunna significa doctrina. Se entiende que es la verdadera, la auténtica interpretación del Corán, supuestamente literal, puesto que el libro sagrado es la palabra exacta de Alá, no inspirada a su profeta, sino revelada letra a letra por medio del ángel Yibril (el arcángel San Gabriel). Esa pretensión de literalidad equipara a la sunna con la ortodoxia y condena a la heterodoxia, incluso a la apostasía, a la otra rama del islam, la que procede de Alí, los chiíes o chiítas.

Los suníes han sido siempre mayoritarios en el mundo árabe. Conservan su conciencia de unidad a pesar de las múltiples escisiones internas que los desgarran y hoy día se enfrentan a muerte en Oriente Medio contra la otra gran rama del islam, procedente, como ellos, del siglo VII. El enfrentamiento religioso está doblado por otro étnico, puesto que el portaestandarte del chiísmo es Irán. Por tanto, también árabes contra persas. Han coexistido tensamente durante siglos y ahora parecen encontrarse en su conflicto definitivo. Para comprender su mutua inquina conviene pensar en católicos y protestantes en el primer siglo de la división. Por eso se encuentran analogías con la guerra europea de los Treinta Años (1618-1648).

Desde la revolución islámica de Jomeini los árabes suníes se sienten acosados. Con la posibilidad de que Teherán adquiera la bomba atómica la amenaza se convierte en existencial. Su bando ha sido tradicionalmente encabezado por Egipto, el país más numeroso y con mayor ejército. Sin embargo, el liderazgo ahora lo ha asumido Arabia Saudí, que cuenta con la baza religiosa de ser la guardiana de los santos lugares, La Meca y Medina, y sus grandes riquezas petroleras. El campo de batalla por excelencia es Siria, con Irán echando el resto en el apoyo al régimen de Asad y, en frente, los suníes, que apoyan a sus correligionarios rebeldes que pretenden derrocar al régimen de Damasco.

El despertar chií

Cuando muere Mahoma en el año 632, algunos de sus discípulos piensan que el califato debe ser ocupado por gente de la familia del profeta y el candidato natural es su primo y yerno Alí, que el mismo Mahoma había postergado. Su problemático gobierno dura sólo de 656 a 661, en que muere asesinado. A partir de ahí queda consumada la escisión. Los fieles a la familia serán llamados chiíes, en una extraña derivación del nombre mismo de Alí. Tendrá doce sucesores con el título de imanes. En el sunismo ese mismo título es muy modesto. En el chiísmo viene a ser el equivalente al de califa. Viven en guerra continua, por la persecución de la otra rama.

El duodécimo imán desaparece. Desde entonces se espera su retorno, en medio de un gran cataclismo que representará su victoria sobre el conjunto del islam. Eso es lo que cree la corriente principal del chiísmo, la predominante en Irán, que por eso se llama duodecimana. Esta forma de islam está mucho más jerarquizada que la suní, con sus mulás, ayatolás y grandes ayatolás, que tienen mucho de personas sagradas que sus remotos equivalentes entre los suníes. El revolucionario Jomeini no sólo expulsó a la dinastía reinante en Persia en 1979, sino que estableció un régimen teocrático, desarrollando una doctrina poco común en el islam, donde, a pesar de no existir una clara distinción entre lo político y lo religioso, las normas morales y las leyes, la teología y el derecho, se han dado muchos más cesaropapismos que teocracacias, por utilizar una terminología cristiana. Mientras que históricamente el chiísmo ha estado a la defensiva y ha desarrollado actitudes victimistas y sacrificiales frente a las continuas persecuciones que han sufrido de sus rivales, a los que consideran tan apóstatas como a la inversa, Jomeini realizó la hazaña de invertir las posiciones.

La gran transformación político-religiosa de Oriente Medio ha consistido en el desarrollo del arco chií y sus ambiciones expansivas. Teherán cuenta con Damasco, dónde más mal que bien sigue gobernando un régimen que representa a una minoría chií, los alauíes. Dicho régimen enlaza con los chiíes de Líbano, hoy la mayor de las minorías del pequeño país, férreamente encuadrada por Hizbúlá, organización política, militar y terrorista financiada desde Irán y muy activa en su apoyo armado al régimen sirio.

Por otro lado, la caída de Sadam Husein en Irak supuso el destronamiento de la minoría suní por la mayoría chií. No sólo en Siria sino también en Yemen se juegan las grandes bazas geopolíticas entre las dos ramas del islam. Irán, desde su orilla del golfo, controla el importantísimo estrecho de Ormuz. Con Yemen contralaría el de Bab-el-Madeb, es decir, la boca del mar Rojo. Un vistazo al mapa lo explica todo. Las largas costas norte y sur de la península arábiga, el canal de Suez y la costa egipcia, la salida a ese mar de Jordania e Israel.

Arabia Saudí y la casa Saud

Arabia Saudí se ha afianzado como la gran potencia suní entre la comunidad musulmana (por delante de Egipto). El rey Salman, de la casa Saud, es el referente.

El Irán de los ayatolás

Tras la revolución de Jomeini, se estableció un régimen teocrático encabezado por el líder supremo. El ayatolá Ali Jamenei ocupa este cargo desde 1989.

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