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La cura del separatismo

Tiempo de lectura 2 min.

27 de diciembre de 2017. 09:15h

Comentada
Jorge Vilches 27/12/2017

En agosto de 2017 surgió una iniciativa para la secesión de parte de Barcelona y Tarragona de Cataluña. La llamaron «Tabarnia». El territorio abarca las comarcas del litoral, desde el Maresme hasta el Baix Camp, que resultan ser las zonas más ilustradas, pobladas y prósperas de la región. Estas características inclinan a sus habitantes a no ser independentistas, sino a preferir la España constitucional en la Unión Europea, y a defender la Democracia y las libertades individuales frente al dogmatismo de los que quieren comunidades cerradas.

Este fenómeno es el reflejo de una fractura histórica en Cataluña proveniente del peso del carlismo; de hecho, la Segunda Guerra Carlista fundamentalmente tuvo lugar allí, así como el único pronunciamiento militar tradicionalista: en San Carlos de la Rápita (1860). Sobre ese tradicionalismo se construyó el nacionalismo. Esto explica que los enclaves independistas actuales coincidan con las plazas fuertes del carlismo durante el XIX. Eran aquellos lugares peor comunicados con el exterior, rurales, donde a la preservación de la tradición frente a la modernidad política, tecnológica y de las costumbres, se unía el fervor religioso y la xenofobia. Ese mismo rechazo al español de otras tierras que empujaba a los nacionalistas a llamar despectivamente «murcianos» a los emigrantes de principios del siglo XX. Frente a este mundo rural, como Berga, fortín carlista en 1833 y hoy gobernado por la CUP, o Gerona, la provincia de Puigdemont, estaba el urbanita, más abierto y receptivo, plural y liberal.

Esta división entre campo y ciudad, tradición y libertad, es un fenómeno que no sólo ha tenido lugar en tierras catalanas. Ocurrió también entre Madrid y el mundo rural castellano, así como en las ciudades gallegas del siglo XIX, donde floreció una modernidad muy vinculada al español, que contrastaba con las aldeas, que se revolvían carlistas, como contaba Valle-Inclán. Otro tanto ocurrió en las provincias vascas. Bilbao fue santo y seña del liberalismo y luego del socialismo, abierta a la España en crecimiento y a la Europa moderna, a diferencia del resto de la provincia. De hecho, el Sitio de Bilbao, en 1835 y 1836, en el que los liberales de la ciudad resistieron a los tradicionalistas esperando la llegada del general Espartero fue una muestra de modernidad hasta que el nacionalismo vasco cambió el relato. Quizá por esto, Pío Baroja, vasco, afirmó que «el carlismo se cura leyendo, y el nacionalismo, viajando».

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