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La ley de la compasión de Karen Armstrong

La galardonada con el premio de Ciencias Sociales se posiciona contra el «fervor étnico».

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J. Herrero.  Oviedo.

Tiempo de lectura 2 min.

18 de octubre de 2017. 00:05h

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J. Herrero.  Oviedo. 18/10/2017

Karen Armstrong (Worcestershire, Reino Unido, 1944) es un laberinto. Cada pregunta se alarga durante varios minutos. Empieza frases, no las termina. Coge otras, y tampoco. Salta de aquí a allí para después volver. Al final, todo cobra sentido. Es esa cabeza llena de versículos de la Biblia y el Corán, que va soltando, la que va a otro ritmo. Lo que sale de su boca lo ha analizado su cabeza a través de tantas vertientes como le ha sido posible. Unos razonamientos que le han llevado, entre otras miles de metas, a una conclusión: falta compasión. «La gente no quiere mostrarla, y sí tener razón. Se necesitaría eliminar el ego y la mayoría no está dispuesta, aunque es algo que debemos hacer si queremos que sobreviva la especie. Hasta que no nos aseguremos de que los pueblos se traten como nos gustaría que que lo hicieran con nosotros no va a ser posible porque hemos eliminado la ética de la compasión». Curioso, cuando no existe religión que no la profese.

Junto a la «paz y la solidaridad» es el concepto que destaca el jurado para su Princesa de Asturias de Ciencias Sociales y hacia este lugar se encaminan sus reflexiones: «Hay que estar muy atentos ante este incremento de la xenofobia y del fervor étnico y nacional porque es muy peligroso cuando no se controla», apunta cuando la actualidad catalana le aborda. Un nacionalismo que identifica con el laicismo, como también es este último uno de los nutrientes del ISIS, salvando las distancias de uno y otro. Aunque para religión la suya, «una forma de arte, de dar sentido a la vida». Su experiencia con los hábitos no fue todo lo gratificante que esperaba –el Papa Francisco le ha vuelto a reconciliar y «pese a que no se le dé bien el tema de las mujeres»–, por lo que terminó abandonando el convento a los 24 años en busca de mundo: «Alejar a la religión puede ser hasta algo productivo si se ha vivido en una poco útil. A veces conviene tomar distancia». Es el consejo de Armstrong para no abusar, «como se ha hecho», de ésta entretejiéndola con la política: «Nuestros textos hablan de igualdad y nunca la hemos logrado. Toda estructura ha supuesto una élite y unas masas y lo que tenemos ahora es una nueva aristocracia».

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