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«La Gioconda» de Jackie Kennedy

Víctor Fernández. 

Tiempo de lectura 5 min.

13 de enero de 2013. 10:45h

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Víctor Fernández.  12/1/2013

El 10 de octubre de 1962, el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, hacía por carta un misterioso anuncio a John Walker III, director de la National Gallery of Art de Washington. Kennedy le pedía que fuera su representante para discutir con el embajador francés Hervé Alphand sobre «la seguridad y protección de dos cuadros que serán enviados desde Francia este otoño. Estos cuadros llegarán a Estados Unidos como el más generoso gesto del presidente De Gaulle y del ministro de Cultura francés André Malraux, hacia la señora Kennedy y hacia mí». Eran «Retrato de la madre del artista» de Whistler y «La Gioconda» de Leonardo da Vinci. Este último, el retrato más famoso de la historia del arte y una de las joyas del Louvre, viajaba a Washington y Nueva York, no solamente para ser exhibida públicamente, sino para cumplir una misión diplomática: apaciguar las convulsas aguas entre la Casa Blanca y el Quai d'Orsay. Una operación delicada que tenía mucho que ver con la fascinación mutua que se profesaban Malraux y la primera dama estadounidense, Jacqueline Kennedy.

La curiosidad de De Gaulle

El joven presidente había viajado a París entre el 31 de mayo y el 2 de junio de 1961. De Gaulle sentía curiosidad por unas ideas que se alejaban del conservadurismo de Eisenhower. Kennedy llegó acompañado de su esposa, quien no tenía ningún problema para hablar francés. Deseosa de conocer lo mejor de la cultura del país, también sentía curiosidad por conversar con Malraux a quien había leído. El intelectual fue su guía en el Jeu de Paume y el castillo de la Malmaison. Ya de vuelta a Washington, Malraux envió a Jackie por valija diplomática uno de sus libros, «El Louvre y las Tullerías», y ésta le pidió si podría remitirle uno dedicado para su hermana.

Los dos se cayeron bien y pronto los Kennedy pidieron al ministro que fuera su invitado en la Casa Blanca, como así pasó en mayo de 1962. Fue durante esa estancia, tras visitar la National Gallery of Art de Washington, cuando surgió la posibilidad de que «La Gioconda» cruzara el charco. Eso sí, antes de regresar, Malraux escuchó al presidente quejarse de la predisposición francesa a participar en la carrera armamentística y nuclear, pero no le importó regañar al secretario de Justicia, Robert Kennedy, por los primeros tanteos estadounidenses en Vietnam.

El Louvre puso el grito en el cielo cuando se enteró de las intenciones del autor de «La condición humana». Sus conservadores no consideraban buena idea que una pieza de «excepcional fragilidad» pudiera cruzar el Atlántico. Pese a todo, De Gaulle apoyó en todo momento la iniciativa de Malraux porque «él sabe lo que se hace. Hace bien».

Incomparable

El anuncio oficial no se formalizó hasta el 12 de diciembre de 1962, cuando Kennedy inició su tradicional rueda de prensa agradeciendo al Gobierno francés el préstamo de «La Mona Lisa». «Esta incomparable obra maestra, el trabajo de una de las grandes figuras de la creatividad occidental, vendrá a nuestro país como recordatorio de la amistad existente entre Francia y Estados Unidos. También vendrá como recuerdo de la naturaleza universal del arte».

Tras un protocolo de 14 puntos, en el que incluso se ajustaba la recepción oficial que tendría la pintura en el puerto, ésta fue depositada en un contenedor isotérmico de material insumergible, con una temperatura de 18 grados y una humedad de ambiente de 50 grados. Viajó en un camarote de lujo del trasatlántico «France» bajo una importante protección policial. Kennedy estaba preocupado por el estado de la pieza –y de otro préstamo, un cuadro de Prendergast–, como así le hizo saber a Walker. Éste le comunicó al presidente por carta, el 20 de diciembre de 1962, que todo estaba saliendo bien. «Querido señor presidente: Usted tiene muchas preocupaciones, pero puedo aliviar su mente respecto a una. "La Mona Lisa" ha llegado en perfectas condiciones. Creo que el Prendergast es una joya. Usted tiene muy buen ojo para la pintura. Es mucho mejor que cualquier otra que le pueda mostrar».

El 8 de enero de 1963 tuvo lugar el acto de presentación oficial de la obra maestra de Leonardo al público estadounidense. Los Kennedy presidieron con André Malraux un acto en el que no faltó buena parte del gabinete estadounidense, como el vicepresidente Lyndon Johnson o el secretario de Estado, Dean Rusk.

En la John F. Kennedy Library donde se guarda la totalidad de los documentos del archivo personal del presidente –algunos de ellos revelados por primera vez en estas páginas– se conservan una notas con una serie de sugerencias para el discurso que Kennedy debía pronunciar ante sus invitados en la National Gallery of Art de Washington. Entre las frases apuntadas, a manera de bromas para el público y afortunadamente nunca dichas por el anfitrión destacaban: «No sé cómo una mujer a la que no he visto nunca me ha envuelto» o «solamente un embajador de Francia presentaría a otro hombre la imagen de una mujer hermosa».

Kennedy fue más diplomático que los chascarrillos de esas notas y dijo en su discurso que «La Mona Lisa» «sigue estando bajo cuidadoso control francés y Francia ha enviado a su propio comandante en jefe. Y quiero dejar claro que, aunque estemos muy agradecidos por el préstamo del cuadro, seguiremos avanzando y haciendo un esfuerzo para desarrollar una fuerza, una potencia artística independiente». Tampoco faltaron los elogios hacia Malraux, a quien aplaudió públicamente por haber demostrado que «la política y el arte, la vida de acción y la vida del pensamiento, el mundo de los acontecimientos y el mundo de la imaginación, son uno y el mismo».

Jackie Kennedy también quiso estar a la altura de esa velada y deslumbró al ministro francés estrenando un vestido rosa sin hombros de Oleg Cassini, su modisto habitual. Jackie había visto uno parecido llevado por Audrey Hepburn y quiso su propia versión.

Cuando a Malraux le preguntaron que por qué había dejado «La Mona Lisa» contestó «porque ninguna otra nación la habría recibido como ellos».

Doce segundos para contemplar a la dama

Durante el tiempo que «La Gioconda» fue expuesta en Washington y Nueva York, recibió la visita de un millón setecientos mil visitantes. El público solamente podía disfrutar de la contemplación de la obra de Leonardo durante doce segundos. Fue un éxito impresionante y Malraux le agradeció a Kennedy el detalle regalándole una maqueta del barco «La Flore», que quedó instalada en el Despacho Oval. Cuando el cuadro regresó al Louvre no se apreció ningún daño y su estado de conservación no se había visto alterado. Éste no fue el último viaje de la dama. En la primavera de 1974 fue exhibida en el Tokyo National Museum, en Japón. En aquella ocasión, todos los conservadores del Louvre presentaron su dimisión, pero sin ser aceptada.

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