Campanario busca destronar a Belén Esteban

Jesús Mariñas. 

Tiempo de lectura 4 min.

16 de septiembre de 2017. 23:17h

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El cada vez mas inestable Bustamente plantó a Paula en su cuarenta aniversario; la baronesa Thyssen logró dos millones y medio subastando en Nueva York un Buda nepalí del siglo XIII –«Venta que me permitirá tener dinero de bolsillo», me cuenta–; Alicia Borrás deslumbró con pelo canoso y 67 años desfilando para Verino y otros se ensañan con la Esteban. Le tenían ganas y piden su platinada cabeza. Rataplán, resuenan aires republicanos en torno a la corona de Belén Esteban, desde hace años y tras aclamación popular elegida princesa del pueblo que se ha ganado su trono a pulso durante los últimos veinte años. Igual tiene consecuencias, es mal ejemplo y desestabiliza el sistema; Dios nos guarde ahora que reviven similares ansias republicanas de mayor entidad. «La marsellesa» alterna con «El segadors» con apoyo de ser himnos con letra. Es inútil un himno nacional sin cantar «las glorias de España», como hace el valenciano. El poético y chaquetero Pemán, que de vestir camisa azul acabó besando los regios pies, ideó una que no prosperó:

«¡Viva España!,

alzad los brazos hijos del

pueblo español

que empieza a resurgir.

¡Gloria a la Patria

que supo seguir

sobre el azul del mar

y el caminar del sol!».

Lo consideraron poético pero poco vibrante, acostumbrados al «ardor guerrero vibra en nuestros cuerpos» y el animador «Legionario soy hasta morir o vencer».

Lo de Belén nunca tuvo mas chinchines que los televisivos, pero llegó a creerse, o más bien sentirse, cabeza sin corona de muchos españolitos a los que ganó primero con su aire inocente de novicia que yo viví compartiéndola con Cristina Blanco como nefasta hada madrina. Luego con efectivos desplantes televisivos donde es magistral. Ahora la cuestionan cogiendo el rábano por las horas de una elaborada infidelidad a la Campanario, desde siempre su enemigo, que se acercó a ella olvidando rencillas por Jesulín tras echarle más de un pulso a la supuestamente tan adorada por el pueblo.

La Campa, todavía reponiéndose, quiso desahogarse; le contó interioridades familiares –que pronto veremos ampliadas y cobradas– y Belén pecó de honesta soltando vía talón secretos de muy allá en un tú a tú impensable años atrás. La tildan de traidora. Le llaman infiel, estafadora. Creen que usó y abusó de la aparente fragilidad de su nunca rival en beneficio propio. María José confió como no se debe y, largona, incluso reveló que se encuentra enjaulada –como antes hacían con las princesas de cuento– en casa del torero de ida y vuelta. Carmen Bazán también se las trae, y comparten ese miedo. Personalmente, encuentro hábil, estratégico y maquinado el gesto de su oponente. Son tal para cual, y uno solo se desahoga con los de toda la vida. Huele a maniobra o trampa en la que, ingenua y confiada, pudo caer Belén, que podría verse destronada y desmereciendo ser princesa del pueblo por los siglos de los siglos. Deprimente. De esta me hago republicano igualito que mamá, íntima del Casares Quiroga que en nuestra librería de la calle Real coruñesa sostenía tertulias políticas.

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