Toros

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Dávila Miura, el hombre que torea para Juan Carlos I

El 10 de abril, décimonoveno aniversario de su alternativa como matador, toreó dos becerras ante el Rey emérito, la Infanta Elena y la hija de ésta, Victoria. «Una ocasión única», como la califica el diestro, que agradece el apoyo de la institución monárquica.

El Rey Don Juan Carlos en la finca de Dávila Miura
El Rey Don Juan Carlos en la finca de Dávila Miuralarazon

El 10 de abril, décimonoveno aniversario de su alternativa como matador, toreó dos becerras ante el Rey emérito, la Infanta Elena y la hija de ésta, Victoria.

El 10 de abril es un día especial para Eduardo Dávila Miura, matador de toros retirado y reaparecido fugazmente en La Maestranza. Ese día, en 1997, tomó la alternativa en la primera plaza del mundo (¿hay otra?) con el trianero Emilio Muñoz como padrino y Víctor Puerto por testigo. Quiso calzarse de nuevo la montera hace un año para lidiar la corrida que cada Domingo de Feria envía al coso del Baratillo la ganadería de sus tíos. Se cumplían las bodas de platino de la «miurada» en Sevilla y el maestro envió «una carta a la Casa Real para invitar a Felipe VI, que fue declinada por motivos de agenda». El monarca, sin embargo, le «debió tomar la matrícula» porque «pocos meses después, Su Majestad quiso ir al primer festejo de San Isidro desde su coronación y me llamaron para que lo acompañase al palco de Las Ventas».

Apoyo a la fiesta

Dávila Miura cree que la Casa Real quería «mostrar el apoyo a la Fiesta en un momento complicado» y aprovechó que es comentarista de radio y muñidor del fenómeno creciente de los aficionados prácticos (gente del común que quiere hacer sus pinitos con la muleta) para que «comentase los intríngulis del festejo» con un monarca que es de su «misma generación». Y que, no es ningún secreto, «no es muy aficionado a los toros, pero ello da más mérito, si cabe, al respeto que muestra por nuestro mundo. Cada cual es libre de tener los gustos que considere, pero un representante institucional tampoco debe ser hostil a un fenómeno que apasiona a tanta gente. Es una pena que la mayoría de los políticos no tomen ejemplo del Rey en este aspecto».

El idilio de Dávila Miura con la institución monárquica quedó sellado el 10 de abril de 2016, décimonoveno aniversario de su alternativa como matador de toros, cuando toreó dos becerras ante Juan Carlos I en la finca de su familia. «El Rey emérito vino el sábado a Sevilla a los toros, con la Infanta Elena y la hija de ésta, Victoria –sin duda la rama más castiza de la familia– y mi tío me llamó para que tentase dos becerritas delante de él al día siguiente», dice Dávila Miura. Para un torero consagrado, esta lidia frente a animales de menos de tres años y unos doscientos kilos de peso no pasa de ser una formalidad, un trabajo de campo que sirve para medir la bravura de la vaca y determinar si «sirve para madre de camadas de toros de lidia», explica. Sin embargo, la presencia de unos espectadores tan especiales «conlleva una responsabilidad mayor. No fue como una corrida de toros, pero sí quise brindarle una de las becerras a Don Juan Carlos y no suspendimos la faena a pesar de que el día salió malo y el viento molestaba mucho. En ocasiones normales, se deja para otro momento, pero la del domingo era una única», dice Dávila Miura. Su tío Antonio y su primo «acosaron a las becerras desde el caballo y las derribaron con la garrocha. Por suerte, las vaquitas eran bastante bravas y se pudo dar un bonito espectáculo. El Rey comentó al irse que le había encantado e incluso dijo que le gustaría repetir», asegura.

Lidia a campo abierto

Eduardo Miura, copropietario de la legendaria ganadería junto a su hermano Antonio, tíos del torero, rebosa de orgullo cuando relata cómo surgió la amistad que llevó a Juan Carlos I a pernoctar en Zahariche, la finca de Lora del Río (Sevilla) donde se crían los cornúpetas más fieros de la cabaña brava nacional. «Hace un tiempo, nos entregó un premio y aprovechamos para invitarlo a conocer nuestra casa. El sábado, que había asistido a La Maestranza, pasó la noche con nosotros. Al día siguiente, le corrimos dos becerras a campo abierto y, aunque el día vino con mucha agua, lo disfrutó bastante», cuenta Miura.

Muchos puristas aseguran que lidia a campo abierto es la más genuina, pues se puede observar al toro en su entorno, lo que supone la vía más directa para que se produzca la comunión entre el hombre y el animal que hace surgir la chispa del arte. Esta modalidad entraña una enorme dificultad técnica, porque es necesario el concurso de los caballistas para poner en suerte a la fiera. «No es demasiado frecuente poder asistir a un espectáculo así, por lo que estoy seguro de que Su Majestad lo apreció. Es un gran aficionado», prosigue el ganadero. Dávila Miura apostilla que «en la cena de la víspera, comprobamos que es un buen aficionado y que ha tenido muchas vivencias con toreros que compartió con nosotros». El lado campechano de los Borbones que cautiva a quien se confiesa monárquico, como el matador, pero también a quien no lo es gracias a anécdotas «algunas de las cuales no reproduciría ni aunque me torturasen», asegura.

Trato afable

Eduardo Miura considera «un honor que venga a tu casa alguien con ese rango. Dentro de que, por supuesto, hay que tratarlo conforme al personaje que es, una persona muy afable con la que todos nos sentimos muy cómodos». Sin embargo, el empresario aprecia más, si cabe, «el apoyo de la Casa Real al mundo del toro, que es tan fácil de atacar últimamente». La conexión entre los antitaurinos y la antiespaña es connatural, de hecho, porque «no es casualidad que las mayores arremetidas a la Fiesta vengan de quienes no están conformes con la España en que vivimos. Aunque sea políticamente incorrecto decirlo, es así. Por eso es tan importante que Su Majestad respalde los toros con su presencia». Su sobrino homónimo también muestra una línea más reivindicativa para agradecer que «la primera institución de España se tome en serio la defensa de una de las señas de identidad del país. Somos un mundo sacudido por todas partes, pero el Rey, con algo tan sencillo como pasar un día al aire libre, enseña que el toro es mucho más que las corridas. En un tentadero a campo abierto no hay muerte ni sangre. Es una actividad de ocio y ecológica, porque se hace una labor imprescindible para el mantenimiento de las ganaderías bravas y la conservación de un animal que sólo existe gracias a la tauromaquia. Sin la Fiesta, el toro bravo estaría más extinguido que los mamuts».

Lidia a campo abierto

Eduardo Miura, copropietario de la legendaria ganadería junto a su hermano Antonio, tíos del torero, rebosa de orgullo cuando relata cómo surgió la amistad que llevó a Juan Carlos I a pernoctar en Zahariche, la finca de Lora del Río (Sevilla) donde se crían los cornúpetas más fieros de la cabaña brava nacional. «Hace un tiempo, nos entregó un premio y aprovechamos para invitarlo a conocer nuestra casa. El sábado, que había asistido a La Maestranza, pasó la noche con nosotros. Al día siguiente, le corrimos dos becerras a campo abierto y, aunque el día vino con mucha agua, lo disfrutó bastante», cuenta Miura.

Muchos puristas aseguran que lidia a campo abierto es la más genuina, pues se puede observar al toro en su entorno, lo que supone la vía más directa para que se produzca la comunión entre el hombre y el animal que hace surgir la chispa del arte. Esta modalidad entraña una enorme dificultad técnica, porque es necesario el concurso de los caballistas para poner en suerte a la fiera. «No es demasiado frecuente poder asistir a un espectáculo así, por lo que estoy seguro de que Su Majestad lo apreció. Es un gran aficionado», prosigue el ganadero. Dávila Miura apostilla que «en la cena de la víspera, comprobamos que es un buen aficionado y que ha tenido muchas vivencias con toreros que compartió con nosotros». El lado campechano de los Borbones que cautiva a quien se confiesa monárquico, como el matador, pero también a quien no lo es gracias a anécdotas «algunas de las cuales no reproduciría ni aunque me torturasen», asegura.

Trato afable

Eduardo Miura considera «un honor que venga a tu casa alguien con ese rango. Dentro de que, por supuesto, hay que tratarlo conforme al personaje que es, una persona muy afable con la que todos nos sentimos muy cómodos». Sin embargo, el empresario aprecia más, si cabe, «el apoyo de la Casa Real al mundo del toro, que es tan fácil de atacar últimamente». La conexión entre los antitaurinos y la antiespaña es connatural, de hecho, porque «no es casualidad que las mayores arremetidas a la Fiesta vengan de quienes no están conformes con la España en que vivimos. Aunque sea políticamente incorrecto decirlo, es así. Por eso es tan importante que Su Majestad respalde los toros con su presencia». Su sobrino homónimo también muestra una línea más reivindicativa para agradecer que «la primera institución de España se tome en serio la defensa de una de las señas de identidad del país. Somos un mundo sacudido por todas partes, pero el Rey, con algo tan sencillo como pasar un día al aire libre, enseña que el toro es mucho más que las corridas. En un tentadero a campo abierto no hay muerte ni sangre. Es una actividad de ocio y ecológica, porque se hace una labor imprescindible para el mantenimiento de las ganaderías bravas y la conservación de un animal que sólo existe gracias a la tauromaquia. Sin la Fiesta, el toro bravo estaría más extinguido que los mamuts».