América

Nueva York

De su puño y letra

Aline Griffith, condesa viuda de Romanones en una imagen de archivo
Aline Griffith, condesa viuda de Romanones en una imagen de archivolarazon

El primer día que llegué a España en 1943 en el aeropuerto de Barajas, hacia frío, un viento invernal que azotaba mi falda, y tuve que sujetar mi sombrero para que no saliera volando. No había gente a la vista, ni ningún edificio. Me abrigué contra el viento y crucé corriendo el aeródromo vacío hacia un pequeño hangar donde dos guardias civiles me recibieron con amables sonrisas y me pidieron el pasaporte. Eran jóvenes y guapos, vestidos con sombreros extraños y unas capas de color aceituna que les llegaban hasta los tobillos. «Buenos días, señorita». Desde el primer momento, su simpatía y amabilidad ayudándome a abrir mis maletas y explicando que había un taxi para llevarme a la ciudad, me di cuenta de la simpatía de los españoles. Cogieron mis maletas y me acompañaron hasta el taxi, donde me despidieron advirtiéndome de que el camino a la ciudad estaba lleno de baches pero que el taxista me cuidaría bien.

En mis primeros años en Madrid, tuve la suerte de conocer a los habitantes de España en su estado puro, antes de que se contagiaran con las costumbres de los turistas y la televisión de los años posteriores. La amabilidad, la educación y las buenas maneras de los españoles eran superiores a las personas que se encontraban en las calles de Nueva York. En el tranvía de la Castellana y los autobuses, los hombres se levantaban para ceder sus asientos a las mujeres. Otro gesto amable eran los piropos que los hombres susurraban en las calles a las mujeres, breves palabras encantadoras con sentido del humor. En mis primeras semanas no entendía estos piropos, no sabía que era una costumbre española de hacía mucho tiempo. Ahora parece que los quieren prohibir bajo multa.

También al preguntar por una dirección, lo más normal era que se te ofreciera para acompañarte. España era un país con un nivel muy alto en cortesía y amabilidad.

Cuando recibía invitados extranjeros se sorprendían de la elegancia y porte de mi servicio doméstico, sin quererlo ni buscarlo de pronto me encontré suministrando personal para las casas de mis amigos en Francia, los Rothschild para su palacio en Ferrières y los Windsor en París... Ellos se daban cuenta de la excepcionalidad de los españoles y la superioridad de sus maneras.

A menudo, cuando visitaba a los Windsor, la duquesa me pedía si les podía buscar en España jóvenes para su servicio doméstico. Envié dos hijos de pastores de mi finca Pascualete, y con los años estos jóvenes llegaron a ser los mejores mayordomos de la casa. Los duques estaban tan encantados que durante años siguieron pidiéndome más ayudantes de España. Pedí al párroco del pueblo cercano enviar otros dos chicos más. La duquesa me decía que todos los españoles eran mucho mejores que los que había tenido de Francia o de Inglaterra.

Recientemente, revisando mi archivo, me encontré con cartas de mis amigos los Windsor y en una de ellas el duque escribía: «Querida Aline, adjunto a esta carta te envío 50 dólares como regalo para el cura don Alonso Martín de Santa Marta de Magasca en agradecimiento por su ayuda y recomendación de los chicos de su pueblo.»

En la carta que este párroco me envió, nos aconsejó que «los chicos son especialmente limpios y cuidan mucho del agua que buscan en el pozo cuando lo llevan a la casa.»

«Aunque aquí no tenemos pozo, sabemos que es a ti a quién debemos gratitud por habernos elegido tan excepcionales chicos de este pueblo cerca de tu finca y de habernos puesto en contacto con el cura, que nos asegura de la honradez y limpieza de los jóvenes que llegan de España. Todos están resultando ser excepcionales. Con nuestro amor. Edward»

Hoy los españoles están reconocidos internacionalmente, nuestros doctores y enfermeras son apreciados y muy acreditados en los mejores hospitales ingleses y de EE UU. Un pariente español tratado en una prestigiosa clínica de Nueva York se sorprendió cuando encontró que su doctor era español, nacido en Barcelona y ahora reconocido como el mejor médico del corazón en la ciudad deNueva York.

Esa España no volverá, pero no quiero que se olvide ese señorío, esa hidalguía que tenían los españoles que causaba admiración entre los extranjeros que visitaban nuestro maravilloso país.