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El año en el que morirán los hipsters

Es la nueva forma de ser bohemios. Que nadie se llame a engaño, detrás de los componentes de los podemitas, mareas y los «cuperos» y su comunismo adolescente se ocultan «hipstéricos» disfrazados de antisistema y okupas radicales que sueñan con dinamitar, como sus padres los hippies, la sociedad que les permite medrar mediante el simulacro siempre productivo de la rebelión. Damos un paseo irónico por la «tribu» más mediática de 2015.

Lluís Fernández. 
El año en el que morirán los hipsters

Para saber si un fenómeno global ha llegado al cénit de la moda moderna, sólo hay que ver si se ha convertido en uno de esos personajes ridículos de la comedia de costumbres española. Le pasó al hippie, en comedias como «Una vez al año ser hippie no hace daño» (1969), de Javier Aguirre, y «¡Vivan los novios!» (1970), de J.L. García Berlanga. Al igual que la chica yeyé y su reformulación posmoderna con la chica Almodóvar y su pareja el yuppie. Desde entonces, la subcultura juvenil anduvo ayuna de un personaje que encarnara la hipermodernidad, hasta que emergió con fuerza el hipster, un pastiche neomoderno y retrocultural, peinado con una cresta capilar tipo «arriba España», gafapasta y barba tupida de yihadista, como el que interpreta el pedante de Berto Romero en «Ocho apellidos catalanes» (2015). Con este personaje de sainete, con barba falsa y complejo de superioridad, el hipster ha logrado su acta de defunción. En realidad, con su barba extensa, bigote decimonónico de puntas retorcidas, ropa vintage, bici «fixie» personalizada, rollo ecologista, coloristas tatuajes, piercings a gogó, dilatación de lóbulos orejiles, cuerpos esculpidos con esteroides anabolizantes y música indie anti-mainstream conforman el mostruario retro-cursi de la moda trendy que define al hipster global.

Lo más socorrido y popular es la barba y el corte de pelo Pompadour, que les dan un aire muy victoriano: rapado lateral y trasero y la parte superior alta, con un encrestado tupé. Sus variantes más ridículas son llevarlo recogido con una coletita, moño oliva gordal o con su cresta central mohicana retro-punk. Añadir un gorro hasta los ojos, sombreros Fedora y Funky vintage o, en su defecto, unos cascos «old school».

Los hay también imitando la moda gay de los bears: camisas a cuadros de leñador canadiense, barbas pobladas y pinta de sin-ducha y sin-aliño. A estos impostores los llaman «lumbersexuales», leñadores con un look rústico muy urbano, porque viven en barrios chic reformados por ellos y para ellos, como Kreuzberfg en Berlín; Ruzafa en Valencia; Shoreditch en Londres y Williamsbourg en Nueva York.

¿Y ellas? Cortes de cabello andrógino, flequillos ladeados y tendencia a llevar el pelo despeinado, aunque el modelo nekane vasca, con flequillo a lo Betty Page pero cortado a hachazos, es el más pródigo. También el moño «knit knot», descuidado, y las melenas con degradados californianos de colorines «dip dye».

Las hipsters visten de forma informal, sin marca conocida, como salidas de la web «Urban Outfitters», todo vintage, excepto la marca «American Apparel». Lo suyo es llevar la ropa usada en capas superpuestas, como cebollas mal peladas. La actriz modelo hipster-nekane, con su pañoleta sujetando el pelo, flequillo y cara de asco es Clara Lago. No puede faltar una camiseta encogida de «crop top» y vaqueros megaceñidos «extra-skinny».

Cultura dominante

Ya se sabe que los/las hipsters son anti-consumista. Odian las marcas pijas tipo El ganso, pero fardan de iPhone, iPad e iMac como divisa de alta gama. Adoran también las gafas ridículas, las que llevan los nerds patosos, como las Wayfarer de pasta negra de Ray Ban, pero vintage. Y se pirran por colgar lo que comen y lo que hacen en Instagram. Como los perroflautas, se adornan pero con dos galgos altivos.

El hipsterismo ya es mainstream, es decir, cultura dominante. Como lo es toda la parafernalia consumista que domina la escena urbana hipster. Es la nueva forma de ser bohemios sin salir del barrio que han adoptado en las zonas de la ciudad deprimidas por rehabilitar y que ellos han tomado por asalto haciendo subir los precios de los pisos y de los bares cutres con cerveza artesanal y restaurantes de sushi. Lo más curioso es su pasión por los ciervos, icono de los hipsters por demodés, los absurdos sofás Chester y las Vespas antiguas.

Frente a los falsos bohemios hipsters están los esnobs «muppies», que se pirran por la comida biológica, hacen deporte y son adictos a las redes sociales y las series televisivas en V.O. Un cruce entre «millenial» y yuppie. Menos interesados en el dinero que en una placentera actitud laboral. En el fondo, nada los diferencia.

¿De dónde vienen los hipsters? Christian Lorentzen, de «Time Out New York», sentencia, en «Por qué el hipster debe morir», que el «hipsterismo convierte elementos auténticos de todos los movimientos alternativos de la posguerra, beat, hippie, punk, post-punk y grunge, en fetiches». En EE.UU son profesionales semicultos y de gran poder adquisitivo, que han pasado de bohemios hipsters a «indies yuppies», profesionales integrados en el sistema financiero. La conclusión de Lorentzen es que «bajo la apariencia de ironía, el hipsterismo fetichiza lo auténtico y lo regurgita con un guiño de falsedad».

«Estar en la onda»

Originalmente, hipster proviene de la raíz hip, que en la jerga «spade» negra significaba estar en la onda. Ser un seguidor del jazz, del bebop y de las drogas duras. Para los componentes de la «beat generation», el nihilismo de posguerra estaba en la raíz de la filosofía vital de los «beatniks», remedo existencialista de los hipsters. Los seguidores pacifistas de los hipsters fueron motejados de hippies, en sentido despectivo, término que fue adoptado como denominación generacional. El triunfo del hipismo fue el resultado de la masificación de la ideología contracultural antiburguesa y anticapitalista de esos grupos elitistas, amantes del «modern jazz», las drogas psicodélicas y el misticismo oriental. Del hipster de los años 40 y 50 al hipsterismo actual hay una caricaturización del término hasta convertirlo en una parodia de la simplista contracultura de los años 60. Una moda trendy para uso de jóvenes de clase media y alta que desean vivir su particular bohemia capitalista en forma de un aparente rechazo al sistema. Que nadie se llame a engaño, detrás de los componentes de los podemitas, mareas y «cuperos» y su comunismo adolescente se ocultan hipstéricos disfrazados de antisistema y okupas radicales que sueñan con dinamitar, como sus padres los hippies, la sociedad que les permite medrar mediante el simulacro siempre productivo de la rebelión. Siguiendo a Umberto Eco, serían la delirante coyunda entre apocalípticos e integrados.

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