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El artículo de Lomana: El escalofrío de la historia

  • Junto a conocidas blogueras en una fiesta de Dolce & Gabbana
    Junto a conocidas blogueras en una fiesta de Dolce & Gabbana
Carmen Lomana. 

Tiempo de lectura 4 min.

18 de marzo de 2017. 03:44h

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Carmen Lomana.  18/3/2017

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Esta dulce semana de sol que nos ha hecho soñar con la primavera y olvidar el invierno oscuro y frío que tanto aborrezco, he viajado a Gandía para una producción preciosa en el Palacio de los Borgia. Esa familia noble de origen aragonés procedente del pueblo de Borja (en italiano Borgia), establecida en Játiva, Reino de Valencia y, posteriormente en Gandía donde está el Palacio Ducal, han pasado a la historia como una saga cruel y deseosa de poder, a la vez que fascinante. Sus miembros más conocidos son el Papa Alejandro VI, (Rodrigo de Borja) y sus hijos César y Lucrecia. Pocos personajes históricos han padecido una sistemática y duradera deformación de su realidad a lo largo del tiempo como la que han soportado los Borgia, especialmente Alejandro VI y sus hijos. Pocos también son los que pueden representar de una forma tan extrema la relación conflictiva entre la Iglesia como institución y las esferas de poder y ambición secular. Todo ello en un momento de florecimiento artístico y un debate espiritual e intelectual inspirado en el descubrimiento de la civilización griega que cristaliza en el pensamiento humanista que abandonó el oscuro mundo medieval para dejar paso al «Renacimiento» cultural y social. Cuando entré al palacio a través del patio de armas y su gran escalinata, sentí una emoción que me produjo escalofrío unido a todo el peso de su historia. Un lugar cargado de leyendas y de una belleza sublime en el que se aprecia el enorme poder económico y social de la familia.

El palacio se construyó en el siglo XIV, ubicado en el emplazamiento más alto de la villa de Gandía, donde nació San Francisco de Borja, bisnieto del Papa Alejandro VI, que pasó de la corte del emperador Carlos V siendo grande de España y Virrey de Cataluña, a la Compañía de Jesús, y renunció a toda pompa y lujo. Cuentan que a raíz de la muerte de Isabel de Portugal a la edad de 36 años, la esposa del emperador organizó la comitiva que escoltó su cuerpo hasta Granada donde sería sepultada en la Capilla Real junto a los Reyes Católicos. Al descubrir el féretro para atestiguar su identidad, quedó horrorizado al ver el rostro de la mujer que el mundo había admirado por su belleza en descomposición, y juró no servir más a señor «que se me pueda morir». Considerando ese día el de su conversión. Al pasear por el salón de Coronas o la Galería Dorada y, especialmente, cuando entré a una pequeña capilla al final de uno de los salones, imaginaba a esta famila española, valenciana, con tanto poder e historia que, a pesar del intenso trabajo durante 14 horas que tuve que pasar rodando un «spot» de publicidad, me sentí una privilegiada alrededor de tanta belleza y puedo asegurarles que algo mágico e intangible me envolvió.

Nuestro momento histórico actual poco tiene de mágico y sí mucho de prosaico y sórdido con los escándalos en cadena y los múltiples corruptos que afloran por doquier de tiempos pasados y presentes. Otro amnésico culpable en su dejadez durante el mandato como Gobernador del Banco de España es Fernández Ordóñez, culpable de la terrible corruptela en Bankia, y toda la ruina en la que nos envolvió el gobierno de Zapatero, que sigue floreciendo, y ahora con otro nuevo protagonista como el ministro Narcis Serra. Nunca fue de mi agrado porque tenía algo que me hacía rechazarlo y no fiarme de él. Se ha confirmado que tengo buena intuición. Esto de la política es el mejor negocio que se montan unos cuantos para aferrarse al poder y vivir de la extorsión y el robo sin ningún pudor, mientras a los ciudadanos nos esquilman con su codicia recaudatoria. ¿Saben lo que pienso? Que son unos indecentes y una gran tabarra soportarlos.

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