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Generación «yeyé»

La muerte de Marilyn sorprendió al mundo entero a golpe de cadera bailando «twist»

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Carmen Lomana. 

Tiempo de lectura 4 min.

11 de agosto de 2017. 23:30h

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Carmen Lomana.  11/8/2017

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No siempre es fácil desconectar, dejar los problemas, desestresarnos y pasar de un día a otro a «modo verano», aprender a relajarnos, a disfrutar, es esencial para recargar nuestra energía y llenarnos de nuevas ideas. Es la única forma de compensar todos nuestros agobios y estrés del resto del año. También hay que saber decir no a la avalancha de fiestas, compromisos e invitaciones que consiguen que, al menos yo, termine teniendo fobia social... Que quieren que les diga, los tacones no son para el verano, ni la peluquería, ni los vestidos de noche... Pero en esta Marbella de mis amores parece que la gente, en vez de venir a descansar, lo que quieren es pasarse el día y la noche en modo fiesta y trasnochando. Yo pienso: ¿será que en invierno no salen ni hacen vida social? Pero mi concepto de descanso y de verano es dormir, playa, tener tiempo para perderlo, bailar, arreglarme lo menos posible y cuidarme lo máximo.

El verano también es inquietante porque hacen síntesis muchos fantasmas y tristezas que las personas llevan dentro y no quieren ver. Al encontrarse consigo mismas tienen que enfrentarlos, puede ser desenfreno y riqueza, pero también momentos de morir cuando no se es feliz y, exactamente, eso es lo que ocurrió un 5 de agosto, cuando la canícula derretía el asfalto de Los Ángeles y Marilyn vio el sol por última vez después de ingerir una dosis excesiva de barbitúricos.

Se comentó que se la habían quitado de en medio. Yo no lo creo. Ella estaba triste de tanto desamor y, como dijo Octave Mirbeau, «no es morir lo que es triste, sino vivir cuando no se es feliz». La muerte de Marilyn sorprendió al mundo a golpe de cadera bailando «twist». Recuerdo los comentarios en mi casa, mi madre, sus amigas... Entonces para mí ella no era nadie importante en mi vida; yo vivía mi adolescencia en otra historia, con una alegría enorme de descubrir al mundo y el amor con un telón de fondo sonoro de «Sapore di sale», Pepino di Capri, Rita Pavone, Gigliola Cinquetti... La época dorada de la música italiana y francesa, con Silvie Vartan, Johnny Hallyday y la revista «Le Copains», que era mi ventana abierta a otro mundo mucho más pop, libre y divertido. Era el mundo de los «yeyé» de la misma forma que ahora son los «millennials». Con el tiempo me di cuenta de cuánta gente interesante vivió esa época y también que ningún tiempo pasado fue mejor ni peor, siempre es el que toca. Ahora sería impensable que alguien, y menos siendo un rey, muriese de un atracón de comer, como le ocurrió a Faruk de Egipto mientras estaba acompañado de una rubia de 28 años en el restaurante Île de France en Vía Aurelia, después de una copiosa cena en la que engulló ostras, cordero, pasteles y todo lo que le ponían por delante... De repente reventó mientras se fumaba un puro. El tipo pesaba 140 kg y desde luego no podía bailar el «twist». Al otro lado del canal los Stones acababan de nacer y los Beatles de grabar su primer «single». Pero era el momento de retorcerse al compás de «Let’s Twits Again» de Chubby Checker. Y hablando de música y fiestas, esta noche estoy ejerciendo de DJ en el Marbella Club en una fiesta de amigos, pero les aseguro que yo soy de las que saben irse.

Quiero recomendarles una preciosa exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza: «El Renacimiento en Venecia. Triunfo de la belleza y destrucción de la pintura». Hay un cuadro que me fascina: «Retrato de una mujer joven llamada La Bella» del pintor Palma el viejo. Es maravillosa la expresión, las telas de su ropa y, sobre todo, el fantástico color de lo que llamaban el rubio Veneciano en su pelo y que las mujeres de esa ciudad conseguían de una peculiar forma. Mojaban su cabello con orín y salían al sol... el amoníaco con el sol dejaba un color cobrizo dorado único. Las mujeres siempre se las han arreglado desde el Paleolítico por muy precario que fuese todo para conseguir alguna fórmula que las embelleciese. Eso es lo que hay por encima de cualquier argumento feminista.

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