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Interviú: Los días y las noches en que seguí a Julio Iglesias y sus amantes

Tras el cierre de la revista baluarte de la Transición, quedan en el recuerdo los desnudos más granados del artisteo patrio. Yo colaboré en diferentes etapas de la revista. Recuerdo los reparos que me puso Nuria Espert , que por entonces mostraba pechos en «Yerma»

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Jesús Mariñas. 

Tiempo de lectura 4 min.

13 de enero de 2018. 00:40h

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Jesús Mariñas.  13/1/2018

Palo tremendo al mundo periodístico y a la última historia de España: «Interviú» y «Tiempo» cierran por problemas económicos tras unas pérdidas de siete millones de euros. La primera resultó emblemática y provocativamente denunciadora en la Transición porque apareció en 1977. En la segunda colaboré hasta el pasado mayo cuando ya se olía el adiós tras nacer de un suplemento que insertaban en la primera. Supuso algo inédito con sus portadas despelotando a lo más granado del artisteo patrio. Quedan en la historia los desnudos de Marisol, ya convertida en la más auténtica, seria y hasta aburrida Pepa Flores «Marisol», momento que cabreó a su entonces pareja, Antonio Gades. O el de Lola Flores, que mucho incomodó a los suyos, incluso sabedores de que cobraron millonadas por exhibir lo mejor que tenía, además de arte. Lo más llamativo de la última época fue Belén Esteban manejada por Toño Sanchís. Ahora desorbitan las tiradas que no llegaron a tanto, pero sirven de ejemplo de aquella España pacata donde los desnudos enganchaban más que las sorprendentes denuncias políticas. Se la jugaban cada semana, incluso insinuadas o manipuladas desde la evidente transgresión. ¡Qué tiempos aquellos! Recuerdo los reparos que me puso Nuria Espert, que por entonces mostraba pechos en su histórica «Yerma» con gran dirección de Víctor García. Objetaba que una cosa era lucirlo con pretexto sobre el escenario que hacerlo a palo seco en un reportaje periodístico mucho más importante y duradero: «No quiero que me confundan con una folclórica». Y rechazó posar dándose aire con un abanico tapador de lo que nuestra trágica evitaba lucir.

Yo colaboré en diferentes etapas de la revista, hoy ya de recuerdo. Empecé en su Barcelona fundacional, con redacción en la calle Rocafort, que cobijaba casi todos los títulos del entonces poderoso Grupo Zeta de Antonio Asensio. Él me contrató cuando «Interviú» era dirigida por Eduardo Álvarez Puga, un gallego de pro, mientras como redactor jefe el argentino Héctor Chimirri aportó su descaro porteño habituado a lidiar censuras en su Buenos Aires querido. Debuté con lo que parecía algo tan escandaloso como la intención de Julio Iglesias, que empezaba a internacionalizarse, de comprar un pazo en la «terra nai» de su padre, el divertido, enamoradizo y luego polémico doctor Iglesias Puga. Los vio, sobre todo en la hermosa ría de Vigo, pero los encontró de precio desorbitado. Asombrado de cómo se situaba y subía Julio, Asensio me encomendó seguirlo allá donde fuera. Por eso lo acompañé a su debú en Egipto con entrevista vacacional con el entonces presidente Anwar el-Sadat, que veraneaba en Alejandría y cuya hija Yahim también se encandiló de nuestro «truhán y señor». Abusó publicitariamente, como luego de Sidne Rome y tantas otras.

A su lado estuve en la Casa Blanca, donde invitado por Ronald Reagan cantó para el presidente francés Mitterrand. Supuso experiencia única, sobre todo al comprobar las medidas de seguridad a que nos sometieron con más de ocho intensos cacheos, un repaso minucioso facilitando mi acceso como «fotógrafo de Julio» por indicación de Alfredo Fraile, al que nunca se lo agradeceré bastante. Deprisa y corriendo me vi obligado a alquilar un esmoquin por cien dólares. Conservo la factura. Más tarde bisé experimento y registro cuando la irrepetible Montserrat Caballé actuó para el rey Fahid de Arabia, gran melómano. Ya previsor, y todavía mal oliéndome el sobaquillo del traje anterior alquilado, viajé con mi etiqueta encima consciente de que la usaría al ser de los pocos privilegiados en vivir tamaña experiencia. En la sala donde nos metían, nunca le llamaría encierro, había carpetas con timbrado papel azul claro y cogí varios folios que cuarenta años después por ahí andan como reliquia.

Sidne Rome, Nathalie...

Conté el más que tonteo de Mar Flores con Fernández Tapias, un idilio frustrado porque la modelo se prendó del entonces recién llegado Dado Lequio, aún felizmente casado con Antonia del’Atte. Nunca competí, ni lo pretendí, con Luis Cantero, experto en comentar los desnudos. Sus textos son modélicos en retratar personas sin comprometerse, algo que no sucedía con Xavier Vinader, al que casi encarcelan por escribir más de la cuenta. Gracias a «Interviú» viajé por más de medio mundo describiendo como «Mr. Gwendolyne» se prendó fugazmente de Sidne Rome y durmieron juntos tras conocerse en un concierto, o el desdén de Nathalie por nuestro melódico ídolo. Ella tenía los pechos grandes, que siempre buscaba el cantor acaso por algún trauma infantil. Aunque la Preysler de su primer matrimonio rompía tal esquema. Al embarazarla, estando de seis meses, se casaron en Portugal para evitar habladurías ya imparables. Un truhán y un señor, la canción lo retrata y define un tanto cínicamente.

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