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Tómbola: lo que no se vio del programa que creó escuela

Veinte años después del pionero formato del corazón, Jesús Maríñas trae a la memoria las grandes noches valencianas de excesos

Jesús Mariñas. 
Cicciolina al desnudo. Mariñas le ayudó a quitarse el sujetador
Cicciolina al desnudo. Mariñas le ayudó a quitarse el sujetador

«Tómbola» nació sin pretensiones, pero la huida de Chábeli Iglesias en su inauguración le reportó impagable publicidad. Canal Nou, vía Ángel Moreno, entonces marido de Nieves Herrero y padre de sus dos hijas, nos había contratado a cinco especialistas –50.000 pesetas per cápita– para comentar las revistas del corazón. No pedían más, pero el resultado sorprendió a la propia empresa. Y los 30 minutos acabaron en hasta cinco horas y media. Dependía de lo que tuviésemos delante. Nadie esperaba tal «boom», que sería fundamental en la Prensa del corazón, entonces –l997– limitada a las revistas impresas o a lo que yo hacía en la radiofónica «Protagonistas» con un Luis del Olmo al que le costó pasar por ese aro de darle protagonismo al famoseo. Apoyó Jesús Sánchez Carrascosa, valiente director de la cadena valenciana, luego aporreado a críticas.

De buenas a primeras creó adicción y marcó escuela. Casi fue universidad o aula magna de lo que ahora se estila en tertulias más prefabricadas que el programa valenciano pionero y sobre el alambre. No teníamos pinganillo, ni siquiera guión. Sólo conocíamos el nombre del que se sentaría en «el sofá», un remedo decorativo de los labios dalinianos. Lo demás era sorpresa:

«¿Y esa quién es?», nos preguntábamos en el camerino que compartíamos. «Será alguna... ya sabes», presuponía el grupo. Cundía la extrañeza ante nombres entonces desconocidos como Yola Berrocal, Two Yupa, Paquita la del Barrio, que vendía parentesco con Carolina de Mónaco, Sonia Moldes o Maribel Sanz, otrora amor de Sergio Dalma, por citar algún ejemplar de la más fauna que flora tombolera.

Carmen Ordoñez destacó la primera noche y luego batió récord de asistencias con hasta 13 actuaciones no siempre bien acogidas. Personal y bipolar como era bajo su imponente belleza, tenía habilidad en caer mal. Alguna noche abandonó el plató abucheada por un público tal de circo romano. Sólo les faltaba bajar el dedo gordo pidiendo su hermosa cabeza. En alguna ocasión abandoné mi silla para llevarla protegida hasta la salida mientras la abroncaban. Pero ella repetía como valor seguro en la nómina que no prodigaba tanto relumbrón. Por eso compartió el debut con Carmen Martínez-Bordiú, que a toro pasado no entendió haber ido, y a la que Isabel Preysler le montó un cirio por no ayudar a su hija. Completaron el estreno la casi desconocida y altiva Antonia Dell’Atte, Sofía Mazagatos y Jorge Juste, presuntuoso donjuán entonces.

¿Qué motivó la espanta de Chábeli en plenas Fallas? El petardeo superaba la insonoridad del plató y lo ensalcé como bienvenida a ella. «¡Qué bien que estés aquí en plenas Fallas!». Puso cara de asombro: «¿Qué es eso de Fallas?». Y provocó un rugido de protesta mientras le dimos información: «Una fiesta muy típica de Valencia con figuras que luego desaparecen en la cremá». Ella seguía en las trece de su inopia miamera, pues ya vivía en Florida con su abuela Charo de la Cueva. Porque Julio Iglesias nunca convivió con sus tres hijos, a los que sólo llamaba cuando «había fotos». Él residía en Indian Crek y los entonces críos, en Bay Point.

–¿Fallas, eso qué es...?, repetía alucinada. Derrochamos paciencia dándole explicaciones:

–¿Sabes que en casa de tu padre cada domingo sirven paella? ¿Hasta ahí llegas?

–Bueno, me parece, no sé. No me gusta el arroz.

Y se armó la de Dios es Cristo. La valencianidad herida donde más duele. No entendíamos su desarraigo. Y le atizamos llamándola ignorante, gorda –estaba rellenita y le costó estilizarse– y descalificaciones jaleadas por el alterado público. Entre cajas sobresaliendo del decorado, estaba su representante, Ana Nemes. Agitaba un cheque por tres millones y medio de pesetas pendientes del caché de siete. La otra mitad se la habían mandado anticipadamente a Miami. Así estaba acordado.

–¡Sal, sal, vete!, inducía la Nemes ya con la pasta en su mano. Y Chábeli, apelando a una incomprensible dignidad, soltó lo ya histórico.

–¡No sois gente, sois gentuza! Y se largó creando desconcierto. Ximo Rovira se puso verde, no sabía por donde tirar al ver truncada la entrevista estrella. Sobre la marcha, se impuso continuar a trancas y barracas. Y los cinco magníficos se transformaron en objetivo ya no despiadado de nuestras preguntas. Alargamos el caos.

Sin pretenderlo, buscarlo ni sospecharlo creamos estilo. Nos aupó y aguantamos casi ocho años, pese a la descalificación politiquera, que se lo llevaba crudo. Hubo otras noches memorables como la de Al Bano muy alegre subido a una mesa de cristal que rompió y cayó estrepitosamente encima de Karmele. O cuando Carmen Ordóñez no se presentó a la cita por una supuesta caída doméstica, disculpa nunca explicada acompañada de una foto justificadora donde lucía un ojo morado. Estaba recién malmaridada con Ernesto Neyra. Enseguida malpensamos. No erramos, como al descubrir que la Marchante –«¡Qué te calles, Karmele!»– en cada programa pedía cinco yogures estimulantes que luego se llevaba a su casa. Una cutrería. «Tómbola» reveló a «El bigotes», Álvaro Pérez, entonces representante de Andrés Pajares, que también la lio buena cuando el marido de Mari Cielo telefoneó para revelar que su cómico suegro le había puesto una pistola en la sien. Menos aterrador fue mi tartazo al aprovechado Padre Apeles. Un 3 de octubre, mi cumple, me sorprendieron con enorme tarta. Apeles se enfadó con tal detalle y quiso zaherirme por mi edad:

–Cuidado, que puedo lanzártela–, advertí molesto.

–No te atreverás, es un traje de St. Laurent–. Lo llevaba con alzacuello. Insistió en su mofa confiado en que el hábito no hace al monje. Y se la lancé para regocijo del respetable que, 20 años después, sigue añorando aquellas noches valencianas donde hubo ruptura, una forma distinta de hacer, quizá excesos, pero mucha verdad.

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