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La necesidad de agathizar el mundo

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Ágatha Ruiz de la Prada / Cósima Ramírez. 

Tiempo de lectura 4 min.

22 de octubre de 2017. 04:45h

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Ágatha Ruiz de la Prada / Cósima Ramírez.  22/10/2017

Esta semana en el estudio Agatha Ruiz de la Prada hemos estado –como casi siempre– disipados. Mi madre en Marrakech, mi hermano en Kuwait, Cristina Palomares en Palma de Mallorca, yo en Palma del Rio, y los demás ocupándose del resto de la galaxia. Es algo muy nuestro esto de desperdigarnos –quizás el secreto de nuestro éxito– el intentar estar en todos lados, y preferiblemente a la vez. Nos gusta propagarnos y no sin cierto empeño mesiánico.

A veces este empeño nos lleva a sitios maravillosos, y a veces a todo lo contrario.

Para mi madre la semana pasada en concreto fue un sueño hecho realidad. Estuvo en Marrakech para la inauguración del nuevo Museo Yves Saint Laurent, completando toda una peregrinación en honor a su gran ídolo fashionístico. En París se había fijado la semana anterior en su ordenadísima biblioteca y en el pequeño bol para su perro (sintiéndose muy identificada) en el antiguo estudio del maestro. En Marrakech se fijó principalmente en la brillantez de la organización ideada por Pierre Bergé.

El museo YSL en Marruecos formará parte del icónico Jardín Majorelle, que supuestamente recibe más de 700.000 visitantes al año, y eso ayudará a mantenerlo con el alto decoro que corresponde. No sería mal ejemplo para los futuros planes de la Fundación Agatha Ruiz de la Prada.

Allí estaban las mas guays del Paraguay, desde Bianca Jagger a Catherine Deneuve –que supuestamente acaparaba media fundación– celebrando la memoria del mítico Saint Laurent. La que más efecto le hizo a mi madre, con diferencia, fue Marisa Berenson, en su época la mujer más guapa del mundo entero y encima nieta de la imprescindible Elsa Schiaparelli ¡Qué maravilla cuando una mujer, aparte de ser sofisticada en proporciones celestiales, es simpática y buena!

Un asombro también inspirado por la gran anfitriona de Agatha, una de las mujeres más impresionantes y poderosas de toda España, Cristina Macaya. Mal acompañada no estaba mi madre en su particular fantasía, eso está claro.

Mi hermano mientras tanto, de camino a Kuwait, pasó por una serie de aventuras un poco más aferradas a la realidad en la que los demás vivimos. Empezando el viaje con una huelga de controladores en Ámsterdam, le mandaron a Roma, luego a Londres y después finalmente a su destino, donde llegó y le habían perdido la maleta.

Acurrucado entre sus trapos de viaje durante un día y medio, en los suelos de varios aeropuertos (encontrándose más lejos de su destino a su supuesta hora de llegada que cuando había empezado el viaje), el glamour de la situación no le quedó tan evidente. De hecho, tuvo que aterrizar directamente en la conferencia que le esperaba a las nueve de la mañana –ante un público de princesas y jeques forrados de joyas– maloliente y con su humilde atuendo de viaje, listo para deslumbrarles con sus perspectivas empresariales.

Gracias a cierta perspicacia innata, Tristán no tuvo ningún problema en venderles la moto, defendiendo la individualidad creativa ante la masificación y el automatismo que se apoderan de la industria de la moda y el espíritu humano ante el «big data» que prometía dictarnos los pensamientos en un futuro no muy distante. Volvió triunfante, lleno de análisis y teorías sobre el curioso Estado de Kuwait. Al parecer el sitio fue trasformado repentinamente en los 1940 por el descubrimiento de petróleo. Las cabañas de barro se convirtieron en mansiones tipo suburbio americano, por todas partes se empeñaron en plantar jardines en el desierto. Los kuwaitís viven como reyes, con asistencia social y privilegios de todo tipo, algo que protegen arduamente ante las masas de inmigrantes que mantienen su extraño ecosistema.

Mientras que Cristina Palomares supervisaba la inauguración del recién decorado (y fantástico) Pula Golf en Mallorca, yo representaba a la familia RdlP en Palma del Rio, justo en el tipo de plan al que le encanta mandarme a mi madre. Un plan ejemplar, una boda «bien», cuya exuberancia te devolvía esperanzas en la vida y razones para vivirla.

La novia y la novia madre iban despampanantes, ambas vestidas de Lorenzo Caprile. El lugar, un jardín rodeado de murallas medievales, era de aquellos que sólo se encuentran en los mejores sueños y en Andalucía. Parece ser que también tuve mis pequeños triunfos, agathizada de pies a cabeza, lo suficiente como para tener a la jefa feliz conmigo. Otra semana supongo que sería distinto...

Entre tanto revuelo –cada uno ya en otro plan respectivo de la semana, en sus respectivos malabarismos– tuvimos una gran alegría, un recuerdo de por qué nos manteníamos en perpetua revolución. Agatha Ruiz de la Prada ya estaba en Bruselas maquinando su próximo hito cuando recibió una llamada del Ministro de Educación, Cultura y Deporte para contarle que había ganado el Premio Nacional de Diseño de Moda 2017. Por muy diversas que fuesen sus especializaciones, el Ministerio estaba de acuerdo con nosotros en la necesidad de agathizar el mundo.

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