Historia

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El fin de la utopía

Las bellas intenciones del «Flower Power» se marchitaron y pervirtieron a una velocidad de vértigo, dando paso a los excesos de la droga y a macabros desviados como Charles Manson

El asesino Charles Manson, custodiado por dos agentes en una imagen de 1969
El asesino Charles Manson, custodiado por dos agentes en una imagen de 1969larazon

Las bellas intenciones del «Flower Power» se marchitaron y pervirtieron a una velocidad de vértigo, dando paso a los excesos de la droga y a macabros desviados como Charles Manson.

El «Verano del amor» fue víctima de su propio éxito. Si vas contra el Sistema y tienes éxito, estás acabado; tarde o temprano el propio Sistema te reabsorberá y te convertirá en uno de sus productos estrella. Eso fue lo que le sucedió al movimiento «hippie»: su modo de vivir «al margen de» no tardó en consagrarse como una moda instalada en el «mainstream» del capitalismo y a la que nadie quería renunciar. Solo hay que recordar, en este sentido, las hordas de turistas que, día tras días, llegaban al Haight-Ashbury de San Francisco a contemplar in situ el epicentro de la «revolución del amor». El primer caso de «turismofobia» –tan de actualidad en estos días– sucedió en aquel periodo de 1967-1968, cuando los «hippies» residentes en Haight-Ashbury se encaraban con los visitantes de todo el mundo que pululaban por sus calles, conscientes de que su estilo de vida se estaba convirtiendo en un espectáculo para ser consumido. Al igual que ha pasado con tantos casos próximos y no tan próximos durante los últimos tiempos, el centro de la contracultura mundial corría riesgo de caer en la trampa de la gentrificación. Como así sucedió.

A tenor de este rechazo a transformarse en un producto turístico sin más, se podría pensar que los «hippies» generaron una autoconciencia de resistencia frente a todas aquellas tentativas de comercialización de su forma de vida. Pero no fue así. Quizás los «Diggers» y los «Yippies» mantuvieron el aliento de la resistencia durante un periodo de tiempo superior, pero, en general, no hubo que esperar mucho antes de que la contracultura fuera rápidamente asimilada por el «establishment». Muchos de los más renombrados artistas del póster montaron sus compañías y monetarizaron rigurosamente cada uno de sus icónicos diseños; grupos como Mamas and The Papas o Jefferson Airplane hicieron caja con la popularización de la estética y los mensajes más estereotipados de la experiencia contracultural; decenas de empresas «hippies» surgieron al calor de la globalización de un sentimiento que, sin duda alguna, emergió como la principal maquinaria económica de finales de los 60 dentro del mundo de la moda y de la industria cultural. Casi sin tiempo para reaccionar, el capitalismo se había instalado en el corazón de la contracultura, en lo que supuso la concreción del producto perfecto: la alianza de la actitud contracultural con una imagen anticomercial dio como resultado uno de los productos más consumibles y «marketizables» de todos los tiempos. Nada apetece más al Sistema que la disidencia; le gusta tanto que, lejos de fulminarla, la deglute con voracidad hasta integrarla como parte esencial de su organismo.

En paralelo, la mezcla explosiva de las drogas con las nuevas espiritualidades no tardó en derivar hacia episodios que nada tenían que ver con el mantra de «Paz y Amor»: abusos, violaciones y violencia dejaron de constituir una excepción al paisaje de «armonía universal» que envolvía la comunidad «hippie» de San Francisco, para confirmarse como una lamentable y frecuente realidad. En 1967, de hecho, Charles Manson, uno de los fijos de Haight-Ashbury durante el «Verano del amor», creó una secta denominada The Family, integrada por un grupo de «hippies» fanáticos que pensaban que él era, al mismo tiempo, la encarnación de Jesús y el Diablo. Instalada en un rancho cercano a Los Ángeles, las prácticas habituales de esta comunidad se caracterizaban por el consumo excesivo de estupefacientes y las prácticas sexuales extremas. En agosto de 1969, Manson asesinó, en solo dos noches, a siete personas, entra las cuales se encontraba la actriz Sharon Tate, embarazada en el momento en que se le dio muerte. Con absoluta seguridad, no es justo marcar el final de la utopía de un movimiento tan complejo y poliédrico como el «hippie» con el subrayado oscuro de una figura tan nefasta como Charles Manson. Pero Manson fue un vástago de Haight-Ashbury y un ejemplo paradigmático de hasta qué punto las loables y bellas intenciones del «Flower Power» se marchitaron y pervirtieron a una velocidad de vértigo.