«Fritz el gato» y los Freak Brothers

Los cómics de Richard Crumb y Gilbert Shelton se convirtieron en los primeros en hablar sin tapujos del sexo y las drogas

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26 de agosto de 2017. 02:15h

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Disgustados por el sesgo comercial que habían tomado los acontecimientos, el consejo organizador del «Verano del amor» decidió desvincularse de aquel tinglado y convocar a las distintas tribus para celebrar, en octubre de 1967, el «Funeral del jipi», que marcó el final del sueño y el comienzo del movimiento de la vuelta a la tierra («Back to the Land»).

Hartos de la ruidosa San Francisco, de la sociedad de consumo, la presión policial y el repentino aumento de drogas duras y conflictos por el consumo de ácidos y gas nervioso (DMT), los jipis originarios decidieron abandonar la gran ciudad y refugiarse en el campo. Se instalaron en la zona norte de Marin County, en las colinas de Mill Valley, donde formaron comunas en las que primaba la igualdad, el cultivo de la tierra y la abolición de la propiedad privada. La utopía jipi de la comuna global no había hecho más que empezar. Miles de individuos sembraron por el mundo la buena nueva y las drogas, los estampados chillones, los pósteres psicodélicos y las comunas agrarias donde se hacía el amor en grupo a ritmo de rock se impuso como la moda contracultural más «in». Ni siquiera Charles Manson y su Familia pudieron destruir esa fantasía retromoderna.

Los personajes más representativos de ese jipismo desquiciado fueron «Los fabulosos Freak Brothers», de Gilbert Shelton, y «Fritz el gato», de Richard Crumb. Fritz vivía obsesionado por el sexo y los friquis por la marihuana. Aún pervive en los antisistema el uniforme progre y el comunismo para descerebrados. Por primera vez unos tebeos hablaban sin tapujos de sexo y drogas con un lenguaje obsceno, orientado claramente a un público adulto y comprometido con el «Movement» contestatario. La aventura estreno de Fritz se publicó en 1965 en la revista underground «Help». Pero lo que disparó la popularidad internacional de Crumb fue la portada del disco de Janis Joplin «Cheap Thrills».

El filme de animación de Ralph Bakshi, basado en varias historietas de «Fritz el gato», fue la primera película de dibujos animados clasificada X que recaudó cien millones de dólares. Algo insólito en un filme independiente con un contenido erótico considerable para la época. Las diferencias del filme de Bakshi «Fritz the Cat» (1972) con el tebeo de Richard Crumb son la virulenta crítica de la mentalidad friqui y su alocada ideología revolucionaria. A Crumb no le hizo ninguna gracia la mofa que se hacía del pasotismo contracultural y las pretensiones pseudo revolucionarias de Fritz, convertido en un activista civil insensato, causante de una masacre en Harlem por una arenga antirracista realizada en pleno tripi y la voladura de una central eléctrica.

El disgusto de Crumb fue tal que decidió asesinar a Fritz y no volver a dibujarlo. En el último capítulo, una mujer avestruz lo mata con un picahielo, adelantándose veinte años a Catherin Tramell en «Instinto básico» (1992).

En apariencia, el Fritz cinematográfico resulta ser un friqui tan inmoral y despolitizado como el de Crumb, que solo pretende zafarse de los estudios, ponerse ciego («stoned»), apalancarse en cualquier cuchitril y zumbarse a cuantas zorritas y perritas callejeras le salgan al paso. Lo de flirtear con el lado peligroso, burlar la ley, enfrentarse a la policía, personificada en unos cerdos represores, y destruir la «maquinaria burguesa» y el odioso «sistema» mediante acciones terroristas eran las tópicas poses anti «establishment» de los friquis contraculturales de los años 60.

La influencia de Crumb fue enorme, al ser uno de los primeros dibujantes en subvertir el orden social y moral establecidos con sus parodias del altruismo y los valores tradicionales democráticos representados por los héroes del cómic clásico: bondad, desprendimiento, lucha contra el mal y exaltación de una moral íntegra; así como amor a la patria y propagación de la democracia combatiendo cualquier totalitarismo. En su lugar aparecen seres deformes dibujados voluntariamente feos y desagradables. El bien y la bondad, claramente desprestigiados por la contracultura, son sustituidos por la exaltación de la maldad, la crueldad gratuita, los placeres sádicos, la escatología y todo tipo de comportamientos vejatorios para las mujeres, a las que se presenta como gigantas agresivas, objetos fantasmáticos de un deseo desaforado y perverso.

Richard Crumb declaró que en 1966 se tomó una especie de LSD «que tuvo un efecto rarísimo, me enturbió el cerebro totalmente». En este imaginario contracultural, todo lo absurdo o psicodélico que se quiera, la moral brilla por su ausencia, las convenciones son abolidas por caducas y la alucinación lisérgica sustituye al pensamiento racional.

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