Pervivencias del gran verano

Los recorridos turístico-nostálgicos no son el único legado de los «hippies» de aquel año 67; su ejemplo se replicó en las siguientes revoluciones culturales, como la del Punk

  • Los Greateful Dead, en 1967, en el 710 de Ashbury Street, San Francisco
    Los Greateful Dead, en 1967, en el 710 de Ashbury Street, San Francisco

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30 de agosto de 2017. 01:54h

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Qué es lo que queda de aquel exceso de utopía y contracultura conocido como «Verano del amor»? ¿Desapareció con el mismo gesto vertiginoso con el que surgió de las cenizas del descontento? Evidentemente, quien visite en la actualidad San Francisco y se acerque al epicentro del estallido «hippie», el Hight-Ashbury, encontrará vestigios de lo que fueron aquellos días de celebración del cuerpo y la armonía universal, y del consumo entusiasta y desbocado de LSD. Uno de los principales modos organizados de revivir aquel periodo es el llamado «Haight-Ashbury Flower Power Walking Tour», que comienza en la conocida Colina Hippie (Hippie Hill), para continuar por Ashbury Street, en donde se pueden visitar algunas de las míticas casas victorianas que se alinean allí como la del número 710 –donde Jerry García y los Greatful Dead vivieron durante gran parte del año 1967– o, calle abajo, el apartamento en el que vivió Janis Joplin. Además de diversos clubes de jazz e incontables «smoke shops», resaltan comercios como la Bound Together Bookstore –una conocida librería anarquista–, el Blue Front Café –la única cafetería original de los 60 que pervive en la zona– o la Piedemont Boutique, cuyo par de piernas cruzadas y en medias de rejilla en la fachada devuelven la imaginación a los años de la gran invasión «hippie».

Pero, más allá de los recorridos nostálgicos y de la paquetización turística de sus vestigios, la pervivencia del «Verano del amor» debe rastrearse en aquel campo en el que realmente resultó influyente e inevitable para generaciones posteriores: el cultural, social y político. La concentración de más de cien mil jóvenes en el Golden Gate Park para escuchar música en directo y experimentar la vida en comunidad constituye la génesis de la actual «cultura de festivales», implantada a lo largo y ancho del planeta, y que supone una excusa para mucho más que escuchar la mejor música del momento. Además, en el estilo de vida seguido por los «lovers» se halla la semilla de futuras revoluciones culturales como, por ejemplo, la de la «generación Disco», pero, sobre todo, la del Punk. Su estallido en 1976 conllevó la reformulación del «entorno emocional» en el que se desarrolló la música psicodélica, con todo el repertorio de excesos e iconografía «outsider» que aquél implicaba.

El modo de vida de los jóvenes que protagonizaron el «Verano del amor» todavía resuena con distinta intensidad en determinados usos culturales completamente interiorizados en la sociedad actual: la creciente filia por las filosofías orientales, la música pop, la actitud hacia las drogas, la revolución del ordenador personal y, por supuesto, la tendencia imparable hacia actitudes sostenibles y verdes. De hecho, el lema por excelencia que ha sobrevivido como bandera de aquellos días –«Haz el amor y no la guerra»– ha impregnado sistemáticamente el espíritu contracultural desde finales de los 60 hasta el momento presente. Más allá de los estereotipos y las interpretaciones frívolas, «Haz el amor y no la guerra» no supone una llamada al sexo desenfrenado y a la promiscuidad sin límites; esta arenga universal contiene, en su breve formulación, la llamada a hacer prevalecer un sistema de valores alternativo al imperante. La presencia del amor como energía renovadora y verdaderamente revolucionaria fue recogida entusiastamente por los Situacionistas franceses, catalizadores del Mayo del 68. En esta noción del amor subyace igualmente una crítica sin matices al modelo político alentado por Washington desde finales de la Segunda Guerra Mundial basado en un sentimiento de la seguridad nacional que solo podía reforzarse desde la mayor musculatura militar y policial. Los «hippies», por contraposición a esto, partían de que la única seguridad real y democrática habría de surgir de un clima de mutua confianza entre los individuos. De ahí que corrientes como el pacifismo, el ecologismo o el movimiento antiglobalización deban muchas de sus ideas matrices a las actitudes contraculturales de estos jóvenes de los 60, que, como es posible apreciar, fueron movidos por mucho más que la fiesta sin límite, los viajes cósmicos del LSD y la utopía de origen hormonal.

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