Todo a zen: El supermercado espiritual de las religiones alternativas

Junto a las drogas como el LSD, en los sesenta se pusieron moda varias religiones que apelaban a la meditación como medio de conectar con el «yo» y que la mayoría de las veces no eran más que un timo

  • Los Beatles pasaron por esta moda de la meditación, como refleja esta pintura tan kitsch de la época
    Los Beatles pasaron por esta moda de la meditación, como refleja esta pintura tan kitsch de la época

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05 de agosto de 2017. 00:47h

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Lluís Fernández 5/8/2017

Cuando los Beatles se apuntaron al «tripi» exótico y la meditación trascendental, bajo el influjo de las drogas psicoactivas, y viajaron a la India para rendir culto al Maharishi Mahesh Yogi, la religiones esotéricas ocuparon el primer lugar del hit parade del todo a zen. Este sacamuelas había residido en San Francisco en 1960 enseñando la «Ciencia de la Inteligencia Creativa», un camelo que encandiló a las élites de la contracultura y los músicos pop. Lo más «in» era la meditación trascendental: trascender los pensamientos mediante un sonido llamado mantra –¡ummm!– durante 20 minutos, dos veces al día. De esa banalización nació el «Beat Zen» de Kerouac, un satori de éxtasis silvestres y solitarios por el camino. Hoy puede parecer lo que es, una estupidez, pero entonces encandiló a millones de jóvenes que emprendieron el viaje iniciático desde San Francisco hasta Katmandú, pasando por Ibiza, ligeros de equipaje para iniciarse en ese despertar espiritualista con mucha carretera y mantra. Los Beatles, junto a Donovan y sus esposas, lo hicieron en avión y fueron los primeros orientalistas prêt-à-porter de la contracultura juvenil. Ni siquiera en eso eran originales.

El primer submarinista del «yo», ese joven inquieto que despertaba espiritualmente en contra de la modernidad y la racionalidad burguesas fue Larry Darrell, protagonista de «El filo de la navaja» (1946), de W. Somerset Maugham. El viaje como búsqueda de sí mismo, de la luz interior y el crecimiento personal encontrados en la peregrinación y el buceo en la sabiduría oriental.

Sectas y éxtasis místico

Su modelos filosófico los encontró en los personajes del escritor socialista Hermann Hesse, autor de las novelas «Demian» (1919), «El lobo estepario»(1927) y «Siddharta» (1922), en donde divulgaba, para uso de jóvenes sensibles y urbanos, las sectas orientales, el éxtasis místico y se arremetía de paso contra la materialista y avarienta sociedad burguesa.

En los años 60 se estableció el delirio del «Yo» como la forma más acabada de pensamiento mágico, en el que no podían faltar los últimos coletazos políticos del marxismo, transformado en una sacralización de la política, convertida en una pseudorreligión. El LSD hizo el resto. Ahí están los delirios de Timothy Leary y su grupo de friquis místicos cuando comenzaron a tomar psilocibina a todas horas: en 961, cuanto más ácido tomaban, más veían a Dios, y en 1962, invitaron a sus sesiones a pastores, sacerdotes y estudiantes de teología. Una vez bebieron LSD y se pusieron a leer en voz alta fragmentos del Nuevo Testamento, aderezado con «rituales sexuales» hindúes (o sexo tántrico) que se practicaban en el ático de la mansión de Millbrook.

De este cuelgue psicodélico nació el multiculturalismo religioso, justo lo contrario del ecumenismo: todas las religiones eran «válidas» excepto la católica, de la que salvaban el misticismo y Jesús, protojipi revolucionario reconvertido en el Che Guevara de la teología de la liberación marxista, nacida en 1968.

Desde sus mismos inicios, este misticismo estrambótico, la meditación alucinada por las drogas y el mantra hindú fueron motivo de burla, lo que no impidió que los ashrams y sectas se impusieran globalmente y devolvieran el curanderismo en forma de medicinas alternativas, la religión como repliegue sobre sí mismo, Dios como panteísmo ecologista, el guru como chamán urbano de nuevas cultos y la comuna agrícola como alternativa a la familia burguesa. De esta empanadilla nació la secta satánica de Charles Manson que supuso el principio del fin.

Los protestantes fueron quienes mejor se adaptaron al todo a zen espiritual, mientras que los católicos apenas pudieron competir en aquél supermercado religioso gracias a la figura de Jesús, protagonista de óperas rock como «Jesucristo Superestar» y «Godspell».

El paso de la comuna a la secta místico-ascética fue inmediato. Desaparecieron las drogas, sustituidas por la obediencia ciega al maestro y la ritualización obsesiva de mantras y cánticos. Apenas habían transcurrido seis años desde que los Beatles beatificaron al Maharishi Mahesh Yogi cuando irrumpió el niño Guru Maharaj Ji, convertido en un fenómeno de masas tan deslumbrante como una estrella pop. «La fiebre del alma» conectó a miles de jipis y líderes contraculturales en el «kairós»: la experiencia mística. Inopinadamente, miles de jóvenes abandonaron las drogas por la palabra y conectaron con esa vibración divina que los enajenaba y los convertía en el vehículo del Guru Maharaj Ji, que al fin daba sentido a sus vidas.

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