Un caníbal se presenta al mundo

En septiembre, un joven ciclista belga, Eddy Merckx, ganaba el Mundial de carretera a otros favoritos, entre ellos, al español Ramón Sáez, Tarzán. Era su primera gran victoria y el punto de partida del mejor ciclista de la historia

  • De izquierda a derecha, Janssen, Eddy Merx, y el español Ramón Sáez, el podio del Mundial de 1967
    De izquierda a derecha, Janssen, Eddy Merx, y el español Ramón Sáez, el podio del Mundial de 1967

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28 de agosto de 2017. 00:34h

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José Aguado 28/8/2017

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Todos los veranos se acaban. Aunque parezca increíble al principio, cuando, en los largos días de junio, creemos que esta vez sí, ¡esta vez sí!, va a durar eternamente. Pero no, claro. También se terminó el verano de 1967 y puede que ese fin no llegase el 21 de septiembre. Quizá el clima de buenos sentimientos, de que era mejor llegar juntos todos a la meta, de que todo se podía compartir, llegó a su fin el 3 de septiembre.

Ese día lo recordó durante toda su vida Ramón Sáez: tuvo que elegir a quien perseguir en el esprint final y él escogió la rueda equivocada, la del ciclista que no tenía fuerzas para llevarle hasta la línea de meta. Si hubiese optado bien, entonces podría haber ganado el campeonato del mundo de ciclismo que se disputó a principio de septiembre de 1967. Pero Ramón Sáez, a quien por su corpulencia se le llamaba Tarzán, se equivocó de corredor a perseguir y solo fue bronce.

Seguramente en algunas noches de insomnio, Ramón imaginaría que elige bien, que gana esa carrera y que el resto de su vida, como campeón del mundo, es distinta. Su vida, pero también la del deporte y la forma de competir. Porque nada hubiese sido lo mismo si en ese Mundial, el Caníbal no hubiera vencido a Tarzán y al resto de los participantes.

Aunque entonces Eddy Merckx no era el Caníbal, sino un joven de 22 años que se iba a casar poco después, ambicioso, campeón del mundo amateur, ganador de una Milán-San Remo y una promesa seria del ciclismo. Era su segundo año como profesional y del grupo de los cinco que llegaron a la meta en ese campeonato del mundo no era el más favorito. El español Ramón Sáez parecía el más rápido o al menos el más fuerte, para algo se le llamaba Tarzán, y el holandés Jan Janssen se suponía el más preparado, tras haber ganado una etapa en el Tour y la Vuelta durante ese año. La juventud de Merckx, su inexperiencia, no jugaban a su favor. Pero ganó. Ya no dejaría de ganar. Y desde entonces, la mentalidad cambió.

Lo importante para Merckx no era participar, eso no era más que una frase de hippies que se habían quedado estancados en un verano, en unas vacaciones, y no conseguían dejarlas atrás. Cuentan que Eddy Merckx corría 250 kilómetros diarios, aunque fuese festivo, día de guardar, una tormenta inundase la carretera o el calor pegase los neumáticos al asfalto.

Había que entrenarse para vencer, porque lo importante, lo que de verdad da felicidad, es ganar: todo, a todas horas, en todos los momentos. El espíritu de la época importaba poco al joven Merckx, pues, si uno quiere ser recordado para siempre, tiene que ser el primero en la meta y llegar con la mayor ventaja posible con el resto de los participantes. Compartir está bien en esta vida, pero ganar es lo fundamental.

O por lo menos esa fue la manera de competir de Merckx, que, desde ese día de septiembre, no dejó ni las migajas. Si se hizo ciclista fue porque un día se jugó el futuro con su madre, se lo apostó a todo o nada: antes de una prueba a la que fue el adolescente Merckx, su madre le dijo que su profesión dependía de ganar o de perder. Si ganaba, sería ciclista profesional y toda la familia pelearía por ese sueño; pero si perdía, tendría que estudiar para ser profesor o abogado. Ganó, porque siempre ganaba.

Venció en el Mundial de 1967 y en el Giro el año siguiente y dos después, en 1969, conquistó el Tour, con casi 18 minutos de ventaja con el segundo, después de llevarse, además, seis etapas, liderar el premio de la Montaña y conquistar la clasificación por puntos y la combinada. «Los regalos se hacen en Navidad y no durante una carrera», decía cuando le preguntaban por su forma de competir. Fue campeón en cinco Tours, en cinco Giros, una Vuelta y en dos Mundiales más después del de 1967.

Eso es lo seguro, lo que está datado, aunque las leyendas son casi más numerosas que sus éxitos. Dicen que en un Tour vio una pancarta al fondo, quizá una meta volante, un premio parcial en medio de la carreta y el instinto, como siempre, le lanzó hacia ella dejando atrás al pelotón, una vez más incapaz de seguirle. Pero cuando llegó, la pancarta no era parte de la organización de la carrera, sino del Partido Comunica francés.

Cuando se casó, poco después del Mundial del 67, al salir de la iglesia, los recién casados cruzaron por un arco hecho con ruedas de bicicleta por los invitados. Ése era su destino. Pasaron parte de su luna de miel en Las Palmas, donde Merckx preparaba la siguiente temporada. Ésa en la que el apodo Caníbal se pegó a su apellido para siempre. Según Merckx fue una niña, que al verlo pasar dejando atrás a los demás, le dijo a su padre: es un caníbal.

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