El holocausto del cura Martín Merino

El intento de asesinato de la reina Isabel II, que primero le llevó a la cárcel del Saladero, hizo que fuera perseguido hasta después de muerto

  • El cura Merino sacó un estilete de su sotana y se lo clavó a la reina en el costado derecho
    El cura Merino sacó un estilete de su sotana y se lo clavó a la reina en el costado derecho
José María Zavala, historiador. 

Tiempo de lectura 4 min.

25 de agosto de 2015. 20:57h

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Poco antes de las cuatro de la tarde del 7 de febrero de 1852, dos carruajes se detuvieron a las puertas del cementerio en plena llanura de Chamberí del antiguo Madrid. El abandono de este camposanto era tan lamentable, que se había convertido en un lugar tétrico, donde los hierbajos lo invadían todo y sólo unas flores brotaban medrosas de algunas tumbas. El apresuramiento y el profundo respeto con que los lacayos abrieron las portezuelas de los coches hicieron sospechar que los visitantes eran miembros de nobles familias, atraídos allí por un asunto de gran trascendencia. Al fondo se divisaban las altas cumbres del Guadarrama, cubiertas de nieve y coronadas de nubes.

El capellán se adelantó, entre una doble fila de sepultureros, a recibir a los recién llegados. Tres de aquellos visitantes llevaban insignias de autoridad; otro vestía de negro y luciente manteo de sacerdote, y calzaba zapatos de charol con hebillas de plata. Era un significado ministro de la Iglesia. Ninguno de aquellos hombres mostraba el menor gesto de aflicción, sino más bien de indiferencia y melancólica seriedad.

- Todo preparado

El capellán del cementerio, tras saludar respetuosamente al sacerdote, indicó a uno de los visitantes: «Todo está preparado, señor». El hombre que parecía tener más autoridad esbozó una sonrisa trémula y, con paso firme, hizo que le siguieran hasta el patio de la izquierda, junto a la fosa común, donde el capellán se detuvo. En el suelo había una caja vieja de madera, pobre, deshilachada, con una gran cruz pintada sobre la tapa. A su lado alguien había acumulado leña, en forma de pira, para que pudiese levantar una intensa hoguera. Varios enterradores se acercaron al ataúd y lo descubrieron. Los testigos, llenos de curiosidad, rodearon el cadáver. Se hallaba envuelto en una lúgubre túnica amarilla. Los pies estaban atados y las manos se perdían entre los pliegues de la ropa. La cabeza estaba cubierta por un birrete que casi le llegaba a las orejas. En el cuello eran palpables los signos de una brutal estrangulación, aunque no se hubiese desatado el ligero lazo que le unía la hopa.

De un simple vistazo podía deducirse que aquel cuerpo pertenecía a un hombre alto, delgado y de gran estructura ósea. El rostro, contraído por la desesperación de un doloroso espasmo, estaba salpicado de manchas de sangre y bilis. La nariz, muy saliente, parecía desafiante, mientras que la boca hendida tenía una inconfundible expresión de desdén, como si hubiera intentado pronunciar una terrible palabra de despedida. Varios sepultureros sacaron el cadáver de la caja, mientras otros prendían fuego a la leña, que no tardó en producir una espesa columna de humo y fuego. Arrojaron entonces el cadáver a la hoguera, y el fuego empezó a devorarlo.

- Polvo negruzco

Los testigos presenciaban a cierta distancia la cremación del cuerpo; uno de ellos emborronaba unas cuartillas, cuyo contenido debería trasladar luego a los pliegos de papel sellado. El auto de fe se prolongó más de dos horas. A las siete y veinte minutos, las cenizas, en las que se mezclaba el polvo negruzco del cadáver, se esparcieron en la fosa común.

¿Qué crimen tan horrible había cometido aquel hombre para merecer semejante castigo? ¿Por qué se le perseguía incluso después de muerto, negándose el respeto a sus inertes despojos en una nación católica como la española?

Previamente, al regicida y sacerdote Martín Merino y Gómez, que había intentado asesinar a la reina Isabel II el mismo día de la Purificación de la Virgen, el 2 de febrero, se le sometió al suplicio de la degradación. El ritual fue lento y humillante; se separó al reo de la comunión de la Iglesia para siempre. Se trataba del sombrío Anatema Maranata establecido por el cuarto Concilio de Toledo.

La degradación de Martín Merino se llevó a cabo en la cárcel del Saladero, que debía su nombre al antiguo saladero de tocino donde antes que hombres, se hacinaban cerdos. El obispo de Málaga, Juan Nepomuceno, acompañado de doce sacerdotes auxiliares, del juez de primera instancia Pedro Nolasco y del escribano de cámara Ucelay, empezó a rasparle a Martín Merino las yemas de los dedos con un cuchillo; luego, hizo lo mismo en los demás sitios del cuerpo donde le ungieron con los santos óleos durante su ordenación sacerdotal.

Finalmente, se quemaron todos sus libros y papeles personales para no dejar el menor rastro de su paso por la vida durante 63 años. Pero, aun así, no pudo evitarse que su nombre figure hoy en los manuales de Historia.

Un estilete en la sotana

El 2 de febrero de 1852 fue el día elegido para la primera salida de Isabel II tras el alumbramiento de la infanta Isabel, la Chata, el 20 de diciembre del año anterior. Aquel día, Martín Merino aprovechó un descuido en palacio para atentar contra la soberana. Vestido con hábito de sacerdote, atravesó resueltamente la muralla humana y suplicó a los alabarderos que le dejaran situarse en primera fila para entregar a la reina un memorial. Cuando ésta se acercó a recogerlo, el cura extrajo un estilete del interior de su sotana y asestó con él una fuerte puñalada a la monarca en el costado derecho, de donde brotó la sangre. Isabel II lanzó un grito de dolor: «¡Ay, que me han herido!», y se desplomó en el suelo. Tras el miedo y la confusión, se comprobó que la vida de la reina no corría peligro.

@JMZavalaOficial

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