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Los Juegos Olímpicos que nunca quiso ver

Puede que no tengan el drama o el atractivo de las deportivas, pero las olimpiadas científicas pueden cambiar el futuro. Y son más económicas

Juan Scaliter. 

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La cámara Gravity Research Facility de la NASA se encuentra en Ohio
La cámara Gravity Research Facility de la NASA se encuentra en Ohio

De acuerdo con «Forbes», los pasados Juegos Olímpicos, en Londres, costaron unos 10.000 millones de euros. Una cifra bastante por encima de los 7.000 que terminarán costando los de Río, pero nada comparable con los más de 40.000 que se gastaron en los juegos de invierno de Sochi, Rusia. Esto es casi diez veces el coste del LHC (el gran colisionador de hadrones), 4.600 millones de euros. El problema es que hay una sutil diferencia: las ganancias obtenidas en cada caso. Un reciente estudio realizado por Massimo Florio, de la Universidad de Milán, ha cuantificado los beneficios que ha dado hasta ahora el LHC. Sólo en conocimientos nuevos, Florio estima que la cifra ronda los 230 millones de euros; en avances tecnológicos (como mejoras en software o en seguridad informática), la cifra aumenta a más de 5.300 millones, lo mismo que en formación de expertos y la mitad de lo conseguido a través de las vistas de turistas y otros vínculos culturales. En total, y sin contar «spinoffs» del CERN como la World Wide Web, la captura de antimateria, avances en paneles solares o en medicina nuclear. En total, el CERN ha generado más dinero del que se ha gastado en los JJ OO de Londres, con menos de la mitad de lo invertido. Y en cuanto a inversión en las instalaciones, hay una notable ventaja: al contrario de lo que ocurre con muchos de los edificios y emplazamientos levantados para el evento deportivo, los laboratorios no dejarán de usarse.

El problema es que unas olimpiadas científicas no tendrían jamás el drama, el espectáculo y el colorido que tienen tanto los juegos de verano como los de invierno. ¿O sí? Si se invierte lo mismo que en los juegos convencionales, probablemente la respuesta sea afirmativa. Un ejemplo podría ser la construcción de una cámara que simule las condiciones de gravedad cero, como la del Zero Gravity Research Facility de la NASA, en Ohio. En una instalación similar se podrían hacer realizar «carreras» que fuercen a los atletas a recuperar la orientación tras un accidente en el espacio (como en la película «Gravity»). Cuando la NASA y la ESA envíen drones a Europa, la luna de Júpiter, deberán sumergirse bajo una capa de hielo en un océano desconocido y ser controlados a distancia y sin verlos. Para las olimpiadas científicas se podrían construir laboratorios que recreen las heladas condiciones de Europa y probar las habilidades de conducción de drones. También se podría hacer el Desafío MacGyver: crear, con los materiales disponibles en zonas con pocos recursos, soluciones imprescindibles, como sistemas de potabilización de agua o tecnologías para energías renovables o limpiar, en el menor tiempo posible, áreas contaminadas por bacterias o metales pesados. Lo mejor de todo esto es que las instalaciones quedarían en el país, lo que contribuiría a su desarrollo, y se crearía un mecanismo que ahora mismo no existe y es indispensable: la búsqueda de jóvenes talentos científicos.

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