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La moda nos desviste

«Los podemitas deberían acicalarse más y así se les tomaría más en serio»

  • Carmen Lomana, con Beatrice von Hardenberg
    Carmen Lomana, con Beatrice von Hardenberg
  • En el madrileño restaurante La Verónica
    En el madrileño restaurante La Verónica
  • En la terraza del restaurante La Verónica
    En la terraza del restaurante La Verónica
  • Tomando una copa con Antonio Gutiérrez Marcet
    Tomando una copa con Antonio Gutiérrez Marcet
Carmen Lomana. 

Tiempo de lectura 4 min.

17 de junio de 2017. 16:28h

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Carmen Lomana.  17/6/2017

Siempre he sido de la opinión de que la ropa no nos viste, sino que más bien nos desviste. Es tu carta de presentación ante los demás y dice más de ti que muchas palabras. Es una forma de explorar en la vida sin perder detalle, para más tarde mostrar lo más profundo de tu estado de ánimo, de tu capacidad de elegir, porque la palabra elegancia proviene exactamente del acto de elegir. Elegancia es precisamente ese arte de seleccionar bien nuestras acciones. Ética y elegancia son, en mi opinión, sinónimos. Podríamos hablar de la elegancia de la conducta o el arte de preferir lo preferible. Balzac es el autor de una cita que me gusta mucho: «Elegancia es la ciencia de no hacer nada igual que los demás, pareciendo que se hace todo de la misma manera que ellos». El vocablo tiene, además, la ventaja complementaria, por no se qué causa, de irritar a cierta gente, que da la casualidad son las mismas que por muchas otras razones uno no estimaba.

¿Qué es ser elegante? Es una actitud para disfrutar de la vida bajo el prisma de la belleza. Siempre he pensado que un vestido es un documento en sí mismo. Ayuda a contextualizar a quien lo lleva, el tiempo en que vive o la posición social a la que pertenece. Es un producto de estudio sociológico en sí mismo. También supone un gesto de delicadeza saber vestirse para cada ocasión. Se puede ser educado, generoso, sensible, pero para ser elegante se requiere un cierto componente hedonista. Apreciar la belleza y apreciarse estéticamente a uno mismo y a aquello de lo que nos rodeamos. Tenemos que dedicar un tiempo a nuestro cuidado personal, no tanto por lo que piensen los demás, sino por propia satisfacción. La elegancia se tiene desde que se nace y luego se va depurando ligada a muchas facetas de nuestra personalidad que no solo están centradas en la indumentaria. Hay gente que me considera políticamente incorrecta, algo pija y muchas cosas más, pero yo vivo absolutamente desacomplejada. Asistimos a tiempos confusos donde el presidente de una multinacional anda en chanclas por la oficina o en el parqué de la Bolsa.

Hay otro tipo de elegancia, que es la ligada a la genética y, por tanto, tiene que ver con aspectos físicos como la estructura ósea y la estatura. Hay personas en las que percibimos al instante que poseen algo especial. Se distinguen de la masa, poseen un sello personal que seduce por su forma de moverse, andar, mirar... y nada tiene que ver con la belleza, pero que cuando entran en un lugar destacan por encima de la media.

Yo he tenido la suerte de vivir desde pequeña en un ambiente elegante y con unos padres elegantísimos. Mi madre me enseñaba desde muy niña lo que estaba bien o lo que era inviable. Ella era el espejo en el que mirarme. Mi padre fue un hombre de una elegancia impresionante al que le encantaba la ropa. En casa viví con unos absolutos «fashionistas». Nunca les vi desarreglados ni en pijama. Mi madre se maquillaba todos los días y, al igual que mi padre, salían del cuarto de baño y de su dormitorio impecables. Eran dos animales sociales. Siempre estaban organizando planes divertidos con sus amigos. Salían todos los días y a mí me encantaba observarles. Les admiraba profundamente. Todo esto, sin duda, «imprime carácter». Cuando veo a esta clase emergente de políticos podemitas me gustaría decirles que, por favor, aprendan a vestirse porque no tienen ni idea. No se puede ir con los zapatos llenos de arañazos, los calcetines caídos y los pantalones arrugados. Deberían acicalarse un poco más y hasta así se les tomaría más en serio.

Y no les voy a recomendar nada para estos adelantados calores veraniegos, simplemente disfruténlos. Personalmente me encantan. Será mi alma cubana heredada de mis abuelos maternos por lo que me siento divinamente a pesar de los 40 grados.

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