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Fabre rules

  • Escena de una de sus obras
    Escena de una de sus obras / Wonge Bergma
Marta. M. Reca.  Sevilla.

Tiempo de lectura 4 min.

28 de octubre de 2017. 20:40h

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Marta. M. Reca.  Sevilla. 28/10/2017

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Las leyes de Jan Fabre son claras y una rige sobre todas ellas: la provocación. Su reconocible estructura cíclica –monólogos frente al público, acciones paralelas en las que obliga al espectador a elegir dónde posa su atención, momentos de aparente descontrol y la extenuación física de sus bailarines/actores– se instaló de nuevo en la noche del viernes en el teatro Central. Desde que arrancó la autopsia de la sociedad belga que supone “Belgian rules”, el recuerdo de las 24 horas de Monte Olimpo, su anterior paso por Sevilla, estuvo presente. Muchos rostros de su compañía eran familiares para el patio de butacas, muchas situaciones de las representadas evocaban a aquel maratón de tragedias griegas. Pero la tragedia estuvo en la confirmación de que en “la cabina de mando y el váter de Europa” (sic) conviven las mismas miserias que en el resto de la UE, del mundo.

La explicación del origen de la bandera nacional, con tres personas desenterrándose de cenizas, patatas fritas y ladrillos (negro, amarillo, rojo), abrió la historia de los no nacionalismos que Fabre quiso estrenar en España en su teatro fetiche. En ella disecciona a sus compatriotas con poderosas imágenes –cuerpos inertes arrastrados, botafumeiros ligados al sexo, un cerdo-hombre desnudo guiando a una mujer ciega– y con el humor absurdo –una gigantesca paloma reclamando sus derechos como colaboradora histórica para la paz, “¿qué han hecho los gatos para merecer ser tratados como mascotas honradas?”, se pregunta entre cucurrucucús lastimeros–. Diferentes personajes –el erizo tiene un gran protagonismo–exponen sus vivencias exhibiendo la contradicción constante de una sociedad que “declara la guerra a la guerra” mientras el negocio armamentístico levanta la economía del país. Las leyes belgas –belgium rules– son una conjunción de prohibiciones, obligaciones y posibilidades abiertas. Una formación con aroma militar las enumera repetitivamente en voz alta, sin dejar nunca de cumplir la pauta de ejercicios que acaba con los bailarines rendidos físicamente. Y el público se remueve en el asiento con ellos en las tres series de veinte minutos –parecieran horas– que se ve obligado a seguir. Prohibiciones como no tener más de un consolador en casa, no irritar a cerdos, gallinas y políticos o hablar con un agente de policía a no ser que estés casado con uno culminan con el mítico “prohibido prohibir”, la ley número 36 que tampoco se cumple. Entre las obligaciones de este absurdo reflejo de país figuran besar el culo a la reina una vez al año o alimentar a los bebés con cerveza. Los “es posible” cierran el ciclo planteando un horizonte de mejora de la convivencia donde se puede no ser ilegal, que los políticos no mientan o decir no lo sé en vez de lo sé todo.

Son escenas que durante cuatro horas colapsan la atención, saltando del intimismo a la explicitación sexual, contagian su ritmo, obligando a un vaivén de sensaciones que culminan con una inacabable ovación. La conclusión última, ya con las banderas nacionales convertidas en la sábana blanca de la paz, es que pese a todo “es posible ser belga”. Ser Jan Fabre, sin embargo, solo es posible si se es Jan Fabre.

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