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Leer y soñar el paraíso

«Litoral» publica un número especial dedicado a las décadas gozosas de Torremolinos

  • John Lennon, con Michael Crawford, en 1966 en el aeropuerto de Málaga
    John Lennon, con Michael Crawford, en 1966 en el aeropuerto de Málaga
Pepe Lugo.  Sevilla.

Tiempo de lectura 4 min.

19 de septiembre de 2017. 20:59h

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Pepe Lugo.  Sevilla. 20/9/2017

En estos días de despedidas estivales aparece, como surgida de la última ola del mar, una de las más interesantes, lúcidas y sugestivas novedades editoriales. Capitaneada por el escritor y editor Alfredo Taján, llega la historia de la que quizás sea la postrera porción del paraíso que nos legaron los dioses y diosas legendarios para disfrutar y pecar sin remordimientos. «Torremolinos. De pueblo a mito», número especial de la revista «Litoral», reúne en sus páginas el universo que dio origen a ese espacio fundamental que la propaganda del último franquismo llamó «el diamante en bruto de la costa sur mediterránea». Y lo hace con la participación de, entre otras, las firmas de Salvador Moreno Peralta, Estrella de Diego, Antonio Rivero Taravillo, Silvia Grijalba, Francisco Reyero e Ignacio Peyró, quienes se asoman a esa sima singular que fue durante décadas el pueblo malagueño.

La edición, presentada ayer en la mítica Casa de los Navajas, se centra en el periodo comprendido entre 1930-1989, es decir, desde la llegada de los primeros ingleses hasta la toma de la localidad por los aires de la Movida. Hay que entender que no se trata de un ejercicio de nostalgia ni es tampoco una especie de guía de viajes o recuerdos. Es algo más sutil, pues digamos que de lo que aquí se habla es de un territorio indeterminado y mítico que tiene fronteras que se adelantan o retrasan según las versiones, pero asociado siempre a una idea de la libertad, del placer y del disfrute pleno. Si no supiéramos que Torremolinos está situado al sur de España, el lector podría pensar que se habla de una ciudad asentada sobre las costumbres más libertinas. La explicación es que su existencia, casi mágica, se parapeta tras una nube de humo de buen gusto en un país que disfruta alardeando de defender su zafiedad. Aquí hubo una carta blanca que utilizaron aristócratas, pintores, músicos, escritores, cineastas, viajeros, anticuarios, seductores, caníbales sexuales ambivalentes, empresarios, fotógrafos... Todo aquél que tenía intenciones de pasarlo bien fuera de las corrientes de la normalidad terminó viviendo una temporada por aquí sin que el poder pusiera sus zarpas sobre ellos.

Son los «nómadas de lujo» a los que se refiere Taján en su interesante introducción al volumen. Las lista es interminable: Lord Willoughby, la princesa Soraya, John Lennon, Thomas Bernhard, Jean Cocteau, Luis Cernuda, Salvador Dalí, Frank Sinatra o Brigitte Bardot. Todos ellos y muchos más se sumaban a una tropa de extranjeros y nacionales anónimos que se acercaron hasta allí de una manera u otra para buscar el bálsamo que mejor les aliviara del tedio. Torremolinos fue un refugio, «un espacio de confluencias al que recalaron los nietos del Grand Tour del siglo XVIII y los hijos del Tour Romántico y decadentista del XIX». Todos se dejaron llevar por la especial seducción del paisaje y probaron los filtros que les ofrecían la bondad del clima y las oportunidades únicas ofrecidas por los dioses mundanos. Todos mezclados con un paisanaje original que, como ellos, tampoco se asombraba de nada. Como esos nobles ingleses que esperaban en albornoz a primera hora de la mañana, con la tranquilidad que otorga la buena educación, para utilizar un cuarto de baño común con el servicio. Allí era lo normal, todo se toleraba y las autoridades hacían la vista gorda gracias a las divisas que llegaban como un verdadero maná cuando nadie quería saber nada del régimen de Franco. Hay que recordar que el florecimiento llega cuando Europa permanece destruida por la II Guerra Mundial y mientras Tánger pierde su condición de ciudad libre internacional con su asimilación dentro del Reino de Marruecos. En 1971 se acabó parte de la fiesta con la gran redada, pero es cierto que conserva aún gran parte de esa magia que la convirtió a la ciudad en un referente mundial.

El libro es como un gran hotel donde el lector podrá encontrarse con las historias y los personajes que las protagonizan dentro de un constante asombro tanto por lo que se cuenta por cómo se cuenta, pues hay que reconocer la belleza de un ejemplar que desde la primera hasta la última de sus páginas destila buen gusto. Memorias, recuerdos en sepia, crónicas de sucesos de terciopelo y champán, atardeceres dorados. Cada uno de los que participan en él se asoma individualmente, como mirando desde el otro lado de la cerradura, a una habitación de este seductor alojamiento irreverentemente varado frente al mar.

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