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Maeztu: lo que se ha olvidado de España

Reeditan «Defensa de la Hispanidad», el libro tradicionalista que emocionó a Machado. Laurence Rees recoge la voz de los verdugos y las víctimas del Holocausto

La Razón
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Reeditan «Defensa de la Hispanidad», el libro tradicionalista que emocionó a Machado. Laurence Rees recoge la voz de los verdugos y las víctimas del Holocausto

a se ha convertido en un lugar común la frase de Joaquín María Bartrina con la que finaliza el repaso al sentimiento nacional inglés, francés y español. «Y si habla mal de España..., ¡es español!». No hay duda alguna de que el cinismo patrio está intacto pese a los siglos, las generaciones y los muertos que se han puesto sobre la mesa para tratar de llevarnos bien desde casi los primeros balbuceos trogloditas. España, o lo que se supone que es éste país, siempre ha tenido como sello odiar al vecino más próximo para engordar nuestro propio ego. Sólo tienen que ver la guerra de las banderas que se ha desatado en los últimos meses. En cualquier caso, los libros son los mejores compañeros, o no, para acabar con este tipo de diferencias y sobre todo como antídoto contra sentimientos excluyentes.

Llega desde la editorial Almuzara «Defensa de la Hispanidad», de Ramiro de Maeztu, que recoge los artículos publicados por el autor vitoriano entre 1932 y 1933 en la revista «Acción Española», que anteriormente se había llamado «Hispanidad». El tradicionalismo español es una de las posturas ideológicas con menor predicamento hasta el punto de que ha sido a lo largo de los años utilizado, alterado y olvidado por los distintos sistemas políticos desde finales del siglo XIX. Inspirado por Marcelino Menéndez Pelayo, la idea fuerza que mantiene este libro es que una nación no puede sustentarse si no reconoce el peso y el valor de su historia como nación. Sería entonces una nación huérfana dependiente de los vaivenes que marquen las líneas de pensamiento ligadas a los intereses de los países hegemónicos. Así lo defiende Maeztu en los convulsos años de la II República durante la que defendió una postura conservadora y monárquica que con la llegada de la Guerra Civil le costaría la vida. Su concepto de la Hispanidad, tomado de Zacarías de Vizcarra durante su etapa como diplomático en Argentina durante la Dictadura de Primo de Rivera, defiende el papel de la corona en tanto que la califica de «católica» por su vocación misionera en América. Mantiene el autor que los españoles no llevaron a cabo un expolio en las tierras conquistadas como sí realizaron ingleses y franceses, ya que trataron a los indios como iguales y les dotaron de los mismos derechos que los ciudadanos peninsulares. Esta tesis entronca con una de las que se pueden leer en el ya famoso «Imperiofobia y leyenda negra», de María Elvira Roca Barea.

Como integrante de la Generación del 98, su postura no se queda en una mera admiración, no está ensimismado frente a las viejas banderas empolvadas y arrumbadas. Al contrario, piensa Maeztu que el legado español presenta todas las características necesarias para encumbrar a España a la cima de las naciones más avanzadas. Y lo hace sin perder de vista a los hombres, como principales impulsadores y beneficiaros de este movimiento. «Defensa de la Hispanidad», que contó con el aplauso de gente tan dispar como Ortega y Gasset, Azorín, Antonio Machado, Gabriela Mistral o Josep Plá, es útil para desbrozar un poco más el panorama ideológico de los años treinta, donde la sociedad no se dividía en blancos y negros, sino que la gama de grises era mucho más amplia.

«El Holocausto. Las voces de las víctimas y los verdugos» (Crítica), de Laurence Rees, pone la mirada de nuevo en el que quizás sea el conflicto más importante al que se ha enfrentado el ser humano para encontrar respuestas a las causas, procesos y límites de su maldad frente a sus semejantes durante el exterminio del pueblo judío por los nazis. A partir de los años setenta, varias décadas después de la liberación de los campos, comenzaron los primeros intentos para introducirse en un tema tan traumático como éste con verdadera profundidad. El conflicto estaba aún latente, pues los verdugos y las víctimas que sobrevivieron estaban aún vivas. Durante 25 años, Rees se dedicó a realizar documentales y libros dedicados a la II Guerra Mundial y los nazis. Un trabajo que le permitió tomar testimonio de primera mano para poder llegar a unos puntos de partida iniciales. «El Holocausto es el crimen más infame en la historia del mundo. Debemos entender qué hizo posible esta obscenidad. Y el presente libro, que se basa no solo en los materiales de primera mano sino también en estudios recientes y documentos de la época, es mi intento de hacer precisamente eso». El autor se pregunta cómo pudo llevarse a cabo esta masacre y los límites para el terror que la especie humana puede romper en cualquier momento. Es interesante observar que una de las tesis que se mantienen es que el genocidio se convirtió en un proceso «normal» para la sociedad europea desde mediados de los años treinta. Cuando Hitler llega al poder en Alemania en 1933 comienza una persecución que en ningún caso se oculta, es más, se crean una leyes raciales que dan cobertura legal a la extinción de los ciudadanos judíos. Los mismos que primero comienzan a exiliarse de un país a otro conforme el conflicto se enquista y los mismos que abandonan las ciudades para acabar asesinados en las cámaras de gas. En paralelo, la sociedad alemana asiste como anestesiada a la normalización de las conductas nazis hasta el punto de las propias instalaciones dedicadas al exterminio son obviadas de la vida cotidiana. Nadie parece sobresaltarse al ver el humo de las chimeneas ni los trenes vacíos que antes llegaron cargados de personas.