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Me quiero separar de Cataluña

Tiempo de lectura 2 min.

20 de septiembre de 2017. 22:32h

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Hago esta declaración en un momento de mucha «inritación», que diría el maestro Curro Romero, pero sobre todo de un hartazgo insoportable. Ha llegado el momento en el que me da igual la ley, la razón, la cobardía, las medias tintas, incluso la verdad. Es como estar conviviendo con una pareja a la que todavía amas, pero con la que la convivencia se ha hecho imposible. De verdad, necesito olvidarme de que Cataluña existe durante una larga temporada. Mi egoísmo natural, casi mi supervivencia, me exigen un tratamiento de choque a base de «catalapril». Esto no es un «de repente», son años de un quejarse diario, de no acertar con ninguna oferta viable, de oír en todos los foros unos mismos argumentos a los que solo se les cambia un acento o una coma. En los últimos meses, en los últimos días, esto ha crecido más que el huracán Irma. He tenido conversaciones con un miembro destacado del empresariado catalán que me recordaba que desde siempre ha existido una parte importante del pueblo con unos claros deseos de ser una república independiente, que en estudios muy rigurosos realizados en los primeros años del siglo, se calculó que el 30% de la población tenía esa postura; que al no estar espoleada desde el poder de la Generalitat, este sentimiento se asomaba muy discretamente a la vida diaria; que al reconducirse la situación y ser los partidos mayoritarios los que se ponen al frente de la manifestación ,el crecimiento de los que quieren la independencia ha subido por lo menos 15 puntos; que por todo ello lo razonable sería que el Estado llegara a un acuerdo con todas las garantías para celebrar el referéndum, que todavía hoy se puede ganar a favor de la continuidad, lo que dejaría el independentismo fuera de combate por más de una década. En ese tiempo se podría llegar a acuerdos que dejara aparcado por mucho tiempo la pretendida desconexión. Aparte de la legalidad vigente, el argumento suena hasta cierto punto razonable, pero viendo la forma tan poco razonable que se ha empleado para sacar leyes fundamentales en el Parlament, se podría pensar que lo expuesto es la trampa saducea que emplean los más moderados para conseguir el mismo objetivo, el «adiós España de mis ex amores». Lo dicho, ya no puedo más. Adiós Cataluña, adiós.

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