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Neruda es la última novela de Edwards

El Cervantes recrea en su próximo libro la relación de su compatriota con su amante birmana.

El escritor Jorge Edwards, durante la charla en el San Francisco de Paula de Sevilla.
El escritor Jorge Edwards, durante la charla en el San Francisco de Paula de Sevilla.larazon

El Cervantes recrea en su próximo libro la relación de su compatriota con su amante birmana.

«Oh maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia, y habrás insultado el recuerdo de mi madre llamándola perra podrida y madre de perros...». El arranque del «Tango del viudo» –que recitó de memoria– agarró hace unos años en Jorge Edwards para construir una novela ya «emplatada» pero que solo ha tenido de momento dos lectores, sus hijos. Neruda y Josie Bliss, su enigmática amante birmana durante los años que el poeta ejerció como cónsul en aquel país, aguardan a que un editor los revista con tapa dura para convertirse en la publicación más reciente del Premio Cervantes. Pero de momento, ese honor lo ostenta «La última hermana», que ayer se presentó en Sevilla sin que su autor pronunciara una sola palabra sobre ella.

En un acto en el colegio privado San Francisco de Paula de Sevilla, Edwards trató de «disuadir» durante casi una hora a su joven auditorio de ejercer el oficio de escritor. «La vida literaria es muchas veces dura, solo gratificante para la vanidad», admitió para después confesar que optó por la carrera diplomática «porque pensaba que los diplomáticos eran inútiles y tendría tiempo para escribir poesía, leer...».

Tras soportar estoicamente un breve «incidente tecnológico» que provocó que Edwards admitiera su «analfabetismo» en esta parcela, relató sus inicios en la lectura y la escritura: la primera en casa de su abuelo paterno con una enciclopedia de 40 tomos que le legó a su muerte, cuando contaba con ocho años; la segunda con sus primeras publicaciones en la revista del colegio San Ignacio, animado por el santo jesuita Alberto Hurtado. «Comencé a escribir y a leer muy joven y sigo a mi avanzadísima edad, que no voy a confesar», bromeó. «Un periodista me preguntó en Chile el porqué escribo todavía. Me pareció una agresión. Le dije que escribo porque me da la gana. Lo haré hasta que tenga ganas y después me dedicaré a ver a los pajaritos».

Fanático de Unamuno, cercano a Fidel Castro en los primeros años de la Revolución cubana y con Cortázar, García Márquez, Donoso o Carlos Fuentes entre sus amistades, el escritor se aleja en esta ocasión de la temática familiar para ahondar en un amor que trastornó a su gran amigo. «He escrito una novela basada absolutamente en la poesía», señaló. Ante la perspectiva poco probable de viajar a Birmania para investigar sobre el terreno –«solo era un viaje muy largo y acompañado siempre es complicado»–, se imbuyó de libros del Oriente de los años 20, guías de viaje entresacadas del Rastro madrileño y, sobre todo, de la voz de Neruda, leyendo cada noche mientras duró la escritura un poema de «Residencia en la tierra». «No sé si se venderá mi libro, pero la aventura de escribirlo nadie me la quitará», aseguró con orgullo. Edwards insistió en que «no es necesario que todos sean escritores, pero la lectura es un consuelo en la vida y un placer extraordinario que se consigue con mucha facilidad, ni siquiera es necesario gastar dinero. No creo que un libro sirva para cambiar la sociedad, pero sí para unir la mente humana y eso es mucho». Al contrario que en aquel episodio televisivo de Umbral, el chileno acudió a Sevilla a hablar de su último libro y no lo hizo.

Fue el también escritor Fernando Iwasaki quien se encargó de resarcir a «La última hermana», editado por Acantilado, calificándolo como «una historia emocionante» que narra la vida de María Edwards, tía del autor, y quien dedicó parte de su vida en París a salvar a recién nacidos judíos de la barbarie nazi. Torturada por la Gestapo y posteriormente liberada, de regreso a su país su familia la recibió no como la heroína que era si no con reproches por su comportamiento. «Fue doblegada por los prejuicios de la sociedad», lamentó Iwasaki, que animó a los jóvenes a que «no desperdicien la oportunidad de cuando vivan en otros lugares, las cosas críticas y libres que descubran, incorporarlas a su sociedad». Antes de que el Premio Cervantes comenzara a hablar, les había conminado, a modo de advertencia: «Nunca olviden que un día como hoy vino la literatura en persona a hablar con ustedes».