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¡Cuidado con lo que regalas!

  • A escasos días para que lleguen los Reyes Magos,es mejor pensar dos veces qué regalar porque la historia de la literatura tiene uno y mil ejemplos de grandes regalos en apariencia que acabaron por arruinar vidas e incluso sagas enteras.

Maupassant, steinbeck, wilkie collins o hammett ya avisaron del peligro de regalar.
Maupassant, steinbeck, wilkie collins o hammett ya avisaron del peligro de regalar.
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Una de las historias más conmovedoras relacionadas con los Reyes Magos tiene al escritor O. Henry como protagonista. ¿Quién es O Henry? Sencillamente, uno de los padres del cuento norteamericano y una de las figuras más extrañas y extremas de la literatura universal. Su nombre, pseudónimo, por supuesto, o sus padres serían unos criminales, está sacado de un gato, un gato flaco, irascible y tremendo llamado Henry al que todos no paraban de gritar con un “¡Oh, Henry!” después de cada una de sus trastadas. En realidad, el escritor se llamaba William Sydney Porter y entre otras cosas huyó a Honduras tras ser acusado de desfalco y pasó tres años en la cárcel a su regreso a Estados Unidos. Allí comenzó a escribir cuentos para poder mantener a su hija mientras estaba preso y de allí surgió su historia más célebre, «El regalo de los Reyes Magos», «The gift of the Magi» en su versión original.

La historia nos presenta a una pareja de jóvenes enamorados que están sin blanca. Todo lo que tienen es un dólar y 87 centavos. No es mucho, la verdad, ni siquiera en 1901. Pero es Navidad y la pareja se ama y quieren hacer un sacrificio para que, por lo menos por un segundo, se olviden de las penas y miren el mundo con algo de belleza y esperanza. Ella, Delia, corre y le compra una cadena para la única pertenencia de valor de su marido, Jim, un reloj de oro heredado de su abuelo. A su vez, él corre a Broadway y le compra un juego de peinetas para sus largos y hermosos rizos rubios, la envidia y admiración de todo el barrio. Los dos están nerviosos antes de entregarse sus regalos, porque han tenido que sacrificar lo que más querían en este mundo para que el otro tuviese exactamente eso, lo que más querían en el mundo y no tenían. La cadena para el reloj le ha costado nada más ni nada menos que 20 dólares. ¿Cómo ha conseguido el dinero? Ha vendido sus largos y hermosos rizos rubios.

¿Cómo ha conseguido Jim el dinero? Ha tenido que empeñar su reloj de oro. «Los Reyes Magos eran muy sabios y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos», termina diciendo O Henry y no hay duda que tiene toda la razón.

Es tan difícil acertar hoy día con el regalo perfecto que a veces olvidamos que no existe, que ni siquiera el niño Jesús hizo nada con ese oro, incienso y mirra de los Reyes Magos. Seguramente quedaron en un armario hasta que ya no hubo más sitio y se tiraron a la basura, como pasa con la mayoría de regalos. Bueno, el oro quizá no, pero no hay ninguna anotación en el Nuevo Testamento de lo que hicieron con esos grandes y sabios regalos.

En la historia de la literatura hay grandes ejemplos de regalos, la mayoría sin mucha suerte. Que se lo digan al pobre Frodo, que cuando su tío Bilbo le regaló ese magnífico anillo no tenía ni idea de lo que se le venía encima, y le venía algo gordo, como se puede leer en «El señor de los anillos», de Tolkien. El propio Tolkien no creía en dar regalos, tal vez traumatizado por su propia historia moralista. ¿Cuál es la moraleja de la Tierra Media? «Por lo que más quieras, un regalo no es un tesoro, es una maldición».

Regalar joyas es particularmente fatídico, como en «La piedra lunar», de Wilkie Collins. A sus 18 años, Rachel Verinder recibe como regalo un fascinante diamante amarillo de origen indio. Antes de que se dé cuenta, ya se lo han robado, pero lo ha tenido lo suficiente como para cargar con la maldición que la joya lleva consigo. Por no hablar de «El collar», de Guy de Maupassant. Madame Loisel quiere ir elegante a la fiesta del año, así que convence a su marido que le compre un vestido nuevo para la ocasión. A duras penas pueden tenerse en pie, pero a veces hay que satisfacer los caprichos. Aún así, el vestido no es suficiente así que Madame Loisel pedirá a una amiga adinerada que le preste una joya y, por supuesto, la perderá. Lo que pasa aquí vuelve a avisarnos de que no es oro todo lo que reluce.

También hay regalos positivos, como las armas que dan a los niños en el «León, la bruja o el armario» y que les ayudan a salir con vida en aquel extaño universo paralelo de fantasía y animales heroicos y parlanchines. A Harry Potter también le regalan un buen número de gadgets interesantes, y a James Bond no es que se los regalan, pero él los utiliza como si lo fueran. Y por supuesto está el pavo, el gran pavo de «El cuento de Navidad» de Charles Dickens, que el viejo Scroodge regala cuando ya le han visitado los tres fantasmas y se ha librado de toda su amargura.

Aunque la gran mayoría de las veces, el regalo tiene encerrado dentro algo trágico. Y, sino, que se lo pregunten a «El halcón maltés», de Dashiell Hammett, ese gran objeto desconocido, lleno de joyas, que nunca llegó a su destinatario y que va arruinando vidas de generación en generación. O, por qué no, hablar del pobre Gismo, que se convierte en ese Gremlin por Navidad. Esa es la metáfora del regalo, puede parecer un peluche adorable, como Gismo, perodale tiempo y se convertirá en un monstruo.

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