viernes, 21 julio 2017
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Cataluña

No son muchos los libros de testimonios de protagonistas del entorno de Salvador Dalí. Se echa de menos la presencia de testimonios de primera mano y fidedignos sobre la vida del artista. Afortunadamente hay excepciones y una de ellas se llama «Calli i treballi. Recuperant Dalí», un libro de Joan Prat de los Mozos, con la colaboración de Dídac Moreno, editado por Edicions Cal·lígraf.

Prat de los Mozos fue el fisioterapeuta que cuidó del genio surrealista a partir de octubre de 1984, poco después de que Dalí hubiera escapado del fuego tras un controvertido incendio en el castillo de Púbol, su residencia aquellos días. Tras aquel suceso, se instaló en la Torre Galatea de Figueres y fue allí donde trabajó Prat de los Mozos por petición de Marià Lorca, el entonces alcalde de la localidad ampurdanesa.

El libro, escrito con mucho amor y respeto hacia el célebre paciente, nos descubre a un Dalí difícil en el trato, pero que poco a poco va cediendo hasta convertirse en amigo del terapeuta. Gracias especialmente al apoyo de Artur Caminada, el mayordomo de Dalí, Prat de los Mozos fue convirtiéndose en un buen aliado de un artista seriamente enfermo, pero todavía con ganas de vivir y contar cosas. «Calli i treballi» se convirtió en la frase y orden daliniana que escuchó el especialista cada vez que tenía que tratar al genio.

El volumen contiene numerosas confesiones de Salvador Dalí que reflejan la manera de pensar del artista, pero que también aporta nueva información biográfica de valor. Prat de los Mozos reproduce algunos de estos diálogos con gran naturalidad, reflejando el pensamiento y expresiones del controvertido nombre.

Dalí no era muy reacio a hablar de su pasado, pero con el terapeuta derribó ese muro con apuntes jugosos. Uno de ellos, es el referido a Federico García Lorca, el gran amigo de juventud del artista. Es 1985 y el nombre de Lorca sale a la luz mientras se preparan actividades a pocos meses de la conmemoración del cincuentenario de su asesinato. Al nombrar al autor de «Romancero gitano», Dalí recuerda su homosexualidad y decide contarle a él y a las enfermeras que lo cuidan cómo fue aquello. Por primera vez, en contra de lo que se había dicho hasta ahora, Dalí admitía que fue hubo relación sexual entre ellos. Cuando Prat de los Mozos le interrogó si le gustó, Dalí replicó: «¡Esto es una mierda! Todavía me duele».

El creador de los relojes blandos también aseguró a su terapeuta que fue un buen amigo de Marilyn Monroe y que llegó a verse con la actriz el día antes de que ella muriera en extrañas circunstancias. En esta ocasión, al pedirle más detalles de aquel encuentro, Prat de los Mozos no recibió ningún tipo de respuesta. Cabe decir que parece muy improbable que Dalí y Marilyn se vieran en ese momento, algo que no aparece documentado en ninguno de los estudios sobre los últimos momentos de la rubia platino.

Dalí surge en este libro muy divertido y travieso en sus declaraciones. «Calli i treballi» nos lo demuestra, especialmente mientras preparan una entrevista con el entonces vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra. El diálogo entre los dos personajes es impagable:

«– Quiero tener la mente muy despierta y estar muy descansado porque viene a visitarme Alfonso Guerra.

– No sufra– respondí.

– Seguro que ésta usted no la conoce. ¿Sabe que Guerra toma marihuana en pequeñas dosis porque es muy nervioso y la necesita para tranquilizarse?»

Las páginas relacionadas con la agonía y muerte de Salvador Dalí resultan emocionantes, al llevar la firma de una de las pocas personas que realmente lloró la muerte del artista. En todo ello, se nota la sinceridad de una persona que por fin ha dejado su testimonio.

Salvador Dalí
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