jueves, 08 diciembre 2016
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Madrid

Madrid / Operación Candy

El silencio del monstruo de Ciudad Lineal

  • Antonio Ortiz se negó a declarar en la primera sesión del juicio.

  • Frío y visiblemente desmejorado dos años después de su detención, llegó a la Audiencia «cabreado porque ya ha sido juzgado».

El presunto pederasta de Ciudad Lineal, Antonio Ortiz, durante el juicio
El presunto pederasta de Ciudad Lineal, Antonio Ortiz, durante el juicio

Quizás sea esa frialdad y nula empatía que le llevó a cometer el delito más repugnante que pueda existir –abusar sexualmente de niñas sin desarrollar– y ese modus operandi con el actuaba –las duchaba tras agredirlas– sea la que ahora le permite permanecer impasible ante una situación tan estresante para cualquier ser humano. Ni la presión mediática parece afectarle ni le impone un tribunal ni le intimida la bancada de público y periodistas en la sala. Antonio Ángel Ortiz Martínez, conocido como el supuesto «pederasta de Ciudad Lineal», permaneció ayer impertérrito durante la media hora escasa en la que pudimos verle, por primera vez, en directo.

Ayer dio comienzo la primera sesión de la vista oral que se celebra en la sala de vistas número 1 de la Audiencia Provincial de Madrid y lo hacía con su declaración. Sin embargo, el acusado se acogió a su derecho a no responder siquiera a las preguntas de su abogado. No prepararon ni un interrogatorio pactado, resignados, tal vez, a que las pruebas lo desmontarán todo.

Eran las 10:10 horas de ayer cuando Ortiz entró custodiado por dos policías nacionales que, ya sentado en Sala, le quitaron los grilletes. El individuo que mantuvo en jaque a la Brigada Provincial de Policía Judicial durante casi cinco meses –procesado ahora por cuatro agresiones sexuales a niñas de entre cinco y nueve años–, no es ni la sombra de lo que era y poco queda ya de ese chulo de barrio cuyo único pasatiempo conocido era hacer mancuernas e inyectarse anabolizantes. Para la ocasión eligió un chándal de algodón gris con capucha –que ya había lucido algún día durante el proceso de instrucción en Plaza Castilla–, unas zapatillas Adidas negras y una camiseta verde oscura. El pelo, mucho más corto de como lo llevaba el día de su detención –aquel genial 24 de septiembre de 2014– y bastante más descuidado físicamente. Se nota que a lo largo de estos dos años en la prisión de Herrera de la Mancha se ha visto obligado a dejar de tomar anabolizantes y su lustroso cuerpo se ha quedado reducido a una gran masa flácida. No fue hasta que la presidenta de la Sección Séptima de la Audiencia, María Luisa Aparicio –la misma que acaba de dictar sentencia sobre el «caso Madrid Arena»–, se dirigió a él, cuando al fin escuchamos su voz en tres escuetas frases.

«¿Sabe los hechos que se le imputan?», le preguntó la presidenta, tal y como marca el procedimiento. «Lo sé, señoría», contestó Ortiz. «¿Conoce las penas...?». «Las conozco», zanjó sin dejar de terminar la frase a la jueza. «No voy a contestar a ninguna pregunta», dijo el acusado con voz pausada. Ni siquiera lo hizo a su abogado, Cristóbal Sitjar, que sí manifestó a la entrada de la sede judicial lo «cabreado» que se encontraba su cliente, al considerarse ya juzgado. Pero lo cierto es que a él ni siquiera se le puede achacar una mirada displicente, un gesto de dudosa interpretación. Ortiz tuvo la capacidad de permanecer con un rictus inalterable, algo que llama la atención en una persona que lleva más de dos años encerrado en aislamiento y que, conocedor de que su libertad, depende de estos señores. Y es que, a pesar de que las Fiscalía pide para él 77 años de cárcel y una de las acusaciones particulares 146 años, el máximo que puede cumplir, según el artículo 76.1 del Código Penal, son 25, al no ser ninguno de los delitos que se le imputan superior a 20 años de prisión.

En cualquier caso, las cifras de este juicio marean. El expediente de este procedimiento está compuesto por 3.812 folios agrupados en 14 tomos. A lo largo de estos días pasarán por esta sala 1 de la Audiencia 97 testigos, en su mayoría policías, personal médico y psicólogos, aunque también lo harán familiares de las víctimas. Llama la atención también que sólo dos de las cuatro agredidas tengan representación legal en el procedimiento. Son la testigo protegido 3 (el caso del10 de abril de 2014) y la testigo protegido 4 (17 de junio del mismo año). Está previsto que el juicio quede visto para sentencia el próximo 15 de diciembre tras el derecho al acto voluntario de «última palabra» del acusado que, se prevé, seguirá optando por el silencio o se declarará inocente. Una afirmación que resultará aún más estridente tras el rosario de pruebas que se pondrán de manifiesto a lo largo de los próximos días. La triangulación de las llamadas sitúa su teléfono móvil en los lugares y a la hora de las agresiones con pocos metros de margen de error porque cometía la imprudencia de no apagarlos a tiempo. De hecho la segunda y cuarta menor escucharon su móvil mientras estuvieron con él.

ADN y otros vestigios

Una prueba indubitada es el ADN de la segunda víctima y el suyo en llamado «piso de los horrores» y en la ropa de la tercera y cuarta víctima. También hay declaraciones de su propia madre que le comprometen, ruedas de reconocimiento, descripciones de las niñas que hasta recuerdan su lugar abultado en la cara, los coches que vendía o tenía «bien guardado» (según sus propias palabras) tras los hechos –usó un Toyota Celica y un Picasso–, las benzociacepinas que suministraba a las niñas y que robaba a su última novia... Aunque a la Policía le costó dar con el tipo que llevaba meses atemorizando Madrid, una vez «mordido», todas las piezas del puzle encajaron. Fue un arduo y brillante trabajo del entonces llamado SAF dirigida por el veterano comisario José Luis Conde y del equipo creado ad hoc para resolver este caso bautizado «Candy». Los agentes asumieron el asunto casi como una cuestión personal y ahora esperan, como todos, que no haya sido un trabajo baldío.

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