jueves, 27 julio 2017
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Madrid

Salvador Amaya: «Me paseaba por el estudio cojeando y con el ojo guiñado»

  • Salvador Amaya. Escultor

El boceto de Salvador Amaya resultó ser el ganador del concurso celebrado por la Asociación pro Monumento a Blas de Lezo, una iniciativa que pretende homenajear al Teniente General de la Armada y que su heroica historia en Cartagena de Indias sea reconocida.

–¿Cuál es su método de trabajo?

–Cuando tengo que inmortalizar a un personaje histórico busco libros y documentos que puedan aportarme rasgos de su personalidad. Es muy importante conseguir involucrarse con el personaje, meterme en su piel y en su contexto histórico. De esa manera puedo interpretar en el barro gestos que le definan. Recuerdo que con Blas de Lezo paseaba por el estudio durante horas, cojeando y con el ojo guiñado. También escucho música de la época que de alguna manera me transporte a un momento determinado de la vida del personaje.

–¿En qué se ha inspirado?

–La batalla de Cartagena de Indias. Lo tuve claro. Blas de Lezo, mirando a la lejanía, viendo cómo el horizonte se tiñe de negro. Una enorme flota se aproxima a Cartagena, comandada por su viejo conocido Vermon. Lezo apenas cuenta con unos pocos hombres y 6 barcos. Tendrá que hundirlos para taponar la entrada a la bahía. Una decisión dura para alguien que considera su barco como su hogar. Aquellas decisiones rápidas no parecen importarle mucho; ha vencido todas y cada una de las batallas en las que ha participado y ésta no será la primera que pierda. Un punto de soberbia se apodera de él, frunce el ceño desafiante y espeta: «Aquí te espero Vermon».

–¿Cómo ha sido el proceso de modelado?

–Una vez que consideré terminada la escultura, le sacamos unos moldes de silicona y escayola. Esos moldes se llevan a la fundición y una vez limpios se reproduce, en fragmentos, la escultura en cera. Se rellena de arena refractaria, se vuelve a cubrir con los moldes iniciales y se mete en el horno para que la cera se derrita y deje el hueco para colar el bronce fundido. Es un proceso laborioso, pero fundamental. El barro es una materia temporal. Necesitamos de materiales como el bronce para poder perpetuar una obra de arte.

–¿Ha efectuado cambios de última hora?

–Siempre surgen cambios a medida que vas trabajando. Con Blas de Lezo tenía que ajustarme al rigor histórico en cuanto a uniformología. Mariela Beltrán, comisaria de la exposición «Blas de Lezo, el valor de «mediohombre», me proporcionó un informe completo de cómo era el uniforme de Teniente General del siglo XVIII. La moda de la época, afrancesada, era muy barroca. He cuidado hasta el más mínimo detalle. La elaboración de la casaca fue un trabajo complicado. Me facilitaron unos patrones (de sastre) para poder confeccionar los más de cuatro metros de tela que tiene de vuelo.

–¿Ha plasmado su estilo en la escultura?

–Nunca me he preocupado de fabricar un estilo. Me he dedicado a trabajar, a buscar la belleza y la estética en mis obras, a que los personajes que he creado tengan alma y puedan hablar al que les esté observando. Mi estilo y los comentarios sobre mi obra lo dejo en manos de los críticos. Por mi parte, sólo pretendo acercar el arte al gran público y qué mejor manera que con la escultura monumental.

–¿Qué le animó a presentarse al concurso?

–Poder representar a un personaje histórico me apasiona. Meterme en su piel y expresar mi visión de él es fascinante. El caso de Blas de Lezo es único. Un heróe olvidado, pero no uno cualquiera, éste es de los grandes. Si a eso añadimos que era tuerto, cojo y manco, el desafío es aún mayor.

–¿Hay diferencias con el boceto inicial que presentó?

–Hay muchas variaciones, pero la esencia es la misma. Es el mismo Blas de Lezo firme, autosuficiente, de mente brillante y de modales exquisitos, no obstante era un oficial de la Armada. El mismo Blas de Lezo que desafío a una flota como nunca antes había visto la historia naval y que ganó con astucia e ingenio una batalla que la lógica daría por perdida. Un Blas de Lezo valiente e impulsivo que consiguió vencer la arrogancia de un Imperio.

–¿Qué se siente cuando crea una escultura sobre una persona a la que admira?

–Es un orgullo y a la vez una gran responsabilidad, sobre todo. Por la seriedad del proyecto y por la ubicación elegida, no podía permitirme ningún fallo. Este monumento no implica solamente embellecer la ciudad, se ha querido enfatizar el carácter didáctico del mismo. La intención es que nadie, nunca más vuelva a preguntar «¿quien es Blas de Lezo?» y a la vez podamos ponerle en el sitio donde siempre debió estar, en los libros de Historia.

–¿Ha intentado plasmar rasgos de la personalidad de Blas de Lezo?

–Sobre los aspectos físicos, he de decir que sólo contamos con un retrato coetáneo a él. Es en el que me he basado para elaborar el retrato. A mi parecer, era un hombre atractivo para la época. He destacado la carga racial vasca que se adivina en su retrato. Sobre el porte que tenía, debía ser impactante. La dignidad con la que se sobrepuso a las mutilaciones debía darle una prestancia brutal. Aunque no he ocultado sus problemas físicos, lo que destaca en la escultura es la gallardía y brillantez de un militar que ha dedicado su vida a defender España.

Salvador Amaya
Salvador Amaya
Reuters
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