Alfonso USSÍA
Me lo impide mi anticuado concepto de la cortesía, señorita Valenciano. Cosas antiguas, sin importancia. Si usted y quien le escribe coincidieran en un vagón del Metro –improbable coincidencia–, y el que le escribe estuviera sentado y usted de pie, no tenga la menor duda de que quien le escribe le cedería el asiento. No confunda cortesía con machismo. Hasta don Pío Baroja, que no se quitaba la boina ni ante el Papa, escribió un acertado ensayo acerca de la pérdida de la cortesía, de la buena educación. Una característica de ustedes, los dirigentes socialistas, con las debidas excepciones, es la de estar muy mal educados. Ustedes pueden decir todo, y a ustedes no se les puede decir nada. El que ose y se atreva a ponerles los puntos sobre las íes es un fascista, un cavernícola y un machista. No se preocupe, señorita Valenciano, que no albergo intención alguna de comportarme como usted.
La señorita Elena Valenciano, secretaria de Política Internacional del PSOE –me figuro que por imperativo de la cuota–, se muestra hostil con la fealdad física. Un hombre educado jamás le dice a una mujer que es fea, pero una mujer mal educada sí es capaz de humillar a un hombre por su «aspecto físico desagradable». Curiosa inmunidad del feminismo virulento, metastásico. Para la señorita Valenciano, el obispo de San Sebastián monseñor Munilla, cuya única culpa ha sido la de anunciar una continua acción pastoral alejada de la política, los nacionalismos, las equidistancias y la buena disposición de estar más cerca de los que sufren que de los que hacen sufrir, no tiene amnistía. «Hasta su aspecto físico es desagradable, pero lo que no sabíamos es que Munilla es un obispo sin alma». Muy duras sus palabras, señorita Valenciano. Ignoro la escala de los gustos de la señorita Valenciano. Si el aspecto físico de Monseñor Munilla se le antoja desagradable, es de caridad y cortesía no hacer público semejante comentario. Si no fuera por mi anticuado sentido de la cortesía, quien escribe podría decir lo mismo de la señorita Valenciano, pero la educación me lo impide. Más grave es lo segundo, como apunta el profesor Rodríguez Braun. Manifestar que un obispo carece de alma, es decir, que es un desalmado, además de una injusta y gratuita grosería, es una ofensa que deja inmersa a quien la pronuncia en la más baja clase y vil ciudadanía. Insultar por insultar, herir por herir. De Setién y Uriarte nada ha dicho la señorita Valenciano en treinta años. Parece ser que el gran defecto que vulnera el equilibrio de la señorita es que monseñor Munilla es un obispo humilde y pacífico que cree en Dios. Lo del aspecto físico desagradable es, simplemente, una innecesaria bofetada. A mí, el aspecto físico de monseñor Munilla no me parece desagradable, y no tengo nada de trucha. No es Gary Cooper, pero tampoco le hace falta. Ser obispo y ser guapo es un inconveniente más que una ventaja. Ser política y fea, además de bajita, tampoco es una tragedia, y no interprete la señorita Valenciano que pretendo decir que ella es la fea y la bajita, porque mi concepto de la cortesía anticuada me lo impediría. Me basta y me sobra decirle, eso sí, que es injusta, sectaria, irrespetuosa, clasista y grosera.