CRÍTICA DE CINE / «Scott Pilgrim contra el mundo»: Un espectáculo de otro nivel

Director: Edgar Wright.Guión: M. Bacall y E. Wrigth a partir de las novelas gráficas de B. Lee O’Malley. Intérpretes: Michael Cera, Mary Elizabeth Winstead. USA/GB/Canadá, 10. Duración: 112 min. Acción.

 
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LO MEJOR: El humor de un filme que nunca oculta lo que es: un energético híbrido entre cómic y videojuego
11 Noviembre 10 - - C. L. LOBO

Scott Pilgrim es un veinteañero desgarbado y friki al que educaron  de aquella manera la consola y los tebeos. Novela gráfica de culto concebida por Bryan Lee O’Malley, este ramillete de historias sobre el intrépido canadiense  habla, resumiendo, de una generación acostumbrada a pasar de nivel, a los bonus extras, a las viñetas de colores chocantes y los saltos imposibles frente a la pantalla. De ahí que la adaptación de Edgar Wright (autor de la estimulante y divertida «Zombies party») resulte poco menos que impecable: lo único que le faltaba a Scott, que sueña con triunfar en el mundo de la música junto a un grupo delirante mientras su compañero de piso, homosexual y pragmático, se ríe un poco de todos ellos, era  sentir una súbita pasión por una chica  extraña que cada día cambia el tinte de su pelo. Los potentísimos títulos de crédito dan paso al festín visual: con una puesta en escena marcada por el cómic y los videojuegos (incluidos guiños a títulos clave, como los que protagonizan los muñecos Lego, con esos cuerpos que se transforman en monedas al ser abatidos), el realizador no escatima medios (utilización de la pantalla partida,  onomatopeyas, escenas de lucha típicas del cine oriental y la influencia decisiva del manga/anime, lo que provoca que incluso el filme recuerde aquel alegre y heterodoxo batiburrilo que fue «Kill Bill»), los superhéroes de la película no parecen de goma ni imbatibles, aunque tampoco los villanos resultan un derroche de perfección. Por ejemplo, el rubísimo y pérfido Tod el vegano. Pero no nos engañemos:  la cinta se trata, al cabo, de una comedia romántica postmoderna de ritmo desquiciante y desquiciado. Bien sabe Wright que está tratando con un público que sin velocidad entiende malamente la vida. Todo debe ir siempre más rápido, aunque, al final, siempre se acaba terminando la partida.

 
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