Los norteamericanos que Stalin asesinó
El libro «Los olvidados», de Tim Tzouliadis, descubre la historia de miles de emigrantes norteamericanos en el reino de terror de Stalin. La mayoría buscaron el paraíso socialista en su huida de la Gran Depresión y encontraron el infierno del Gulag.
El terror del Terror. Inagotable. Así reza un pasaje cuantitativo de «Koba el temible», de Martin Amis: «Cifras. Aunque añadiéramos las bajas totales de la Segunda Guerra Mundial (40-50 millones) a las del Holocausto (alrededor de 6 millones), parece que el bolchevismo podría superarlas». Inagotable. Queda mucho por contar, y una de las perspectivas más desconocidas es a la que se asoma el periodista greco-británico Tim Tzouliadis en «Los olvidados» (Editorial Debate), que lleva por subtítulo «Una tragedia americana en la Rusia de Stalin». Premiado con el Longman-History Today, este ensayo nace en la depauperada América de la Gran Depresión, donde millones de trabajadores en paro hacían cola en los comedores sociales. La mirada de muchos de ellos se posó en la entonces atractiva Unión Soviética.
«Rojos» y parados
El libro recorre ese desconocido éxodo («fue la inmigración menos publicitada de la historia norteamericana») que acabó, como todo en la «stalinschina», convertido en pesadilla. «Sólo en los ocho primeros meses de 1931, Amtog –la agencia comercial soviética con sede en Nueva York– recibió más de cien mil solicitudes de estadounidenses para emigrar a la URSS. Así de abrumadora fue la respuesta a sus anuncios de prensa que ofrecían seis mil empleos para trabajadores cualificados en Rusia», explica el volumen. Mineros y obreros especializados buscaron la tierra prometida junto a barberos, farmacéuticos, vendedores, administrativos... «y un empresario de pompas fúnebres». La historia de los emigrantes americanos corre pareja a la de la «fordialización» de la URSS, como definía el aparato político la admiración de Stalin por el sistema de producción del emporio del «capitalista» Henry Ford. Del acuerdo entre ambos y la instalación de fábricas en Rusia surgen historias como la de Robert Robinson, el trabajador negro que se convirtió en ejemplo para los «aparatchik» y llegó a ser propuesto para el Soviet de Moscú; o la del joven Victor Herman, hijo de obrero y as del paracaidismo al que la prensa soviética adoptó como icono con el apodo «el Lindbergh de Rusia». Ambos acabaron descubriendo el lado tenebroso del edén.
Las dificultades comenzaron desde el principio. «La broma de los primeros estadounidenses que llegaron –“Trabajadores del mundo, uníos y después dividíos en 17 categorías”– no les hacía ninguna gracia a los bolcheviques», ilustra el autor a cuenta de los diferentes tipos de tiendas de comestibles a los que tenía acceso la población según su posición en la jerarquía socio-política. Pero lo peor, recuerda Tzouliadis, comenzó en 1934, tras el asesinato de Kirov. Las detenciones de la NKVD, la policía política, las torturas y las ejecuciones se multiplicaron por miles. «Matad sin seleccionar... Un cierto número de inocentes será aniquilado también», ordenó por escrito el temible Yezhov.
Por aceptar un traje
En ese ambiente «orwelliano», los extranjeros no se libraron: el violinista Arthur Talent fue fusilado con 21 años en 1938 tras confesar con torturas que era un espía. Su delito: aceptar un traje que le trajo otro estadounidense. Lovett Fort-Whiteman «desapareció poco después de solicitar permiso para regresar a EE UU». Denunciado por «contrarrevolucionario», fue «detenido y enviado a un campo de “trabajo correccional” en Kazajstán». Allí murió de hambre en 1939. «La simpatía por la causa soviética no era ninguna garantía de seguridad. Más bien despertaba sospechas», recuerda el autor. Nombres como el de Henry Maiwin se unen a la lista negra de esta historia. «A lo largo de 1937 y 1938, estadounidenses como Victor Herman empezaron a desaparecer uno tras otro. Muchos de los detenidos fueron ejecutados poco después, muchas veces junto a los padres que los habían llevado a la URSS. Después de ser denunciados, los jugadores de béisbol de Boston Arthur Abolin y su hermano menor Carl fueron detenidos y ejecutados con su padre James Abolin, en 1938. Su madre murió después en un campo de concentración». Stalin no respetó fronteras ni diplomacia. «Acechando frente a las puertas de la embajada, los agentes del NKVD esperaban a que salieran los inmigrantes. Muchos ciudadanos estadounidenses fueron detenidos de este modo, en la acera, a pocos metros de la embajada». Solicitar un pasaporte o visitar a un amigo eran atajos para acabar en la temida Lubianka. El papel del Gobierno norteamericano fue decepcionante. La inexperiencia y credulidad del embajador Joseph Davies se alió con la mala estrella de sus compatriotas. La visita del vicepresidente Henry Wallace en 1944 al campo de Kolimá, convertida en una farsa, y el apoyo de EE UU a la URSS frente a la invasión nazi poco ayudaron. Voces de supervivientes como Thomas Sgovio, jóvenes que conocieron el horror del Gulag en primera persona, refuerzan un libro que supone una mirada inédita al horror. «Entre los millones de víctimas de Stalin, los inmigrantes norteamericanos apenas constituían un pequeño azulejo de un vasto mosaico de sufrimientos. Y de los miles que dejaron EE UU a principios de los 30, sólo un puñado regresó a su país», resume el autor.
Ciudadanos «capturados»
Los inmigrantes de EE UU se instalaron en su nueva patria, fundaron pequeñas comunidades por toda la URSS, formaron asociaciones, llevaron a sus hijos a colegios angloamericanos, practicaron sus deportes los domingos e incluso crearon un periódico, el «Moscow News», convertido para el autor en una fuente básica de investigación. Su influencia fue tal que en 1932 el Consejo Supremo de Cultura Soviética anunció que el béisbol sería «deporte nacional» en la URSS. Pronto se encontraron convertidos en «estadounidenses capturados», según el eufemismo oficioso de la prensa extranjera en Moscú: se les confiscaban los pasaportes e incluso se los convertía en ciudadanos soviéticos contra su voluntad.















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