Desmontando el 15-M
Los «indignados» han contado con la complicidad del Gobierno, pero al final han mostradosu lado más violento. ¿Qué hay detrás de este movimiento?
Empecemos por el manifiesto de los «indignados». Para entender el origen del 15-M y su conversión en violenta algarada antisistema, nada mejor que recurrir a las fuentes de donde ha brotado el movimiento generador: el Manifiesto «¡Democracia Real Ya!».
Lo primero que llama la atención son las pretensiones apolíticas de los redactores, algo que se compadece mal con un texto anticapitalista y revolucionario, disimulado bajo un ropaje textual ingenuo.
Lo segundo es la abstracción terminológica cuando se cita al Gobierno y los políticos para captar al mayor número de descontentos de cualquier ideología, llegando a utilizar el acrónimo PPSOE.
Lo tercero es el tinte totalitario del manifiesto arengando a ser actores de una «movilización colectiva» contra «la dictadura partitocrática», reivindicando la necesidad de una Revolución Ética que abola los abusos del mercado y la tiranía del dinero.
«Nos habéis quitado demasiado, ahora lo queremos todo» es el eslogan de Juventud sin Futuro. ¿Todo?
¿NIETOS DEL 68?
¿Cuál es el libro de cabecera de los indignados? El panfleto de Stéphane Hessel del que han tomado el nombre: «¡Indignaos!». Su relación con mayo del 68 es pues lejana. No está entre sus lecturas «La sociedad del espectáculo», de Guy Debord, porque los «indignados» del 15-M viven en esa sociedad espectacular que denunciaban los situacionistas como parte de la representación mediática. «En el espectáculo –escribe Debord–, una parte del mundo se representa ante el mundo, apareciendo como algo superior al mundo».
Este ensayo es intelectualmente más abstruso que el panfleto de Hessel, por lo que el nieto «ni-ni» del 15-M no enlazaría con el «abuelo Cebolleta» de la revolución de mayo del 68, sino con el bisabuelo de la Resistencia contra el nazismo.
¿Y qué les propone este viejo resistente a su bisnieto quejicoso con esta democracia imperfecta? La lucha por sus ideales de forma pacífica, aunque «cuando el pueblo está ocupado por fuerzas inmensamente superiores, la reacción popular no puede ser totalmente pacífica».
¿Y cuáles son esas fuerzas de ocupación que amenazan la democracia? Los políticos que «han usurpado al pueblo», «la dictadura de los mercados financieros» y los medios de comunicación de masas que no propongan «el desprecio hacia los más débiles y hacia la cultura, la amnesia generalizada y la competición excesiva de todos contra todos». Las recetas del comunismo más rancio.
De ahí el odio a la prensa libre de los «perroflautas» de Sol, insultando y golpeando a cuantos periodistas de cadenas poco amigas que trataban de informar, tildándolos de manipuladores.
LA NO VIOLENCIA
Los jóvenes contraculturales de la no violencia fluctuaban entre dos actitudes contrapuestas: pacifistas en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam y violencia contra las fuerzas represoras en cuanto la policía cargaba contra ellas.
Hoy, el esquema acción-reacción se repite como un clásico de la «agitprop» socialista, bien ensayada por los movimientos asamblearios: los acampados rechazan la violencia de los extremistas, pero se solidarizan con ellos cuando son golpeados o detenidos.
De aquella «agitprop» socialista apenas ha quedado un pacifismo sectario contra la guerra de Irak, pero no contra Afganistán ni Libia. Los socialistas vieron con buenos ojos la desobediencia civil siempre que fuera contra la derecha y el PP, pero nunca contra la barbarie de ETA y las dictaduras de la izquierda bananera.
El pacifismo sesentayochista de trostskistas, maoístas y comunistas pretendía derribar violentamente el sistema mediante la revolución. Surgieron espontáneamente líderes, carteles revolucionarios y creativos eslóganes que inmortalizaron los muros de La Sorbona y ceniceros para turistas.
Los del 15-M quieren trabajar y reivindican el anonimato, como el grupo Anonymous, y su mayor logro ha sido el gabinete de comunicación de Sol y sus portavoces autorizados, que se han burlado de los periodistas suministrándoles sus consignas.
Frente al «Seamos realistas, pidamos lo imposible», hoy se opone el prosaico «No hay pan para tanto chorizo» de los acampados en las favelas de Sol.
Lacan reconvino a los estudiantes de mayo del 68: «Buscáis un amo y lo vais a encontrar».
¿Qué buscan los del 15-M? «El derecho a la vivienda, al trabajo, a la cultura, a la salud, a la educación, a la participación política, al libre desarrollo personal, y derecho al consumo de los bienes necesarios para una vida sana y feliz». Ya tienen amo.
LA VIDA ALTERNATIVA
Los del 15-M no ansían una vida alternativa ni formas nuevas de convivencia. No así los jipis, que luchaban contra la «tolerancia represiva» y ansiaban volver a «las raíces», fundar una comuna en el campo y hacer la revolución sexual entre hortalizas. Ecos lejanos que apenas vislumbran en las acampadas sus abuelos, que, a finales del franquismo, soñaban con fundar una comuna agraria y alucinar con las drogas psicoactivas ante una puesta de sol ibicenca mientras sonaba Pink Floyd.
Sin embargo, sí existe un hilo rojo que conecta la contracultura revolucionaria con los grupos antiglobalización, artífices de las algaradas de las cumbres mundiales: el grupo ATTAC, los ateneos anarquistas, la «kale borroka» de las falanges etarras y los antisistema.
De especial relevancia son el movimiento okupa de Barcelona, gracias al ex conseller de Interior, Joan Saura, responsable del auge de Barcelona como destino «borroka» europeo. Y de la violencia ejercida en las universidades por los estudiantes contra intelectuales y políticos, que el rector consiente y las autoridades toleran.
Tolerancia causante de la paulatina batasunización de la «Spanish Revolution», según la acertada adjetivación de Arcadi Espada, y el contagio de la violencia Jarrai al resto de España. Que el movimiento 15-M y demás pacifistas se quejen de que no los representan y se solidaricen a continuación con los detenidos es el clásico doble juego del pacifismo violento de la izquierda.
LAS REDES SOCIALES
La importancia de las redes sociales en las acampadas resulta imprescindible para la rápida concentración de miles de personas en ámbitos urbanos, como hace siete años fueron los sms del 11-M. Además de tuitear y convocar manifestaciones, los 15-M también utilizan las performancias anticapitalistas para llamar la atención de los medios de comunicación, a los que han conseguido encandilar. Sin embargo, sobrevuela una duda: ¿sin estos medios y la tolerancia del Gobierno, el 15-M hubiera sido algo más que el «trending topic» del día?
Periodistas y sociedad civil se han rendido ante la capacidad organizativa y el poder de convocatoria de estos «jóvenes sin futuro». Hasta al punto de haber visto en el manifiesto y en sus delirantes propuestas asamblearias las mismas críticas que la derecha sin complejos y los medios liberales venían haciendo al Gobierno de Zapatero por la quiebra del Estado de Derecho, la corrupción partitocrática y el desastre económico. Vana ilusión.
Ese ha sido el nuevo golpe de efecto del «comando Rubalcaba» con su viejo truco de magia política: la manipulación de los «indignados» y su paulatina batasunización que oculte la debacle socialista y a su presidente zombi. Entre las filas de los idealistas que se manifiestan pacíficamente contra la casta política y el mercado se han ido infiltrando policías y espías, buenos conocedores de los antisistema. Carne de cañón proletarizada que la izquierda manipula para excitarla o contenerla según convenga.
BARCELONA Y LA ESCUELA ANTISISTEMA
El 15-M no es un fenómeno «antiestablishment» como lo fue mayo del 68. Ha nacido en las entrañas de internet con la ocupación espontánea de las plazas de España, pero ha sido el Gobierno de Rubalcaba y sus terminales mediáticas quienes lo han redirigido, como ya hicieran con las algaradas «espontáneas» frente a las sedes del PP entre el 11 al 14-M, activadas para ganar las elecciones. Con el 15-M van «calentado el mercado», pues el proyecto del PSOE y su Estado de Desecho es controlar el 15-M y mantenerse hasta las generales. Siempre que nada se tuerza.
Los indignados de Barcelona marcan la diferencia en su uso de la violencia, quizá siguiendo un ejemplo muy asumido en la sociedad catalana de permitir que determinados grupos impidan, por ejemplo, el uso de la palabra a determinados profesores e intelectuales en las universidades, incluso con la aceptación de sus rectores. La operación para impedir que en el Parlament pudiese llevar a cabo una sesión ordinaria ha marcado un antes y después en la permisibilidad a los antisistemas.






















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