Ángela VALLVEY
Hace poco, en la provincia vietnamita de Bac Lieu, allá por el maravilloso delta del Mekong, miles de pescadores se reunieron para enterrar a una gran ballena, animal sagrado que augura buena suerte, esté viva o muerta. En la República Socialista de Vietnam el comunismo no ha vencido a las leyendas, y los humildes pescadores le ofrecen al mamífero gigante acuático el mismo tratamiento que a reyes y emperadores: «ngai». La encontraron muerta lejos de la costa y la remolcaron hasta llegar a tierra firme utilizando diez barcas y el trabajo desinteresado de muchos hombres. Una vez estuvieron fuera del agua sus quince toneladas de carne marchita, desfilaron ante ella miles de personas, rindiendo un sentido homenaje a su majestad marina. Se me antoja que fue una ceremonia hermosa, plena de respeto y agradecimiento, de sencilla reverencia. Sobre su sepultura, se erigió un templo. Esto me recuerda que la palabra «fanatismo» es un término derivado de «Fanum», que significa templo. Y hablando de fanatismo, de sus fauces ávidas, por concatenación de ideas se me va el santo a la política española, que no es que sea un cielo precisamente, pero ahí está. Y me da por recapitular y hacer memoria. Histórica. De Adolfo Suárez, primer presidente de la Transición (en la que aún seguimos), se puede decir que tuvo las filas de sus partidos llenas de barones afectados por una suerte de frenesí fundacional: en cuanto su jefe de filas se descuidaba se ponían a inaugurar nuevos partidos por llevarle la contraria. (Leopoldo Calvo Sotelo, que en paz descanse, por el que siento una gran admiración no sólo porque parecía belga, no cuenta porque parecía belga). Felipe González tuvo de vicepresidente al inefable Alfonso Guerra, el diputado fiel (el único diputado que lo ha sido durante toda la democracia, o lo que sea esto). Felipe y Alfonso acabaron mal. No creo que sean amigos ni en el Facebook. Lo mismo cabe decir de Aznar y sus vices, Álvarez Cascos, Rajoy y Rato. Intuyo que los presidentes españoles no terminan bien con sus vicepresidentes o secuaces. Corre el rumor de que ZP quiere acabar con María Teresa Fernández de la Vega. (Pssh. Malo… El poder desgasta más que un mal matrimonio). Y cuando un presi liquida a sus vices ni siquiera los honra con un ritual funerario. Nuestros cetáceos políticos, una vez muertos, nunca van al templo: caen directamente al hoyo.