Almanaque
De niño lo que más me gustaba del tiempo de Navidad eran los llamados almanaques, que se publicaban en los periódicos infantiles, convertidos, durante aquellas fechas, en verdaderos libros de colorines
Llega este tiempo de Navidad –por ahora inevitable– y volvemos a lo mismo: a cantar los números de la lotería, a contar las uvas del fin de año, a recordar aquel tiempo: cuando yo era niño… Y aquí me pregunto… ¿Pero he sido niño alguna vez? ¿Fui a la escuela? ¿Hice el Bachillerato? ¿Por qué no sé resolver una ecuación de primer grado, ni traducir un párrafo de la Guerra de las Galias sin ayuda de «Asterix»? Y lo que es peor… ¿Por qué me trae al fresco la Navidad? Porque no tienes vacaciones… Me dice la mona Enfermiza… O se me cruza el viejo Mr. Scrooge: Porque siempre tienes vacaciones… Váyase al cuerno… Algún día se lo contaré todo al señor Dickens.
Claro que yo iba a lo mío, un poco errático, pero iba… De niño lo que más me gustaba del tiempo de Navidad eran los llamados almanaques, que se publicaban en los periódicos infantiles, convertidos, durante aquellas fechas, en verdaderos libros de colorines. El turrón ni mirarlo, mejor el pavo, sobre todo el pavo vivo, que en trágicos grupos negros con selectos lunares blancos, ponían hechas una mierda las calles de Madrid. A casa llegaba uno, al que llamábamos el pavo de don Paco Segovia, y moría gloriosamente la víspera de Nochebuena.
«¡Felices Pascuas! ¡Paparruchas! ¿Qué significa para ti la Navidad, sino la época en que tienes que pagar facturas sin tener dinero: el momento en que vas a encontrarte con un año más y sin ninguna hora de riqueza, el instante en que has de cerrar tus libros y ver que todas las partidas de los doce meses van en contra tuya? Si yo pudiera hacer mi voluntad a los que dicen ¡Felices Pascuas! los cocería en su propia salsa y los enterraría con una vara de acebo atravesándoles el corazón…».
Hombre, Mr.Scrooge, no sea usted animal: vamos a darle una oportunidad al señor Frank Capra, que este año estrena «Que bello es vivir». ¿Bello vivir? ¡Paparruchas!
Bar en el entresuelo. Hoy se ofrecen almendras garrapiñadas, turrón de Jijona, una copita de anís, con obsequio de zambomba y matasuegras.
El otro día encontré un periódico amarillento envolviendo una vieja anguila de mazapán, fósil ella. La fecha lo delataba. 5 de abril de 1990. Una noticia llamó mi atención: «Agentes de la comisaría de Arganzuela han detenido a un individuo al que se considera como uno de los mayores peristas del Rastro madrileño. Se trata de Néstor M.S. de setenta y siete años, quien había acumulado a lo largo de su historial delictivo ochenta y nueve detenciones. En el momento de su captura llevaba encima un gran número de relojes, piezas de oro y doscientos dólares USA». Yo me pregunto: ¿Con que cara volvió al Rastro Néstor M.S. si ya todo el mundo sabía, en la Cabecera e incluso en Atocha, que el pobre tenía setenta y siete años y que estaba más que jubilado?
Son ellos. Son ustedes y sus medios. Se empieza celebrando el Día de la Madre, del Padre, de Los Enamorados y se sigue felicitando a todo bicho que se mueva y tenga una miaja de notoriedad, hombres y mujeres, que bajo la capa de la cortesía se ocultan los peores instintos. No sé si la idea salió de «Galerías» o de «El Corte»… Pero hizo fortuna.
Y ahora que pasa M.S. o la actriz G.Z. a quien felicitan por su sesenta y cinco cumpleaños, cuando estaba a punto de firmar una nueva versión de «Tarzán de los Monos», en el papel de Jane –la compañera de Tarzán– que interpretó Maureen 0’Sullivan
Corte brusco.
Total ocho años menos que el maestro Manoel de Oliveira. No recuerdo si estábamos rodando «Juncal» en Lisboa o en Oporto, precisamente donde nació el cineasta. Lo que sí recuerdo es que yo bebía una copa, precisamente de oporto, y que Paco Rabal –mi querido e inolvidable Paco– me presentó a un joven director de cine portugués, cuyo nombre he olvidado. Aquel chico se quejaba de la vitalidad del maestro y animado por la compañía de la segunda botella de oporto –ojo, era sábado– lamentó la longevidad de don Manoel, que aquel año acababa de cumplir digamos ochenta y cinco.
En Portugal se hacen muy pocas películas –nos informó– y hay muchos directores jóvenes, cada vez más, pobrecillos. El maestro Oliveira rueda una película al año, no falla, y por tanto nos quita una posibilidad todos los años. Paco –era Juncal– le respondió que el anciano maestro tenía derecho a rodar una película al año… O dos… Y que se apretaran los machos.
No hubo acuerdo.
Ahora acabo de leer que Manoel de Oliveira ha cumplido un siglo, que termina de rodar una película –«Singularidades de una chica rubia»– y que ya está con el guión de la próxima. Imagino el terror de los jóvenes directores, que ya son maduritos, porque desde aquel año hasta el que viene a punto de alumbrarse, Oliveira –el anciano león– habrá podido rodar cerca de veinte películas.
Bueno… Es que el tiempo es relativo… ¿Relativo? Claro… Año viejo en Europa… Año viejo en China… Jure no volver a mandarme una agenda, prometa no llamarme joven, ni veterano… ¡Dígaselo a Mr.Scrooch! Pero Mr.Scrooch ya no entiende nada: está muy acabadito. Pues póngase al habla con el joven Oliveira. Así lo haré, señor, si no vuelve a felicitarme en el periódico.






















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