Bolaño camina hacia Hollywood
Su agente literario, Andrew Wylie, busca productores después de que se haya parado en México la adaptación de «Los detectives salvajes». EE UU se rinde ante la obra literaria del autor de «2666»
MADRID- No debe de quedar mucho ni en la vida ni en la obra Roberto Bolaño que no esté encerrado en la mitología que arrastra su nombre desde su prematura muerte el 14 de julio de 2003, cuando contaba 50 años. Hasta hace poco se encontraba dentro de los confines de la literatura hispana, donde se le considera el gran renovador -vigilado de reojo por los padres del «boom» y tomado como guía por jóvenes huérfanos-, y desde este mismo mes situado en el centro físico de las muy exclusivas letras norteamericanas, tan celosas de las gramáticas foráneas. Sus dos grandes obras, «Los detectives salvajes», con la que deslumbró a todos y abrió puertas a la narrativa latinoamericana «post-boom», y «2666», la inmensa novela póstuma de mil páginas, y aun así de culto, con la que se despidió, están en las librerías de Nueva York ocupando el espacio reservado a los superventas nacionales, como Roth o Comac McCarthy. Un «samurai» «A mí no me ha extrañado su éxito. Desde que leí el manuscrito de ¿2666¿ sabía que arrasaría en Estados Unidos... Es fácil decirlo ahora, pero así fue y así se lo dije a Jorge Herralde», explica Ignacio Echevarría, crítico, amigo y la persona que accedió al disco duro del ordenador de Bolaño a la búsqueda de alguna cosecha no recogida. De ahí sacó póstumamente «El secreto del mal» y «La universidad desconocida». Herralde es el editor que apostó por él en 1996 con la publicación de «Estrella distante», cuando era un escritor en apuros económicos que luchaba como un «samurai» con la literatura sabiendo que siempre se pierde, según definición del propio Bolaño, un chileno que la suerte salvó del golpe de Pinochet, que aterrizó en Barcelona después de un periplo mexicano y se instaló en Blanes. «Quizá desde ¿Cien años de soledad¿ no se haya producido nada comparable en la literatura en lengua española en EE UU», dice Herralde, con emoción. A Bolaño lo empieza a publicar en Estados Unidos New Directions, una editorial de prestigio de los años 20: «Estrella distante», «Nocturno de Chile», «Amuleto»... Su primera gran propagandista fue Susan Sontag. «Pensé que para lanzar dos obras del tonelaje de ¿Los detectives salvajes¿ y ¿2666¿ había que buscar una editorial con más músculo comercial», recuerda Herralde, que le envió a su amigo Galassi, editor jefe de Farrar, Straus & Giroux (FSG) , la edición italiana preparada por Sellerio de «Los Detectives salvajes» «y nos pasó inmediatamente una oferta». Película en «stand-by» El éxito ha sido fulgurante: la primera edición de «2666» fue de 30.000 ejemplares y, quince días después, 70.000 más. Pero en Estados Unidos «está todo por llegar», advierte Herralde. Su nuevo agente literario, el temido Andrew Wylie, está empeñado en sacar adelante la adaptación de «Los detectives salvajes» después de que una producción puesta en marcha en México el verano pasado, y cuyo rodaje iba a comenzar a finales de año, se haya paralizado. Dirigida por Carlos Sama (que realizó «Sin ton ni Sonia» en 2003), su anterior agente, Carmen Balcells, vendió en 2004 los derechos a la productora Cadereyta. Precisamente ha sido este proyecto paralizado la causa por la que la viuda de Bolaño, Carolina López, tiró por la tangente y decidió poner en manos de Wylie, un implacable defensor de los intereses comerciales de sus autores, la representación del escritor. La decepción en la agencia de la todopoderosa Balcells es indescriptible. El guión de la versión de Sama se iba a centrar en escenarios mexicanos, en el desierto y en el D. F. La elección de Gael García Bernal para encarnar al poeta infrarrealista Arturo Belano, trasunto de Bolaño, había provocado el desconcierto. Andrew Wylie, conocido como «El Chacal», es más ambicioso y aspira a una producción de Hollywood. En ello está. «El fenómeno Bolaño lo fagocita todo». Así lo expresa su amigo desde los primeros días de la calle Tallers y escritor A. G. Porta, con el que escribió «Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce» (1984). Para saber por qué Bolaño ocupa el centro de la narrativa hispana y busca su consagración en Estados Unidos, Ignacio Echevarría opta por la vía más directa: «Lo más sencillo es pensar que es un escritor excelente, pero que a diferencia de otros tan excelentes como él, Bolaño ha tocado teclas que son más sensibles». Además, añade, «los modelos literarios de Bolaño son muy norteamericanos, y algunos tan afines como la generación Beat, Kerouac, Burroughs, Vonnegut». Y están también los códigos de la novela negra y su pasión por James Ellroy, «lo que permite una escritura rápida y oscura a la vez y que su obra se lea con un sentimiento de familiaridad que amplifica su calidad», dice Echevarría. ¿Qué queda? Rodrigo Fresán («no quiero hacer de médium de Bolaño», interpela cansado, no sea que el escritor se convierta en James Dean, según Vila-Matas) llama la atención sobre el hecho de que la crítica norteamericana («The New Yorker», entre otras publicaciones) haya destacado «la poderosa influencia entre los lectores jóvenes» por parte de Bolaño. «No visualizo a ese lector joven», dice A. G. Porta. «Estas cosas suceden (el éxito) y nunca sabes por qué. Me han dicho que incluso hay gente que hace cola para comprar ¿2666¿, pero no sé por qué es... y hay quien dice que puede tener que ver con que Bolaño murió joven y había sido heroinómano, cosa que no es cierta». El primero que editó a Bolaño en España fue Pere Gimferrer, en Seix Barral. En 1996 apareció «La literatura nazi en América». ¿Minoritario? «La distancia entre los lectores que tuvo Kafka en vida y los que tuvo después, es la misma que ha tenido Bolaño antes de morir prematuramente y los que tiene ahora», argumenta Gimferrer, que también prologó, los poemas reunidos en «Los perros románticos» (2000). Herralde matiza: «Es de culto, pero de ¿Los detectives...¿ vendimos en 1998 diez mil ejemplares y ahora supera los cien mil». Autoexigencia altísima El editor Jaume Vallcorba, que reeditó «Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce» en El Acantilado y tenía que haber publicado la poesía, en concreto «La Universidad Desconocida». «Era un extraordinario escritor, de una autoexigencia altísima y con una voluntad de hacer un verdadero corpus literario», afirma Vallcorba, que cree que Bolaño fue ante todo un poeta. Con él hablaba de poesía medieval, de los trovadores provenzales Guirault de Bornelh y Jaufré Raudel. Pero añade algo muy revelador: «Sobre la novela inédita que Bolaño tenía guardada, creo que él no estaba muy contento, además, todo lo que le gustaba lo ha publicado», confiesa Vallcorba. Queda «Tercer Reich», escrita antes de los noventa, anterior a «La literatura nazi en América» (1996), que ni han leído Herralde, ni Echevarría, obra por las que muestran, de entrada, poco entusiasmo. «Por lo que me dijo Wylie -explica Herralde- lo único que queda es ¿Tercer Reich¿, creo que muchos poemas, descartes y fragmentos de ¿2666¿. Wylie lo tiene fácil ahora. Se ha encontrado con el trabajo hecho».




















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