CUBA
No existe una realidad tan dada al conflicto y a la generación de polémica como la cubana. Los defensores y detractores del actual régimen político de la Isla se multiplican, polarizándose en posturas maniqueístas y radicalizadas que facilitan mínimamente el diálogo. Y la verdad es que, lugares comunes aparte, y por encima incluso de cualquier posicionamiento ideológico que pudiera condicionar de antemano cualquier opinión al respecto, la dimensión real de la sociedad cubana se constata en la mera y contundente experiencia de su praxis, de su día a día, de su desesperante y cadenciosa cotidianeidad. Desde este prisma de la verificación de los hechos, el dato más sorprendente que surge del conocimiento de Cuba es que la distancia que separa el estereotipo turístico y el escenario histórico de la miseria más absoluta es una calle, a penas una manzana que es recorrida en treinta segundos a pie. Resulta difícil encontrar, en cualquier otra parte del mundo, realidades tan antagónicas y extremas que, sin embargo, se hallan separadas por una escueta y casi transparente cortina. No hay transición entre ellas; no existen términos medios en este país, en el que las plazas escenifican la gloria del pueblo cubano, mientras las calles se convierten en muestrario cruel, inapelable, de la realidad exacta de sus gentes. Pese a todo -y en lo que constituye una de las particularidades más llamativas y emocionantes de este país-, resulta asombroso la naturalidad y la actitud serena con la que las personas -todas, sin excepción- se enfrentan a lo que podríamos denominar la «gestión de la ruina». En un espacio como La Habana, en el que la mayor parte de las arquitecturas están derruidas en forma de escombros, y en el que la destrucción supone el único sentido y destino que les otorga el paso del tiempo, el ciudadano común -es decir, aquel que está sumido en la más absoluta de las pobrezas- es lo único que se mantiene en pie, erguido, en este contexto de decadencia definido por Cuba. El cuerpo de cada uno de estos individuos constituye la única nota de verticalidad de un paisaje que yace disperso en miles y miles de pedazos, plegado al dictamen inexorable del tiempo. Quedémonos con esto: con la honestidad y el orgullo bien entendido de una gente que impone la serenidad frente al histrionismo de sus dirigentes, la claridad de sus actitudes frente al oscurantismo de todo lo que les rodea. *Consejero de Cultura y Turismo






















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