La teología reducida a panel publicitario consagra la estupidificación del mundo en el cual vivimos. «Probablemente»
Dios y Donut SA
Tiempos hubo en los que ateos y creyentes eran gente por igual seria. Y el debate teológico, monumento mayor de aquella inteligencia que inventaron los griegos y que murió con el albor del siglo veinte. Y, al cabo de ese siglo, el trono del pensar vacante fue ocupado por los publicitarios. «Probablemente Dios no existe» es un spot contratado sobre el costado de ciertos autobuses urbanos. Que, por grafía y gama cromática, trae a la imaginación visual la publicidad de los Donuts y la de ciertas hamburgueserías. Es todo. Trivial, como triviales son los correlativos spots que, al costado de otros autobuses, han contratado algunos creyentes. A mí me recuerda esta historia la boutade del corrosivo Karl Marx, cuando a su llegada a Londres se ve inquirido por sus compatriotas allí exiliados para que explicite su religión. «Yo no tengo de eso», responde un Marx que, guste o no, era un pensador acorazadamente serio. «Ah, entonces su religión es el ateísmo», le larga uno de aquellos cenutrios. Esta gente, acota Marx, no ha entendido absolutamente nada. Poner un «probablemente», como punto de arranque en un debate teológico, es haber entendido menos que nada. Y, si alguien después de eso sigue llamándose a sí mismo ateo, es que el grado de su ignorancia está muy por encima de la media. No hay «probablemente» -ni afirmativo ni negativo- cuando uno dice enunciar el absoluto. «Probablemente» -tanto da si por afirmación o por rechazo- es una monumental tomadura de pelo. El principio de economía conceptual, al cual Bertrand Russell diera exitoso nombre de «navaja de afeitar de Ockham» cabe en una elipsis elegantísima: «entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem», no hay que multiplicar los entes sin necesidad. Dicho de otra manera: la carga de la prueba recae sobre la afirmación. O, más didáctico: todo enunciado negativo es verdadero mientras no se demuestre la verdad de su contrario; todo enunciado afirmativo es falso mientras no demuestre no serlo. Sin esa cautela argumentativa, el número de las arbitrariedades mágicas podría multiplicarse al infinito. El ateísmo no consiste así -no puede consistir para nadie que sea mínimamente serio- en demostrar la no existencia de Dios. Un enunciado negativo no es jamás demostrable. Y quien pretendiese tal cosa estaría tan sólo ejerciendo como un clérigo ignorante de su clerecía. En rigor, ateísmo, para quien con rigor piensa, es constatar que todo enunciado que incluye la palabra Dios -o cualquiera de sus sucedáneos absolutos, por muy mundanos que sean- pertenece al ámbito de lo que Platón llamaba «pístis», esto es, creencia, y no es formalizable en términos de lo que el griego llama «epistéme», esto es, conocimiento. No hay «probabilidad» legítima en ese dilema argumentativo. Ni para aquel que apuesta por la fe, ni para aquel que apuesta por el conocimiento. Sólo exclusión mutua en lo conceptual. Y mutuo respeto moral por la apuesta adoptada. «Probablemente hay Dios», «probablemente no lo hay» son inmensas tomaduras de pelo, para uso de esos grandes tomadores de pelo que son los publicitarios. E impropias de gente civilizada.




















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