Doña Letizia clienta de Custo
Rutilante, luminoso y entregado a las fibras artificiales -especialmente al lurex, símil de rafia-, Custo Barcelona alegró la pasarela neoyorquina. Con más de ochenta desfiles, es todo un despliegue. Y no sólo de ideas, algunas desbarradas, sino de nombres: lo mismo te topas a Trump promocionando camisas y corbatas -tarea de la que presume más que ante sus desafiadores rascacielos-, que a su ex paseando al nuevo marido, o «celebrities» míticas como Diana Ross, entusiasta de Diane von Furstenberg. Ya no digamos adictos por amistad o pago, como Cayetano Rivera en la tienda de Armani, poco afectado por la crisis, aunque haya suspendido como Dior todas sus publicidades perfumeras en España. Inauguró con tralalá en la Quinta Avenida con la calle 51, una zona todavía concentradora de grandes marcas pero ya con muchos locales en venta o alquiler, como también ocurre en la Gran Vía madrileña. Saldos en Gran Vía Ajeno a la crisis que prodigan los taxis vacíos, circunstancia insólita en Manhattan, Custo sigue expandiéndose, sorprendiendo su colorido y la manera de adaptarse a gustos y bolsillos. «Tenemos una nueva estrategia económica y funciona», dijo antes del ya tradicional desfile con cincuenta propuestas femeninas y una veintena de trajes «pour homme» «que nos apoya menos con sus compras». Su «alta costura» ha sido elaborada en Barcelona, mientras que su segunda línea lleva factura thailandesa. Y se nota en el exotismo contrastador de texturas y cromatismo. De ahí que entusiasme a una Letizia, que, días atrás, acompañada por su madre y abufandada hasta las cejas, compró en la tienda de Gran Vía-Fuencarral. Trescientos euros de gasto aprovechados de los saldos. «No tenía ni idea, aunque la he visto a veces con cosas nuestras. Mejor ignorarlo, para que luego no salgan con que aprovechamos su querencia», me aseguró. «¿Y lo de venderte a los árabes, como se viene diciendo estos días?», le pregunté. «Ni soñarlo -sentenció-, salvo que nos ofrezcan el oro y el moro. Sólo hemos tenido conversaciones para abrir tres franquicias en Dubai. Pero de ahí no pasa la cosa». Mientras, Montserrat Caballé bate marcas históricas reapareciendo en el Avery Fisher Hall del Lincoln Center, presentando en Estados Unidos a Nicolay Baskov como nueva revelación tenoril. No queda atrás la cartelera teatral, que eterniza musicales y ofrece a la setentona Jane Fonda, increíble de tipo en «33 variaciones», un texto sobre composiciones de Beethoven donde la estrella demuestra poco magnetismo escénico. Pero la veneran. Admiran su fina estampa y se pasan viendo cómo los años dejaron terrible huella en sus manos. Cuesta cien euros aplaudirla, pero merece la pena como homenaje.






















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