Carlos ALSINA
Se cuenta en Galicia que el virrey de un partido político que gobierna España se encaró en una cena privada con cierto presidente autonómico -a quien no aprecia- que podría perder, no la silla sino el sillón, por el creciente desapego de un electorado que anda mustio. Se cuenta que el virrey, gurú demoscópico para más señas, díjole al presidente: «Con los números que manejo, hoy no eres presidente de la Xunta». Siendo Galicia tierra fértil para el cultivo de sucedidos y leyendas, la veracidad del relato he de ponerla en cuarentena, aunque el aterrizaje combativo que ha tenido en campaña el líder máximo -o rei do mitin, Rodriguez Zapatero- me hace pensar que bien pueda ser cierto. El «boss» acudió en auxilio a hacer el trabajo que a Touriño más le cuesta: movilizar voluntades, señalar metas. No aparece el carisma entre las virtudes que atesora el buen rector del socialismo gallego. Apear a Fraga en el 2005, al rebufo de la movilización social que lideró Zapatero, al cabo de la legislatura del «Prestige» y cuando el viejo don Manuel ya se tambaleaba, ha resultado más sencillo que mantenerse en el poder cuatro años después, con un balance de gobierno escaso y cuando la recesión económica carcome las cuadernas. Se cuenta en Galicia que el PSOE anda apurado y que el PP -de perdidos al río- al caer la noche, sueña. Tras el sonado patinazo de Ourense, Feijoo se siente vacunado. Se alimenta de sondeos internos y de optimismo precocinado. «¡Hasta Fraga ha estado bien!», se escuchó en la trastienda de uno de sus mitines. Don Manuel, duracel, llega desde Madrid de cuando en cuando y pregunta: ¿dónde hago falta? Tiemblan los estrategas y lo envían al mitin más discreto del pueblo más pequeño. «Por no abusar», se excusan. Política preventiva. Teme Feijoo ser presidente la noche del día uno y dejar de serlo cuando el recuento de la emigración concluya. Desde el áspero Madrid, y ayuno de buenas nuevas, Rajoy mira al terruño, confiado en encontrar allí el clavo al que agarrar su propia silla, más coja que austera.