El destino
Erróneamente, a Aguirre se le atribuyen cualidades masculinas y, en conversaciones de ascensor y eructo, se proclaman las protuberancias que le han de abultar el braslip. Sin entrar en una discusión de ropa interior, equívoca hipótesis del «qué cojones gasta», cuando la virtud no es si se tiene, en sentido figurado, masa esférica suficiente para una de criadillas.
La (intra)Historia nos enseña que hay más temple, más empaque y más abnegación en las hembras –«ha tenido una hembrita», que todavía se escucha en los paritorios– que entre el género de machotes al uso. Benditos sean los matriarcados, aunque este «extra» de vidas de gata que la señá Esperanza se ve obligada a gastar cuando se sube a un helicóptero o se va de misión comercial a Bombay, algunos lo quieren llevar por lo castizo a aquel otro chuleo del cantante de los Red Hot Chili Peppers cuando se sentaba al lado de un aerofóbico y, en pleno despegue, le decía : «En todos los accidentes de avión que he sufrido, el único superviviente he sido yo».
No es que Aguirre vaya con un escudo antimisiles de fábrica a coger el metro, sino que, como nos pasa a todos, en mitad de los días el destino decide de qué lado le toca ponerse.
El mundo es tan inestable y nosotros tan frágile que no hace falta que se derrumbe un rascacielos, basta que se caiga una maceta para dejarnos en el sitio. Así que hoy, al final del día, todos estaremos dispuestos a rezar y dar las gracias porque no se nos haya caído un tiesto. Todos menos Pepe Blanco, que atiza a la «lideresa» con gritar en el hotel Oberoi «sálvese quien pueda». Con estas cosas tan suyas, demuestra porque los del PP en Palas de Rei se sorprenden de que haya llegado tan alto cuando en los plenos lo único que aportaba era la empanada.






















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