El Mesalina fue uno de los prostíbulos más lujosos del Levante. Ahora, sin embargo, es un garito de medio pelo frecuentado por hombres de la zona y jóvenes que buscan sexo de pago cuando cierran las discotecas de Benidorm

El mártir del ladrillazo: viaje al burdel donde se gestó el crimen de Polop

Diccionario Inteligente
28 Noviembre 09 - Gonzalo Suárez - Polop

fue uno de los prostíbulos más famosos de los 80, pero cayó en el olvido hasta que acogió la reunión en la que se tramó la muerte del alcalde de Polop.  Reconstruimos el asesinato de Alejandro Ponsada desde la barra del Mesalina.

Todo comenzó en el reservado de un burdel tan sórdido que parece el plató de un «thriller» de serie B. Unos hombres de gesto adusto ultimaban su gran golpe mientras las chicas rumanas les hacían arrumacos en los sofás de cuero deshilachado. Hasta el nombre de este garito de las afueras de Benidorm encajaba con la novelesca puesta en escena: Mesalina, la maquiavélica mujer que vapuleó al emperador Claudio con sus infidelidades. Porque ése era el objetivo de la reunión: decidir cómo el jefe de la trama iba a traicionar al hombre al que le debía casi todo en la vida.
Tras dos años de pesquisas, la Guardia Civil cree que en este prostíbulo se tramó el asesinato de Alejandro Ponsoda, alcalde de Palop de la Marina hasta que dos tipos le llenaron de plomo a la puerta de su garaje el 19 de octubre de 2007. El principal sospechoso es su eventual sucesor, Juan Cano, encerrado en la prisión de Villena desde que el jueves se negara a testificar ante el juez. Le acompañan otros seis supuestos integrantes de la conjura, entre ellos los dos sicarios checos que presuntamente se encargaron del trabajo sucio por 50.000 euros. Una módica tarifa que convirtió a Ponsoda en el primer mártir del «ladrillazo».
En la pedanía de Chirles, en una vieja casa de pueblo que se les quedó gigante tras el crimen, viven las dos hijas del regidor del PP. Con el paso del tiempo, Fátima y María han zurcido los retales de su memoria hasta dar con una explicación coherente sobre el asesinato. Detalles que entonces pasaron desapercibidos adquieren ahora su significado.
Habla Fátima, de 29 años: «¿Te acuerdas de la noche de las elecciones de 2007? Todo el mundo estaba encantado, pero le noté raro. Y, en un momento dado, confesó: “ojalá hubiera perdido”». Responde María, de 24: «Es que a nosotras no quería preocuparnos con sus problemas. Pero sí que habló con unos familiares. Y les dijo que igual tenía que contratar con un guardaespaldas, porque temía por su integridad».
Desde aquella noche de triunfo hasta el asesinato no pasaron ni cinco meses. Las circunstancias exactas del crimen siguen siendo un misterio, pues la juez ha decretado el secreto de sumario. Pero los investigadores intuyen que se trató de una lucha de poder en el Ayuntamiento. Un alcalde chapado a la antigua, paternalista y bonachón, enfrentado a un «número dos» tan corto de carisma como sobrado de ambición por controlar esta localidad de 4.000 almas. Y, como trasfondo de la tragedia, una idílica ladera transformad en un cementerio de cascarones de ladrillo en plena época del «far west» urbanístico.
El bastón de mando
Al asesinado le apodaban «El Curilla» desde sus años como monaguillo en la iglesia de Chirles. Con sólo 16 años se puso a trabajar en el ayuntamiento y, poco a poco, se convirtió en el último recurso de los vecinos con algún achuchón que resolver, por encima incluso del alcalde de turno. Así que a nadie le sorprendió que en 1995 desbancara al CDS del poder y se hiciera con el bastón de mando.
El nuevo mandamás llegó al Ayuntamiento con una nueva remesa de gestores. Entre ellos destacaba Juan Cano, director de una sucursal bancaria, a quien el alcalde encomendó Urbanismo, un área clave en un pueblo ultradependiente del ladrillo. Juntos tejieron la estrategia para la expansión urbanística del pueblo, aunque, en la práctica, el «delfín» siempre tenía la última palabra. «Al alcalde le gustaba más lidiar con los problemas concretos de la gente», dice una fuente municipal. «Juan era más técnico, prefería mandar a charlar con los vecinos».
Con el paso del tiempo, el carácter conflictivo de Cano creó tensiones. Así, un constructor local le acusó de pedirle un soborno de 25.000 euros a cambio de que autorizase un vado en uno de sus edificios. Pero la víctima grabó las amenazas y se las remitió a la cúpula del PP provincial. ¿El resultado? Tanto él como su concejal de confianza, Joaquín Montiel, un antiguo vendedor de pilas, salieron de las listas de 2003.
En esos años, el pueblo se incendió con los rumores sobre el sospechoso tren de vida de los dos «apestados». Por ejemplo, la prensa local cuenta que Cano compró una parcela por 7.500 euros y, poco después, la despachó por 290.000: es decir, multiplicó su inversión por 38. «Con sus contactos y su conocimiento del sector exprimieron al máximo la burbuja», dice el gerente de una agencia inmobiliaria de la zona.
Mientras «El Curilla» seguía viviendo en su casa de siempre, ellos se mudaron a una opulenta urbanización a las afueras del pueblo. Especialmente lujoso es el chalet de Cano, cuyo sueldo como alcalde es de 3.660 euros brutos al mes. 500 metros cuadrados repartidos en tres plantas, más una parcela con piscina, palmera y deportivo de lujo. Pero, estos días, la mansión se ha convertido en una cárcel de oro para su familia, que se ha negado a dar su versión de los hechos.
Entre  negocio y negocio, Cano y Montiel tramaron su reconquista del ayuntamiento. Así, aprovecharon la guerra civil del PP valenciano para colocar a sus peones en el aparato. Además, amagaron con fundar su propio partido, aunque ello supusiera que los socialistas recuperasen el poder. El resultado de la maniobra fue que los populares rogaron al veterano alcalde que, lejos de retirarse, se presentara de nuevo a los comicios de 2007 con los dos «rebeldes» en su lista. «El pueblo no quería a Cano, así que usaron a mi padre como fachada para ganar las elecciones», denuncia María Ponsoda.
Sin embargo, la componenda tenía las costuras frágiles. Ambos mantenían las apariencias en público, pero a puerta cerrada las disputas eran constantes. Sobre todo, por la estrategia urbanística que ha rebozado los pinares del pueblo de adosados sin terminar, un proyecto que Cano mangoneaba sin consultar a su supuesto jefe. Es entonces cuando, según la hipótesis de los investigadores, se celebró la cumbre del Mesalina.
El presunto escenario fue una sala VIP a la que se accede directamente desde el aparcamiento para evitar miradas indiscretas. Es una de las reliquias de los 80, cuando el Mesalina era uno de los burdeles  más reputados de la zona. Pero hoy es un antro más, cuya sala central se abarrota cuando las discotecas de la zona echan el cierre.  El local sólo recuperó su antiguo esplendor cuando el cineasta Bigas Luna lo eligió para ambientar filmes como «Huevos de oro». Y ahora ha saltado a la fama como escondrijo de la banda que supuestamente liquidó a Alejandro Ponsoda.
El asesinato conmocionó al pueblo y Cano lideró el duelo de los vecinos. No se separó del féretro en todo el funeral. Prometió que el nuevo colegio del pueblo llevaría el hombre del difunto. Y exigió a las autoridades que apresaran lo antes posible al culpable, que según él tenía «motivos personales».
El crimen dejó perplejos a los agentes de la UCO, la misma unidad de la Guardia Civil que solventó el asesinato del alcalde de Fago. Hurgaron en la vida de una pareja que detestaba al alcalde por una resolución urbanística en su contra, pero era una vía muerta. Lo único que tenían claro era que el «cerebro» era alguien del entorno de la víctima. «De momento, parece ser un crimen perfecto», aseguraba Cano a los periodistas meses después del crimen.
Durante más de un año, las hijas del difunto temieron que la profecía del alcalde fuese acertada. La pequeña, María, trabaja en el Ayuntamiento, así que se cruzaba todos los días con el presunto asesino sin sospechar nada. Pero todo cambió a comienzos de mes: los agentes se habían infiltrado en la maleza de neones que se extiende a las afueras de Benidorm y allí encontraron la pista crucial: unas prostitutas que se atrevieron a desenmascarar al «clan del Mesalina». Así, el día 3 practicaron la primera detención: un español de 34 años con antecedentes por menudeo de droga que presuntamente se encargó de la logística del crimen.
Desde entonces, el goteo de arrestos ha sido incesante. Primero cayó un empresario del pueblo, luego el encargado del burdel, después dos sicarios y, al final, uno de los propietarios del Mesalina. Y, la semana pasada, saltó la bomba: el abogado del empresario, Antonio Martínez, denunció que «un cargo público» también había participado en la conjura. Todas las miradas se volcaron sobre Cano, que siguió proclamando su inocencia con la altanería que le caracteriza. «¿Me veis con miedo? ¿Estoy detenido?», respondía a los reporteros.
Con el pueblo enfebrecido por los cuchicheos, llegó la noche del lunes. Al acabar la jornada, el alcalde se pasó por uno de sus pubs favoritos, «Los Ángeles», en un tenebroso polígono de La Nucía. «Se tomó un agua con gas y charló con la gente como todos los días», explica una responsable del local. «No sé si esperaba el arresto o no, pero desde luego no se le notaba nada raro».
Ese día, Cano estaba de rodríguez. Su mujer y dos hijas se encontraban en Miami, donde estudia una de ellas. A última hora de la noche, sonó su móvil: era Joaquín Montiel, su amigo del alma, que le transmitio la mala noticia: «Está aquí la Policía, que te está buscando y no estás en casa». Minutos después, el alcalde se plantó en su chalé y se entregó a los agentes. «Y yo, ¿tengo que ir también con ustedes?», dicen que preguntó el concejal de Turismo, a quien los rumores colocan como futuro detenido.
Se proclama inocente
De momento, Cano se ha proclamado inocente de haber inducido al asesinato de su predecesor. Eso sí, siguiendo los consejos de su abogado no ha declarado nada más para no incurrir en contradicciones hasta que sepa qué pruebas hay en su contra. Mientras, fuentes cercanas al caso explican que todavía no se ha arrestado a todos los participantes en la reunión del Mesalina.
En todo caso, los vecinos de Polop están resignados a soportar titulares negativos durante los próximos meses. Ya hay quien está escarbando conexiones con la trama Gürtel, dado que el municipio de La Nucía, uno de sus epicentros, está a un par de kilómetros. «El problema es que aquí se movía demasiado dinero», reflexiona un ex concejal. «Con el ladrillo, la gente pasó de recoger almendras a comprarse cochazos. Así que a nadie le convenía hablar. Pero ahora que ha caído el primero, esto no hay quien lo pare».

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